LOS ATRIBUTOS

DEL SER DIVINO

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§ 16. LA BONDAD DE DIOS ♥

I. La bondad ontológica de Dios

Así como el ente es ontológicamente verdadero por su relación con el entendimiento, de la misma manera es ontológicamente bueno por su relación con la voluntad: «bonum est ens in quantum est appetibile». Una cosa es buena en sí (bonum quod) si posee las perfecciones que corresponden a su naturaleza; es buena relativamente (bonum cui) si es capaz de perfeccionar a otras cosas («bonum est diffusivum sui»).

Dios es la bondad ontológica suprema (de fe).

l concilio del Vaticano enseña que Dios es infinito en toda perfección («omni perfectione infinitus»; Dz 1782) y que en la creación difundió sus bienes entre las criaturas («per bona, quae creaturis impertitur»; Dz 1783).

Como ser subsistente, Dios es la bondad por esencia o la bondad misma, (ipsa bonitas. Como causa de todas las criaturas y de toda la bondad creada, Dios es la bondad total, bonum uni versale). Como la bondad de Dios está infinitamente elevada por encima de toda bondad creada, Dios es el supremo bien (summum bonum). Nadie más que Dios es la bondad por esencia (Le 18, 19: «Nadie es bueno, sino sólo Dios»). Las criaturas no poseen más que una bondad participada de Dios (1 Tim 4, 4: «Toda criatura de Dios es buena»). La absoluta bondad ontológica de Dios es la razón de su felicidad infinita. Conociéndose y amándose a sí mismo como bien supremo. Dios es infinitamente feliz con esa posesión y disfrute de sí mismo. Dios es la absoluta bondad ontológica en relación con otros, por ser causa ejemplar, eficiente y final de todas las criaturas (Rom 11, 36: «De Él y por Él, y para Él son todas las cosas»).

2. La bondad moral (santidad) de Dios

La bondad moral o santidad consiste en la carencia de pecado y en la pureza de la conducta moral. La razón última de la carencia de pecado y la pureza moral se halla en la conformidad de la voluntad con la norma moral.

Como ser absolutamente perfecto, Dios es moralmente bueno (santo) (de fe).

mente la objeción de CELSO, quien afirmaba que el descanso de Dios entre los hombres (la encarnación) implicaba una mutación a un estado peor (C. Cels. i 21; iv 14).

SAN AGUSTÍN deduce la inmutabilidad de Dios de la infinita riqueza de su ser expresada en el nombre de Yahvé: «El ser es nombre de inmutabilidad. Pues todo lo que se cambia deja de ser lo que era y comienza a ser lo que no era. El ser verdadero, el ser puro, el ser genuino solamente lo posee quien no se cambia» (Sermo 7, 7).
SANTO TOMÁS prueba la absoluta inmutabilidad de Dios por su actualidad pura, por su absoluta simplicidad y por su infinita perfección. Todo cambio incluye potencialidad, composición e imperfección, y es, por tanto, incompatible con Dios en cuanto es acto puro, la esencia absolutamente simple y absolutamente perfecta (S.th. 1 9, 1).
Cuando Dios obra al exterior (ad extra), como, por ejemplo, en la creación del mundo, no es que emprenda una actividad nueva, sino que aparece un nuevo efecto decretado desde toda la eternidad por la voluntad divina.
El decreto de crear el mundo es tan eterno e inmutable como la esencia misma de Dios, con la cual se identifica realmente; lo único temporal y mudable es el efecto de tal decreto, o sea el mundo creado; cf.
SAN AGUSTÍN, De civ. Dei xn 17, 2.

Ave María Purísima
Cristiano Católico 25-11-2025   Año de la Fe
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