LOS ATRIBUTOS
DE LA VIDA DIVINA
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§ 21. OBJETO Y DIVISIÓN DEL CONOCIMIENTO DIVINO ♥
1. El conocimiento divino de sí mismo (ciencia de contemplación)
El objeto primario y formal del conocimiento divino es Dios
mismo.
Dios se conoce inmediatamente a sí mismo, es decir, sin médium inquo (tal es un objeto por cuyo conocimiento se llega al conocimiento de
otro). El médium sub quo (= la luz de la razón) y el médium quo (== especie inteligible), en el acto de conocerse Dios a sí mismo se identifican
con la esencia divina; cf. S.th. 1 14, 2: «Deus se per seipsum intelligit».
2. El conocimiento divino de las cosas distintas de su esencia.
El objeto secundario y material del conocimiento divino son las
cosas distintas de su esencia. Éstas se dividen en puramente posibles,
realmente existentes y condicionalmente futuras.
a)
Dios conoce todas las cosas puramente posibles (ciencia de simple inteligencia; de fe).
Para conocer la doctrina de la Iglesia, véase Dz 1782: intellectuinfinitus. La Sagrada Escritura enseña que Dios lo sabe todo y,
por tanto, también lo puramente posible; Esther 14, 14: «Señor, tú
todo lo sabes»; 1 Cor 2,10: «El Espíritu¿de Dios] lo escudriña todo,
hasta los abismos de Dios». Conociendo Dios la infinita mutabilidad
de su esencia y toda su omnipotencia, conoce con ello el ámbito
entero de lo posible; S.th. 1 14, 9.
b) Dios conoce todo lo real que ha existido en el pasado, existe en
el presente y existirá en el futuro (ciencia de visión; de fe).
Para conocer la doctrina de la Iglesia, véase Dz 1782. La Sagrada Escritura testifica en numerosos pasajes la universalidad de la
ciencia divina; Eccli 23, 29 (G 20): «Antes que fueran creadas todas
las cosas ya las conocía Él, y lo mismo las conoce después de acabadas.» La Providencia divina, que se extiende hasta los detalles
más insignificantes, presupone un extensísimo conocimiento;
cf. Ps 146, 4: «Él cuenta el número de las estrellas y llama a cada
una por su nombre»; Ps 49, 11: «Yo conozco todos los pájaros del
cielo»; Iob 28, 24 ss; Eccli 1, 2 ss; Mt 6, 26 ss; 10, 29 s. La Sagrada
Escritura dice también que Dios conoce los corazones (cardiognosis);
Act 15, 8: «Dios, conocedor de los corazones»; Ps 7, 10: «...escudriñador del corazón y de los riñones»; 1 Par 28, 9: «Yahvé escudriña
los corazones de todos y penetra todos los designios y todos los
pensamientos»; cf. Ps 68, 6; 138, 1-6. Conocer los corazones es
exclusiva prerrogativa divina; 3 Reg 8, 39: «Tú solo escudriñas el
corazón de todos los hijos de los hombres». En cambio, para los
hombres el corazón humano es algo ininvestigable (Ier 17, 9);
cf. SAN CLEMENTE ROMANO, Cor 21, 3 y 9; 27, 6; 28, 1.
Como Dios, al comprenderse a sí mismo, ve todo su infinito poder,
conoce así todo el ámbito al que se extiende de hecho este poder en cuanto
causa primera, es decir, conoce todo lo realmente existente.
Para el conocimiento divino no existe pasado, presente ni futuro, porque para Dios
todo es presente.
Por la ciencia de visión, Dios prevé con certeza infalible las acciones libres futuras de las criaturas racionales (de fe).
El concilio del Vaticano enseña: «Omnia enim nuda et aperta sunt oculis eius (Hebr 4, 13), ea etiam, quae libera creaturarum
actione futura sunt»; Dz 1784, 2317.
La Sagrada Escritura da testimonio clarísimo de esta verdad
en Ps 138, 3 s: «Tú de lejos te das cuenta de todos mis pensamientos... conoces todos mis caminos»; Dan 13, 42: «¡Dios eterno,
conocedor de todo lo oculto, que ves las cosas todas antes de que
sucedan!»; Ioh 6, 65: «Porque sabía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que había de entregarle».
Los santos padres citan con predilección las profecías. TERTULIANO,
Adv. Marc. n 5: «¿Qué voy a decir yo de su presciencia, siendo tantos
los que dan testimonio de ella cuantos son los profetas?»
Presciencia divina y libertad humana. Por el dogma de la certeza infa
lible con que Dios prevé las acciones libres futuras no sufre menoscabo
el dogma de la libertad humana; Dz 815. Los santos padres se fijan en el
carácter eterno del saber de Dios y concluyen que la presciencia divina
no coarta en absoluto las acciones futuras, ni más ni menos de como tam
poco el recuerdo humano coarta las acciones libres pretéritas; cf. SAN
AGUSTÍN, De libero arbitrio 111 4, 11: «Así como tú con tu recuerdo no fuer
zas a ser las cosas que ya fueron, de igual modo tampoco Dios con su
presciencia fuerza a que sean las cosas que serán en el futuro».
La teología especulativa distingue entre la necesidad antecedente, que
precede a la acción y suprime la libertad, y la necesidad consiguiente, que si
gue a la acción y, por lo tanto, no perjudica la libertad. Esta última se
infiere, por el principio de contradicción, de la realidad de una acción (lo
que es real no puede ser no-real). Las acciones libres futuras previstas por
Dios tienen lugar infalible o necesariamente, mas no por necesidad ante
cedente, sino consiguiente. Santo Tomás emplea con este mismo sentido
la distinción entre necessitas consequentis y necessitas consequentiae; la pri
mera significa que un efecto se sigue necesariamente de una causa; la se
gunda expresa una necesidad lógica, tal como existe, v.g., entre las dos
premisas y el consecuente de un silogismo. En nuestro caso: Si Dios, con
su conocer no sujeto al tiempo, ve algo como presente, entonces indefecti
blemente sucederá en la realidad, pues así lo exige el principio de contra
dicción; cf. S.c.G. 1 67; De verit. 24, 1 ad 13.
c) Dios conoce con certeza infalible las acciones libres condicionalmente futuras («scientia futuribilium»; sent. común).
Se entienden por acciones libres condicionalmente futuras —los futuribles—
las que nunca tendrán lugar, pero que lo tendrían si se cumpliesen ciertas condiciones.
Los molinistas designan esta ciencia divina con el
nombre de ciencia media, porque ocupa una posición media entre la scientia necessaria (o naturalis), con la que Dios conoce lo que es independiente
de su libre voluntad, esto es, sus propias ideas, y la scientia libera, con
la que Dios conoce lo que depende de su libre voluntad, esto es, toda la
realidad exterior a Él. Los tomistas niegan que para el conocimiento de
las acciones futuras condicionadas haya en Dios una ciencia divina particular que preceda los libres decretos de su voluntad.
Se prueba positivamente por la Sagrada Escritura que Dios
tiene conocimiento cierto de las acciones libres condicionalmente
futuras (futuribilia). Mt n, 21: «¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti,
Betsaida!, porque si en Tiro y en Sidón se hubiesen hecho los
milagros hechos en ti, mucho ha que en saco y ceniza hubieran
hecho penitencia»; cf 1 Reg 23, 1-13; Sap 4, 11.
Los santos padres testifican que Dios prevé los futuros condicionados
cuando enseñan que Dios no siempre oye las oraciones con que le pedimos bienes temporales si Él sabe que usaríamos mal de los mismos; o
también que Dios permite la muerte prematura de una persona para salvarla de la eterna perdición;
cf. la obra de SAN GREGORIO NISENO: De infantibus, qui praemature abripiuntur.
Especulativamente se prueba la presciencia divina del futuro condicionado basándose en
la infinita perfección del saber divino, la infalibilidad de la providencia divina y la práctica de la oración de la Iglesia.
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Bibliografía: K. KOLB, Menschliche Freiheit und gottliches Vorher wissen nach Augustin, Fr 1908. A. D'ALES, Providence et libre arbitre, P 1927. **
Fuente: Ludwig Ott. | "Manual de teología dogmática"
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