§ 17. LA INMUTABILIDAD DE DIOS
Es mudable lo que pasa de un estado a otro. Todas las criaturas son mudables por
la limitación de su ser.
Dios es absolutamente inmutable (de fe).
El concilio iv de Letrán y el concilio del Vaticano enseñan que Dios es
inmutable (incommutabilis); Dz 428, 1782. La Sagrada Escritura excluye de Dios
todo cambio y le atribuye positivamente la inmutabilidad absoluta. Iac 1, 17:
«...en el cual no se da mudanza ni sombra de alteración» ; Ps 101, 27 s : «Pero
éstos [los cielos] perecerán y tú permanecerás, mientras todo envejece como un
vestido. Los mudarás como se muda una veste. Pero tú eres [siempre el mismo], y
tus días no tienen fin» : cf. Ps 32, 11 ; Is 46, 10; Hebr 6, 17. Mal 3, 6,
indica que el nombre de Yahvé es la razón de la absoluta inmutabilidad de Dios :
«Yo, Yahvé, no cambio.» Con la inmutabilidad de Dios va vinculada al mismo
tiempo la vida y la actividad ; cf. Sap 7, 24 y 27. SAN AGUSTÍN dice que sabe
obrar descansando y descansar obrando : «Novit quiescens agere et agens
quiescere» (De civ. Dei xii 17, 2).
Los santos padres descartan de Dios todo cambio. TERTULIANO insiste en que la
encarnación del Logos no trajo consigo ninguna transformación o cambio en Dios :
«Par lo demás, Dios es inmutable e intransformable, por ser eterno» (Adv. Prax.
27). ORÍGENES contrapone a la doctrina estoica de la corporeidad de Dios y a sus
lógicas consecuencias sobre la mutabilidad divina, la doctrina cristiana de la
inmutabilidad de Dios, fundándola en la Sagrada Escritura (Ps 101, 28; Mal 3,
6). Rechaza igualmente la objeción de CELSO, quien afirmaba que el descenso de
Dios entre los hombres (la encarnación) implicaba una mutación a un estado peor
(C. Cels. 1 21; Iv 14). SAN AGUSTÍN deduce la inmutabilidad de Dios de la
infinita riqueza de su ser expresada en el nombre de Yahvé : «El ser es nombre
de inmutabilidad. Pues todo lo que cambia deja de ser lo que era y comienza a
ser lo que no era. El ser verdadero, el ser puro, el ser genuino solamente lo
posee quien no se cambia» (Sermo 7, 7). SANTO ToMÁS prueba la absoluta
inmutabilidad de Dios por su actualidad pura, por su absoluta simplicidad y por
su infinita perfección. Todo cambio incluye potencialidad, composición e
imperfección, y es, por tanto, incompatible con Dios en cuanto es acto puro, la
esencia absolutamente simple y absolutamente perfecta (S.th. i 9, 1).
Cuando Dios obra al exterior (ad extra), como, por ejemplo, en la creación del
mundo, no es que emprenda una actividad nueva, sino que aparece un nuevo efecto
decretado desde toda la eternidad por la voluntad divina. El decreto de crear el
mundo es tan eterno e inmutable como la esencia misiva de Dios, con la cual se
identifica realmente ; lo único temporal y mudable es el efecto de tal decreto,
o sea el mundo creado; cf. SAN AGUSTÍN, De civ. Dei xii 17, 2.