LOS ATRIBUTOS
DE LA VIDA DIVINA
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§ 25. OBJETO DE LA VOLUNTAD DIVINA ♥
I. El amor de Dios a sí mismo
El objeto primario y formal de la voluntad y del amor divinos
es Dios mismo. El concilio del Vaticano nos enseña: «Necessarioamat seipsum»; Dz 1805. La Sagrada Escritura testifica que Dios
ordenó a sí mismo, como a último fin, todas las cosas creadas;
Prov 16, 4: «Todo lo ha hecho Yahvé para sí mismo»; cf. S.th. 119,
1 ad 3: «Obiectum divinae voluntatis est bonitas sua, quae eiusessentia».
Especulativamente se prueba que Dios se ama a sí mismo y que se
ama necesariamente, considerando que Dios es el supremo bien y que comprende de forma perfectísima su infinita amabilidad por el conocimiento
exhaustivo que tiene de sí mismo. De tal conocimiento brota necesaria
mente en Dios un amor infinito de sí mismo.
2. El amor de Dios a las criaturas
El objeto secundario y material de la voluntad y del amor divinos son las cosas creadas. El concilio del Vaticano enseña que
Dios creó todas las cosas por su libérrima voluntad (iliberrimo
consilio, volúntate ab omni necessitate libera»; Dz 1783,1805). La
Sagrada Escritura pone de relieve el amor de Dios a sus criaturas;
Sap II, 25: «Tú amas todo cuanto existe y nada aborreces de cuanto
has hecho».
El amor de Dios a las criaturas es amor de complacencia, lo cual quiere
decir que Dios ama a las criaturas porque éstas participan, en forma limi
tada, de las perfecciones divinas y porque tienen en Dios la finalidad su
prema de ser. El amor de Dios a las criaturas es, aíiemás, amor de benevo
lencia, y esto quiere decir que Dios ama a las criaturas no con amor inte
resado, pues nada recibe de ellas, sino con suma generosidad y desinterés.
El amor de Dios no recibe estímulo de la bondad de las criaturas, sino que
él mismo es causa de esta bondad: «Amor Dei est infundens et creans boni
tatem in rebus» (S.th. 1 20, 2); cf. 1 Ioh 4, 10: «En eso está la caridad, no
en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero».
El grado de amor con que Dios ama a las criaturas es uno mismo si se
considera el acto intradivino, pero si se considera el efecto extradivino es
diverso según el grado de amabilidad de las criaturas.
3. La voluntad divina y el mal
a) El mal físico
El mal físico, v.g., el dolor, la enfermedad, la muerte, no lo
pretende Dios per se, es decir, por afecto al mal o en cuanto fin,
Sap 1, 13 ss: «Dios no hizo la muerte ni se goza en que perezcan
los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia».
Mas Dios pretende el mal físico (tanto el que tiene carácter
natural como punitivo) per accidens, es decir, los permite como
medios para conseguir un fin superior de orden físico (v.g., para la
conservación de una vida superior) o de orden moral (v.g., para
castigo o para purificación moral); Eccli 39, 35 s; Amos 3, 6.
b) El mal moral
El mal moral, es decir, el pecado, que es esencialmente una negación de Dios, no lo puede querer Dios per se ni per accidens,
esto es: ni como fin ni como medio. El concilio de Trento condenó
como herética la doctrina de Calvino, opuesta a esta verdad; Dz 186.
Ps5,5: «Tú no eres, por cierto, un Dios a quien le plazca la maldad».
Dios no hace sino permitir el pecado (permissive solum; Dz 816),
porque respeta la übertad humana (Eccli 15, 14 ss) y porque es lo
suficientemente sabio y poderoso para saber sacar bien del mal;
Gen 50, 20: «Vosotros creíais hacerme mal, pero Dios ha hecho de él un bien»;
cf. SAN AGUSTÍN, Enchiridion n. En última instancia,
el mal moral se encamina también al último fin del universo, la
gloria de Dios, haciéndonos ver la misericordia de Dios en perdonar o su justicia en castigar.
Cuando la Sagrada Escritura dice que Dios endurece el corazón del
hombre en el mal (Ex 4, 21; Rom 9, 18), no es su intención decir que
Dios sea propiamente el causante del pecado. El endurecimiento es un castigo que consiste en retirar la gracia;
cf. SAN AGUSTÍN, In loan. tr. 53, 6:
«Dios ciega y endurece abandonando y no concediendo su ayuda» (deserendo et non adiuvando).
Bibliografía: O. ZIMMERMANN, Warum Schuldund Schmerz? Fi31924.
TH. MOLINA, Das Leiden im Weltplan, In 2i93o. FR. BILLICSICH, Das Pro
blem der Theodizee im philosophischen Denken des Abendlandes. Tomo 1:
Von Platón bis Thomas vori Aquino, In 1936; tomo 11: Von Eckhart bis
Hegel, W 1952. P. PÁRENTE, // mole secondo la dottrina di S. Tommaso,
APAR 6 (1939-40) 3-40. J. DALMAU, La bondad divina y la gloria de Dios
fin de la creación, EE 20 (1946) 509-533. CH. JOURNET, Le Mal, Bru 1961.
Fuente: Ludwig Ott. | "Manual de teología dogmática"
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