LOS ATRIBUTOS
DE LA VIDA DIVINA
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§ 27. LAS PROPIEDADES MORALES DE LA VOLUNTAD DIVINA ♥
I. La justicia
Mientras que justicia, en sentido amplio, vale tanto como rectitud
moral o santidad subjetiva, tomada en un sentido más propio y estricto
signiñca la voluntad constante y permanente de dar a cada uno lo que le
corresponde: «constans et perpetua voluntas ius suum unicuique tribuendi»
(Ulpiano).
Dios es infinitamente justo (de fe).
Según doctrina del concilio del Vaticano, Dios es «infinito en
toda perfección» y, por tanto, también en la justicia; Dz 1782. La
Sagrada Escritura da testimonio de la justicia de Dios en numero
sos pasajes: Ps 10, 8: «Justo es Yahvé y ama lo justo»; Ps 118, 137:
«¡Justo eres, Yahvé, y justos son tus juicios!»; cf. Ier 23,6; Mt 16,27;
25, 31 ss; Ioh 17, 25; Rom 2, 2 ss; 3, 25 s; 2 Tim 4,8. Los padres
defienden la justicia punitiva de Dios contra Marción, quien esta
blecía una irreconciliable oposición entre el Dios justo y punitivo
del Antiguo Testamento y el Dios bueno y misericordioso del
Nuevo Testamento, llegando así a admitir la existencia de dos divi
nidades. SAN IRENEO le objeta que la justicia de Dios no podríf«
existir sin bondad, ni la bondad de Dios sin justicia; cf. SAN IRE
NEO, Adv. Haer. m, 25, 2-3; iv 40, 1-2; TERTULIANO, Adv, Mar
cionem I-III.
Como Dios es creador y señor del universo, no existe norma jurídica
que esté por encima de Él, antes bien, Dios es para sí mismo la norma
suprema: Deus sibi ipsi est lex (S.th. 1 21, 1 ad 2). Injusticia legal, que
regula la relación jurídica del individuo con la comunidad, conviene a
Dios en cuanto Él por medio de la ley natural y la ley moral ordena todas
las criaturas al bien común. La justicia conmutativa, que regula el recto
orden entre un individuo y otro individuo, no se puede aplicar en sentido
estricto a Dios, porque entre Creador y criatura no puede haber igualdad
de relaciones. La criatura, a causa de su absoluta dependencia del Crea
dor, no puede obligarle por si misma mediante una prestación suya a
que Dios le corresponda con otra. La justicia distributiva, que regula el
recto orden de la comunidad con el individuo, conviene a Dios en sentido
estricto. Después que Dios, con un acto Ubérrimo de su voluntad, creó el
mundo, se obliga por su sabiduría y bondad a proporcionar a las cria
turas todo lo que necesitan para cumplir con su misión y lograr su último
fin. Se manifiesta, además, la justicia distributiva de Dios en que Él, sin
acepción de personas (Rom 2, n), procede como juez equitativo recom
pensando el bien (justicia remunerativa) y castigando el mal (justicia vin
dicativa).
El castigo que Dios impone al pecador no es tan sólo un medio correc
tivo o intimidatorio, como enseñaron B. Stattler (t 1797) y J- Hermes
(f 1831), sino que ante todo persigue la expiación de la ofensa inferida a
Dios y la restauración del orden moral perturbado por el pecado; Deut 32,
41: «Yo retribuiré con mi venganza a mis enemigos, y daré su merecido
a los que me aborrecen»; Rom 12, 19: «Escrito está: "A mí la venganza,
yo haré justicia, dice el Señor"». La pena del infierno, por su duración eter
na, sólo puede tener carácter vindicativo para los condenados (Mt 25, 41
y 46). Por otra parte, no hay que exagerar de tal forma el carácter vindi
cativo de los castigos divinos, como si Dios se viera obligado por su jus
ticia a no perdonar el pecado hasta exigir una satisfacción completa, como
enseñaron, siguiendo el ejemplo de San Anselmo de Cantorbery (t no9)>
H Tournely (f 1729) y Fr. X. Dieringer (t 1876). Como Dios, por ser
so'berano y señor universal, no tiene que dar cuenta a ningún poder su
perior, tiene derecho a ser clemente, y esto significa que es libre para
perdonar a los pecadores arrepentidos sin que ellos ofrezcan una satisfac
ción congrua o sin satisfacción alguna; cf. S.th. ni 46, 2 ad 3; 1 25, 3 ad 3.
2. La misericordia
Dios es infinitamente misericordioso (de fe
Para la doctrina de la Iglesia, véase Dz 1782: «omni perfectione
infinitus». La Iglesia ora de esta manera: «Deus cuius misericordiae
non est numerus et bonitatis infinitus est thesaurus (Or. pro gra
tiarum actione)».
En Dios, como Ser perfectísimo, no cabe el afecto de compa
sión en sentido estricto (participar en los padecimientos de otra
persona) —Dios no puede padecer—, sino solamente el efecto de
la misericordia, que consiste en alejar de las criaturas la miseria:
«misericordia est Deo máxime tribuenda, tamen secundum effec
tum, non secundum passionis affectum» (S.th. 1 21, 3). La Sagrada
Escritura no llama la atención con tanta insistencia sobre ninguna
otra perfección divina como sobre la misericordia; Ps 102, 8: «Es
Yahvé piadoso y benigno, tardo a la ira, clementísimo»; Ps 144, 9:
«Es benigno Yahvé para con todos, y su misericordia está en todas
sus criaturas»; cf. Ps 117, 1-4; Ps 135; Sap 11, 24 ss; Le 6, 36;
2 Cor 1, 3; Eph 2, 4. El testimonio más grandioso de la misericor
dia divina es la encarnación del Hijo de Dios para redimir a los
hombres (Le 1, 78; Ioh 3, 16; Tit 3, 4 s). En la encarnación tomó el
Hijo de Dios una naturaleza humana y con ella podía ya sentir el
afecto de «compasión» por los hombres; Hebr 2, 17: «Por esto hubo
de asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice
misericordioso y fiel, en las cosas que tocan a Dios, para expiar
los pecados del pueblo»; cf. Hebr 4, 15 s. Los santos Evangelios,
sobre todo el de San Lucas, describen la misericordia del Sal
vador con todos los necesitados y particularmente con los peca
dores.
La misericordia y la justicia se armonizan maravillosamente en
Dios; Ps 24, 10: «Todas las sendas de Yahvé son misericordia
y bondad (misericordia et veritas) para los que guardan el pacto y
los mandamientos»; cf. Ps 84, 11. La justicia distributiva de Dios
radica en su misericordia, ya que la razón más honda de por qué
Dios concede gracias naturales y sobrenaturales a las criaturas y
recompensa sus buenas obras no es otra que su misericordia y su
amor. La recompensa del bien y el castigo del mal no es obra de
sola la justicia divina sino también de su misericordia, ya que pre
mia por encima de los merecimientos (Mt 29, 19: «centuplum acci
pient») y castiga menos de lo necesario (S.th. 1 21,4 ad 1). Por otra
parte, la remisión del pecado no es solamente obra de misericordia,
sino también de justicia, pues Dios exige del pecador la contra
partida del arrepentimiento y de la penitencia. La síntesis más excel
sa de la misericordia y de la justicia divinas es la muerte de Jesu
cristo en la cruz; cf. Ioh 3, 16; Rom 3, 25 s; S.th. 1 21, 4.
La misericordia de Dios no es una mera manifestación de la
bondad y amor divinos, sino que al mismo tiempo es señal del
poder y majestad de Dios; Sap 11, 24: «Tú tienes piedad de todos
porque todo lo puedes»; cf. la plegaria litúrgica: «Haces ostenta
ción de tu omnipotencia perdonando y usando de misericordia»
(Domingo 10 desp. de Pent.)
Ya tratamos de la veracidad y fidelidad de Dios al hablar de su verdad
ontológica (§15), y de la bondad moral (santidad) y benignidad divina
cuando estudiamos la bondad ontológica de Dios (§ 16).
Bibliografía: F. NÓTSCHER, Die Gerechtigkeit Gottes bei den vorexi
lischen Propheten, Mr 1915. L. PINOMAA, Der Zorn Gottes. Eine dogmen
geschichtliche Uebersicht, ZsTh 17 (1940) 587-614. J. ZIEGLER, Die Liebe
Gottes bei den Propheten, Mr 1930. TH. PAFFRATH, Gott Herr und Vater,
Pa 1930. F. ASENSIO, «Misericordia et Veritas»: El Hesed y el Émet divinos,
su influjo religioso-social en la historia de Israel, R 1949.
Fuente: Ludwig Ott. | "Manual de teología dogmática"
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