LOS ATRIBUTOS
DE LA VIDA DIVINA
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§. 24. PERFECCIÓN DE LA VOLUNTAD DIVINA ♥
II. LA VOLUNTAD DIVINA
I. La voluntad de Dios es infinita (de fe).
El concilio del Vaticano enseña que Dios posee una voluntad infinita
(volúntale infinitus); Dz 1782. La Sagrada Escritura
considera la voluntad libre de Dios como razón última del orden
del universo (Ps 134, 6: «Yahvé hace cuanto quiere en los cielos,
en la tierra, en el mar y en todos los abismos») y la estima como
norma suprema de moralidad (Mt 6, 10: «Hágase tu voluntad así
en la tierra como en el cielo»). Los santos padres defienden
la libertad de la voluntad divina frente al fatalismo de los gentiles.
La razón se funda en el hecho de que existan voluntades creadas para
deducir la perfección infinita de la voluntad de Dios. El tener voluntad
por ser en sí perfección pura, hay que predicarlo formalmente de Dios,
aunque elevando su perfección hasta lo infinito. El imperativo categórico
de la ley moral nos habla también de la existencia de una voluntad suprema que se halla sobre el hombre.
2. El querer divino, lo mismo que el conocer, es absolutamente actual,
subsistente e independiente de todas las cosas distintas de Dios.
Como Dios es acto purísimo, en su volición no puede haber tránsito
de la potencia al acto, no puede haber hábito, ni tampoco sucesión de
actos volitivos particulares; la volición divina es un acto único y sin sucesion
realmente con la esencia divina; S.th. i 19, 1: «sicut suum intelligere est suum esse, ita suum velle». Las criaturas no son causa determinante, sino
únicamente término del querer divino. La absoluta plenitud ontológica
de Dios excluye el amor de concupiscencia. El deseo ardiente de Dios
por que los hombres se salven (cf. Is 65, 2) es expresión de su amor de
benevolencia, que desea colmar de beneficios a las criaturas.
3. Los afectos de Dios son funciones puramente espirituales de su voluntad, como corresponde a la naturaleza divina. El afecto fundamental
es la caridad, que en Dios se identifica realmente con su esencia: «Dios es
caridad» (1 Ioh 4, 8). De los restantes afectos, se predican de Dios con
eminencia infinita el afecto de dicha o felicidad («in se et ex se beatissimus»; Dz 1782).
Por lo que respecta al afecto de odio, diremos que, por la absoluta santidad de Dios, cabe en
Él la abominación del pecado («odium abominationis»), pero de ninguna manera el odio de enemistad («odium inimicitiae»)
contra la persona del pecador; cf. Ps 5, 7: «Tú abominas a todos los
malvados»; Sap n, 25: «Tú amas todo cuanto existe y nada aborreces de
cuanto has hecho; pues si algo de ello hubieras odiado, no lo habrías
hecho». Otros afectos, como el anhelo, la tristeza, la esperanza, la ira, sólo
se pueden aplicar a Dios en sentido antropomórfico. La ira divina significa
en el lenguaje bíblico la justicia vindicativa de Dios.
SAN AGUSTÍN explica la perfección de la voluntad divina por la identidad de la misma con el ser absoluto de Dios; De Trin. vi,
10, n: «Así como Dios es su mismo ser y su mismo entender, así es su mismo querer».
Fuente: Ludwig Ott. | "Manual de teología dogmática"
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