Resumen teológico profundo, claro y fiel de Divinum Illud Munus (1897), (clic) vatican.va. Lo presento de manera ordenada para estudio, catequesis o publicación.
Sobre la presencia y la admirable virtud del Espíritu Santo
León XIII busca reavivar en la Iglesia la devoción, el conocimiento y el amor al Espíritu Santo, mostrando su papel esencial en la economía de la salvación. El Papa quiere que los fieles comprendan que la misión de Cristo continúa y se perfecciona por la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en las almas.
La encíclica comienza recordando que:
La Trinidad es el misterio central de la fe cristiana.
Las obras externas de Dios son comunes a las tres Personas, pero por “apropiación” se atribuyen al Padre el poder, al Hijo la sabiduría y al Espíritu Santo el amor.
El Espíritu Santo es el Amor subsistente del Padre y del Hijo, y por eso es el Don por excelencia.
León XIII enseña que:
La Encarnación se atribuye especialmente al Espíritu Santo, porque es fruto del amor divino.
Cristo fue concebido, ungido y guiado por el Espíritu Santo en toda su misión.
La manifestación visible del Espíritu en el Bautismo de Jesús anticipa su futura acción en la Iglesia.
Pentecostés es presentado como:
El Espíritu:
Constituye a los obispos y sacerdotes.
Da poder para perdonar los pecados.
Mantiene viva y fecunda a la Iglesia hasta el fin de los tiempos.
El Papa describe con gran profundidad la acción interior del Espíritu:
Los siete dones perfeccionan las virtudes y conducen a la santidad.
Los frutos del Espíritu llenan la vida cristiana de gozo y dulzura.
Las inspiraciones interiores son comparadas con un “susurro” que guía suavemente al alma.
León XIII explica que:
El Espíritu ya actuaba en los justos del Antiguo Testamento, pero su efusión plena llega tras la glorificación de Cristo.
La gracia del Espíritu transforma al hombre en “nueva criatura”, partícipe de la naturaleza divina.
El Papa invita a:
El Espíritu es luz, consuelo, fuerza y perdón.
La Iglesia lo invoca como “Padre de los pobres, dador de los dones, luz de los corazones”.
La encíclica concluye recordando la unión singular entre María y el Espíritu Santo:
Ella es su “Esposa inmaculada”.
Cooperó en la Encarnación y en Pentecostés.
Su intercesión es clave para una nueva efusión del Espíritu sobre la Iglesia.
El Espíritu Santo es el Amor divino que perfecciona la obra de Cristo, vivifica a la Iglesia, santifica las almas y las conduce a la vida eterna. Conocerlo, amarlo e invocarlo es esencial para la vida cristiana.