§ 6. EL CONOCIMIENTO SOBRENATURAL DE LA ESENCIA DIVINA EN LA VIDA FUTURA
1. Realidad de la visión inmediata de Dios
Los bienaventurados en el Paraíso gozan de un conocimiento inmediato. e
intuitivo de la esencia divina (de fe).
Su Santidad Benedicto XII proclamó en la constitución dogmática. Benedictus Deus
(1336) : «Vident (sc. animae sanctorum) divinam essentiam visione intuitiva et
etiam faciali, nulla mediante creatura in ratione obiecti visi se habente, sed
divina essentia immediate se nude, clare et aperte eis ostendente» (las almas de
los bienaventurados ven la esencia divina en visión intuitiva y cara a cara, sin
que se interponga criatura alguna como medio de la visión, sino mostrándoseles
la divina esencia con toda inmediatez, diafanidad y claridad); Dz 530. El
concilio unionista de Florencia (1438/45) precisó así cuál era el objeto del
conocimiento de Dios que poseen los bienaventurados: «intueri (sc. animas
sanctorum) clare ipsum Deum trinum et unum, sicuti est» (las almas de los
bienaventurados intuyen claramente al Dios trino y uno, tal como es) ; Dz 693.
El lugar más importante de la Sagrada Escritura en favor de la tesis es 1 Cor
13, 12, donde el apóstol contrapone al conocimiento de Dios que poseemos en esta
vida, como mediante un espejo -conocimiento enigmático y fragmentario—, aquel
otro conocimiento claro e inmediato de Dios que tiene lugar en la otra vida:
«Ahora vemos por un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara. Al
presente conozco sólo fragmentariamente; entonces conoceré como soy conocido».
San Juan describe el futuro estado de bienaventuranza, al que nos disponemos
aquí en la tierra por medio de la filiación divina, con 'las siguientes
expresiones: «Seremos iguales a El, porque le veremos tal cual es» (videbimus
eum sicuti est; 1 Ioh 3, 2) ; c f. Mt 5, 8; 18, 10; 2 Cor 5, 7.
Los padres más antiguos enseñan, de acuerdo con las llanas palabras de la
Sagrada Escritura, que los ángeles y los santos gozan en el cielo de una
verdadera visión cara a cara de la divinidad; cf. SAN IRENEO, Adv. haer. Iv 20,
5; v 7, 2. Desde mediados del siglo IV parece que algunos santos padres, como
San Basilio Magno, San Gregorio Niseno, San Juan Crisóstomo, niegan que sea
posible una contemplación inmediata de la divinidad. Pero hay que tener en
cuenta que las manifestaciones que hacen a este respecto se dirigían contra
Eunomio, que propugnaba ya para esta vida terrena el conocimiento inmediato y
comprensivo de la divina Esencia. En contra de esta doctrina, los santos padres
insisten en que el conocimiento de Dios en esta vida es mediato, y el de la otra
vida es, sin duda, inmediato, pero inexhaustivo. SAN JUAN Crisóstomo compara el
conocimiento de Dios que se posee en el Paraíso con la visión de Cristo
transfigurado en el monte Tabor, y exclama: "¡Qué diremos cuando se presente la
verdad misma de todas las cosas, cuando abiertas las puertas del palacio podamos
contemplar al Rey mismo, no ya en enigma ni en espejo, sino cara a cara; no con
la fe, sino con la vista del alma!» (Ad Theodorum lapsum I 11).
A los ojos del cuerpo, aunque se encuentren en estado glorioso, Dios sigue
siendo invisible, porque Dios es espíritu puro, y el ojo sólo puede percibir
objetos materiales; SAN AGUSTÍN, Ep. 92 y 147; S.th. I 12, 3.
2. Objeto de la visión inmediata de Dios
a) El objeto primario de la contemplación inmediata de Dios es la esencia
infinita de Dios en toda su plenitud de vida trinitaria («ipse Deus trinus et
unus») ; Dz 693.
b) El objeto secundario son todas las criaturas, que son contempladas en Dios
como hacedor de todas ellas. La extensión de este conocimiento es diverso en
cada uno de los bienaventurados según sea el grado del conocimiento inmediato de
Dios que posean; y tal grado lo determina la cuantía de los merecimientos
sobrenaturales; Dz 693. Podernos suponer, con Santo Tomás, que el entendimiento
de los bienaventurados ve siempre en Dios todo lo que es de importancia para sí
mismo; cf. S.th. Iü 10, 2: «nulli intellectui beato deest, quin cognoscat in
Verbo omnia, quae ad ipsum spectant».
3. Carácter sobrenatural de la visión inmediata de Dios
La visión inmediata de Dios supera la natural capacidad cognoscitiva del alma
humana y es, por tanto, sobrenatural (de fe).
El concilia de Vienne (1311/12) condenó los errores de los begardos y beguinos :
«Quod anima non indiget lumine gloriae ipsam elevante ad Deum videndum et ea
beate fruendum» (que el alma no necesita la elevación de la luz de la gloria
para ver y gozar de Dios); Dz 475. Según doctrina general de los teólogos, la
visión inmediata de Dios es sobrenatural para todo intelecto creado y creable
(absolutamente sobrenatural).
La Sagrada Escritura testifica que el conocimiento inmediato de la esencia
divina es inasequible para la razón natural. San Pablo, en 1 Tim 6, 16, nos
dice: «Dios habita en una luz inaccesible; nadie le vio ni podrá venle». La
intuición de la esencia divina es algo que por su naturaleza corresponde
únicamente a Dios, es decir, a las Personas divinas. Dice el Evangelio de San
Juan 1, 18 : «A Dios nadie le ha visto jamás; el Dios unigénito [Vulg.: Hijo],
que está en el seno del Padre, ése nos le ha dado a conocer» ; cf. Mt 11, 27;
loh 6, 46; 1 Cor 2, 11.
Podemos probar especulativamente el carácter absolutamente sobrenatural de la
visión inmediata de Dios apoyándonos en el siguiente principio: «Cognitum est
in cognoscente secundum modum cognoscentis» (el objeto conocido hállase en el
que lo conoce según el modo de ser de este último). Tal es el conocimiento cual
es la naturaleza del que conoce. Cuando el grado ontológico del objeto conocido
es superior al del sujeto cognoscente, entonces tal sujeto es incapaz por su
misma naturaleza de conocer inmediatamente la esencia de tal objeto. Dios es el
Ser subsistente. Todo entendimiento creado no tiene más que un ser participado.
De ahí que el conocer inmediatamente la esencia de Dios esté por encima de todo
intelecto creado; cf. S.th. I, 12, 4. A causa de su carácter absolutamente
sobrenatural, la visión inmediata de Dios es un misterio estrictamente dicho.
Es lícito admitir con San Agustín y Santo Tomás que el intelecto humano puede en
la tierra ser elevado de forma sobrenatural y extraordinaria («et
supernaturaliter et praeter communem ordinem») a la contemplación inmediata de
Dios. Como ejemplos podemos citar a Moisés (Ex 33, 11; Num 12, 8) y San Pablo (2
Cor 12, 2 ss); cf. SAN AGUSTÍN, Ep. 147, 13, 31-32; S.th. 112, 11 ad 2.
4. Necesidad de la luz de la gloria (lumen gloriae) para la visión inmediata de
Dios
La elevación del alma a la contemplación inmediata de Dios es posible por
fundarse de un lado en la semejanza con Dios, es decir, en la inmaterialidad del
alma (Gen 1, 26 s), y de otro en la omnipotencia de Dios; c f. S.th. I 12, 4 ad
3.
El alma necesita la luz de la gloria, para ver inmediatamente a Dios (de fe; Dz
475).
La luz de la gloria (lumen gloriae) es tan necesaria para el modo de conocer
propio del estado de gloria, como la luz de la razón lo es para el modo propio
del estado de naturaleza, y la luz de la fe (de la gracia) para el modo de
conocer del estado de fe. La luz de la gloria consiste en un perfeccionamiento
sobrenatural y permanente de la facultad cognoscitiva del hombre, con el cual
queda internamente capacitada para realizar el acto de la intuición inmediata de
la esencia divina; cf. S.th. I 12, 5 ad 2: «perfectio quaedam intellectus
confortans ipsum ad videndum Deum». Ontológicamente hay que definirla como un
hábito operativo sobrenatural, infundido en el entendimiento. El hábito de la
luz de la gloria viene a suplantar al hábito de la fe. Esta expresión de luz de
la gloria (lumen gloriae) que se halla por primera vez en San Buenaventura y en
Santo Tomás, está inspirada en el salmo 35, 10: «In lumine tuo videbimus lumen»
(en tu luz veremos la luz).
5. Límites de la visión inmediata de Dios
La esencia de Dios es también incomprehensible para los bienaventurados del
cielo (de fe).
Tampoco los bienaventurados del cielo poseen un conocimiento adecuado o
comprensivo de la esencia divina. Dios sigue siendo incomprehensible para toda
mente creada, aunque se halle en estado de elevación sobrenatural; cf. Dz 428,
1782; Ier 32, 19 (según el texto de la Vulg.) : «incomprehensibilis cogitatu»
(incomprehensible para el pensamiento). En la época patrística fue
principalmente SAN JUAN CRISÓSTOMO quien defendió la incomprehensibilidad de
Dios contra los eunomianos en sus 12 homilías De incomprehensibili..
La razón intrínseca de esa incomprehensibilidad de Dios radica en la distancia
infinita que existe entre el entendimiento infinito de Dios y el entendimiento
limitado de las criaturas. El entendimiento limitado solamente puede conocer la
infinita esencia de Dios de forma finita: «Videt infinituni, sed non infinite»
(ve lo infinito, pero no de manera infinita) ; cf. S.th. 1 12, 7 ad 3.
Aunque el conocimiento de Dios que poseen los bienaventurados en el cielo sea un conocimiento inmediato, sin embargo es un conocimiento de Dios en cuanto que se nos ha revelado, y no en cuanto que es en sí mismo. Por eso el conocimiento de los bienaventurados es un conocimiento de Dios de forma finita, aunque sea participación del conocimiento infinito de Dios. En la visión inmediata de Dios en la otra vida vemos la infinita esencia de Dios de forma finita: «Videt infinituni, sed non infinite» (ve lo infinito, pero no de manera infinita) ; cf. S.th. 1 12, 7 ad 3.
El conocimiento de Dios que poseen los bienaventurados en el cielo es un conocimiento de Dios en cuanto que se nos ha revelado, y no en cuanto que es en sí mismo. Por eso el conocimiento de los bienaventurados es un conocimiento de Dios de forma finita, aunque sea participación del conocimiento infinito de Dios. En la visión inmediata de Dios en la otra vida vemos la infinita esencia de Dios de forma finita: «Videt infinituni, sed non infinite» (ve lo infinito, pero no de manera infinita) ; cf. S.th. 1 12, 7 ad 3.
El conocimiento de Dios que poseen los bienaventurados en el cielo es un conocimiento verdadero, aunque sea imperfecto, porque Dios posee realmente las perfecciones que de El predicamos y nosotros nos damos cuenta perfecta del carácter análogo de nuestro concepto de Dios y de los predicados que le atribuimos.
Ave María Purísima