§ 23. LA VISIÓN BEATÍFICA
1. El hecho de la visión beatífica de Cristo
a) Doctrina de la Iglesia
El alma de Cristo poseyó la visión beatifica desde el primer instante de su
existencia (sent. cierta).
Mientras que todos los demás hombres sólo en el más allá (in statu termini)
pueden alcanzar la visión intuitiva de Dios, que tiene carácter absolutamente
sobrenatural, el alma de Cristo la poseyó ya en esta vida (in statu viae), y
desde el mismo instante de su unión con la persona divina del Logos, es decir,
desde su concepción en el seno de la Virgen. Por eso Cristo fue al mismo tiempo,
como explica la escolástica, viator simul et comprehensor, es decir, peregrino
por la tierra y poseedor de la meta de la peregrinación. De lo cual se deduce
que no podía poseer las virtudes teologales de la fe y la esperanza.
Algunos teólogos modernos, como H. Klee, A. Günther, J. Th. Laurent y H. Schell,
impugnaron la scientia beata de Cristo, porque les parecía estar en
contradicción con algunas expresiones de la Sagrada Escritura y con la realidad
de la pasión de Cristo. También los modernistas (A. Loisy) la negaron alegando
que el sentido obvio de los textos evangélicos no es compatible con todo aquello
que enseñan los teólogos sobre la conciencia y ciencia infalible de Cristo; Dz
2032.
El Santo Oficio, respondiendo a una consulta, declaró el año 1918 que la
siguiente proposición no era segura, es decir, que no podía ser enseñada sin
riesgo de la fe: «Non constat, fuisse in anima Christi ínter homines degentis
scientiam, quam habent beati seu comprehensores» («No consta que hubiese en el
alma de Cristo, cuando moraba entre los hombres, la ciencia que poseen los
bienaventurados en su contemplación de Dios» ; Dz 2183).
El papa Pio xii declaró en la encíclica Mystici Corporis (1943) : «Incluso aquel
conocimiento que llaman conocimiento de visión beatífica lo posee [Cristo] en
tal plenitud que supera con mucho en extensión y claridad a la contemplación
beatífica de los bienaventurados en el cielo»... «En virtud de aquella visión
beatífica, de la que disfrutó desde el mismo instante de ser concebido en el
seno de la Madre de Dios, tiene presente sin cesar y en cada instante a todos
los miembros de su cuerpo místico»; cf. H 51, 79; Dz 2289.
b) Prueba por las fuentes de la revelación
No es posible presentar una prueba contundente de Escritura, pues las
manifestaciones de la misma sobre la perfección de la ciencia de Cristo no
permiten de ordinario resolver con certeza si se refieren a su ciencia humana o
divina. Sirven de apoyo a la tesis aquellas frases en las que se atribuye a
Cristo un claro conocimiento del Padre y de las verdades divinas que Él predica
a los hombres; cf. loh 8, 55: «Vosotros no le conocéis [al Padre], mas yo le
conozco; y si dijere que no le conozco, sería como vosotros mentiroso; mas yo le
conozco y guardo su palabra.» Así corno Cristo solamente puede guardar la
palabra del Padre en cuanto hombre, así también parece que el claro conocimiento
que posee del Padre y de toda la Trinidad no le corresponden tan sólo en cuanto
Dios, sino también en cuanta hombre ; cf. Ioh 1, 17 ss ; 3, 11.
Los santos padres enseñan implícitamente que el alma de Cristo poseía la visión
intuitiva de Dios, pues atribuyen a Cristo, aun en cuanto hombre, la plenitud de
la ciencia como consecuencia de la unión Hipostática. Un testimonio expreso en
favor de la tesis lo hallamos en SAN FULGENCIO, quien contesta a una consulta de
su discípulo Ferrando: «Es difícil admitir y totalmente incompatible con la
integridad de fe el que el alma de Cristo no poseía noticia plena de su
divinidad, con la cual, según la fe, era físicamente una persona» (Ep. 14, 3,
26). Pero notemos que Fulgencio va demasiado lejos al atribuir a Cristo un
conocimiento «pleno», es decir, comprehensivo de Dios.
c) Prueba especulativa
La principal fuerza probativa la posee el argumento especulativo de los
escolásticos, que defienden unánimemente la sciencia beata del alma de Cristo.
a') La visión beatífica de Dios no es otra cosa, por su misma esencia, que la
consumación de la gracia santificante que es participación de la divina
naturaleza («consortium divinae naturae»; 2 Petr 1, 4) : «Gloria est gratia
consummata». La unión del alma con Dios por medio de la gracia y de la gloria es
un género accidental de unión; en cambio, la unión del alma de Cristo con Dios
es unión sustancial y, por tanto, mucho más íntima. Ahora bien, si el alma de
Cristo, ya en la tierra, estuvo mucho más íntimamente unida con Dios que los
bienaventurados del cielo, no se comprende por qué al alma de Cristo no se le
iba a conceder la visión inmediata de Dios que se concede a aquéllos. SANTO
ToMÁs aduce el siguiente principio: «Cuanto más cerca se halla un objeto
receptivo de una causa eficiente, tanto más participa en el efecto de esa causa»
(S.th. irr 7, 1).
b') Cristo, por los actos de su humanidad, por su vida y sobre todo, por su
pasión y muerte, es para los hombres el autor de la salvación (Hebr 2, 10), es
decir, de la visión inmediata de Dios. Según el principio: la causa tiene que
ser siempre más excelente que el efecto, Cristo debía poseer de manera más
excelente todo aquello que iba a proporcionar a otros; cf. S.th. III 9, 2.
c') Cristo es cabeza de los ángeles y de los hombres. Los ángeles, que según
refiere Mt 4, 11, vinieron y le servían, se hallaban ya en posesión de la visión
intuitiva de Dios durante la vida terrenal de Jesús (Mt 18, 10). Ahora bien,
parece incompatible con la preeminencia de la cabeza, que ésta no posea una
excelencia de que disfrutan parte de sus miembros.
d') Cristo, como autor y consumador de la fe (Hehr 12, 2), no podía él mismo
caminar entre la oscuridad de la fe. La perfección de la conciencia que Jesús
tenía de sí mismo no se explica sino por un conocimiento inmediato de la
divinidad, unida hipostáticamente con Él.
2. Compatibilidad del sufrimiento con la visión intuitiva de Dios
La visión intuitiva de Dios produce la suprema felicidad en las criaturas
racionales. De ahí que surja la siguiente dificultad: Con esa felicidad suma,
que procede de la visión inmediata de Dios, ¿cómo pueden compaginarse el hondo
dolor y la honda tristeza que Cristo sintió en la agonía del huerto de los
Olivos y en el abandono de la cruz?
a) No es difícil compaginar el sufrimiento corporal con la visio imnicdiata
porque el dolor del cuerpo se experimenta en las potencias inferiores y
sensitivas del alma, mientras que la dicha espiritual se siente en las potencias
superiores y espirituales de la misma. Para que Cristo cumpliera con su misión
redentora, la felicidad quedó restringida, por decisión de la voluntad divina,
al alma espiritual y no produjo la glorificación del cuerpo, la cual no
constituye la esencia de la gloria, sino únicamente un incremento accidental de
la misma; cf. S.th. rri 15, 5 ad 3.
b) La dificultad principal radica en compaginar la dicha espiritual con el dolor
espiritual. MELCHOR CANO, O. P. (t 1560) procuró resolver la dificultad
suponiendo, en el acto de la visión intuitiva de Dios, una distinción real entre
la operación del entendimiento (visio) y la operación de la voluntad (gaudium,
delectatio); y enseñando que el alma de Cristo en la cruz siguió contemplando
intuitivamente a Dios, pero que, debido a un milagro de la omnipotencia divina,
quedó suspendida la dicha que brota naturalmente de semejante visión (De locis
theol. xrr 12).
Según doctrina de Santo Tomás, la intervención milagrosa de Dios consistió
únicamente en hacer que la dicha procedente de la visión inmediata de Dios no
pasase de la ratio superior (= superiores conocimiento y voluntad espirituales,
en cuanto se ordenan al bonum increatum) a la ratio inferior (= superiores
conocimiento y voluntad espirituales, en cuanto se ordenan al bonum creatum), ni
del alma redundara en el cuerpo: «dum Christus erat viator, non fiebat
redundantia gloriae a superiori parte in inferiorem nec ab anima in corpus»
(S.th. rrr 46, 8). Por tanto, el alma de Cristo siguió siendo susceptible del
dolor y de la tristeza. Teólogos actuales (K. EAHNER) sostienen que, en relación
a su estado de peregrino en la tierra, en Cristo se hallaba totalmente
suspendida la felicidad.
3. Objeto y extensión de la visión intuitiva de Dios en Cristo
a) El objeto primario de la visión intuitiva de Dios es la esencia divina («Deus
sicuti est» ; 1 Ioh 3, 2). Como el alma de Cristo, en virtud de, la unión
hipostática, se halla más íntimamente unida con Dios que los ángeles y los
bienaventurados del cielo, por lo mismo contempla a Dios con más perfección que
ninguna otra criatura; cf. S.th. III 10, 4. Pero tal contemplación de Dios no
puede ser un conocimiento exhaustivo del mismo, porque la naturaleza humana de
Cristo es finita; S.th. rHI 10, 1: «infinitumn non comprehenditur a finito, et
ideo dicendum, quod anima Christi nullo modo comprehendit divinarn essentigrn».
b) Objeto secundario de la visión intuitiva de Dios son las cosas exteriores a
Dios, que son contempladas en Dios como causa primera de todas ellas. La
extensión de este conocimiento depende de la intensidad y grado del conocimiento
que se posea de Dios. Según doctrina de Santo Tomás, se extiende, desde luego, a
todo lo que pueda interesar a cada bienaventurado («quae ad ipsurn spectant»).
Aplicando ahora este principio general a Cristo, deduciremos que el alma de
Cristo, aun durante su vida terrena, conoció en la esencia divina todas las
cosas fuera de Dios, en cuanto tal conocimiento le fue necesario o útil para
realizar su misión redentora. Como Cristo es cabeza y señor de toda la creación
y juez de todos los hombres, concluye Santo Tomás que el alma de Cristo, ya en
la tierra, conoció en la esencia divina todas las cosas reales del pasado, del
presente y del futuro, incluso los pensamientos de los hombres. Pero no podemos
extender la ciencia humana de Cristo a todas las cosas posibles que Dios puede
hacer en su omnipotencia, pero que de hecho nunca hará; porque conocer todas las
cosas posibles significa poseer un conocimiento comprehensivo del poder divino o
de la esencia divina idéntica con el mismo. De ahí que el alma de Cristo, según
doctrina de SANTO TOMÁS, no posea omnisciencia absoluta, sino únicamente
relativa ; S. th. III 10, 2. El Santo Oficio aprobó en 1918 la doctrina
escolástica (Dz 2184 s).
Hay teólogos modernos que entienden la visión intuitiva de Dios en
Cristo no como un conocimiento objetivo y reflejo, que tiene presentes de un
modo inmediato los distintos objetos, sino como conocimiento inobjetivo,
irreflejo. Éste ha de concebirse como la propiedad radical de la conciencia de
jesús a la que compete la absoluta inmediatez de Dios, y en la que está
fundamentalmente contenido todo lo que en. el decurso del desarrollo histórico
afloró a la conciencia de Jesús.
4. La ciencia humana de Cristo, libre de ignorancia y error
La ciencia humana de Cristo estuvo libre de la ignorancia positiva y del error
(sent. cierta ; cf. Dz 2184 s).
a) Que Cristo se viera libre de la ignorancia fue impugnado por los arrianos,
los nestorianos y, sobre todo, por los agnoetas (secta monofisita del siglo vI,
que debe su origen al diácono Temistio de Alejandría). Estos últimos herejes
enseñaban la ignorancia de Cristo, principalmente en cuanto al día y hora del
juicio universal, invocando en su favor a Mc 13, .32 (M t 24, .36): « Cuanto a
ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del ciclo, ni el Hijo,
sino sólo el Padre.»
Cristo, el Logos encarnado, se llama a sí mismo la Luz del mundo (Ioh 8, 12),
que vino a este mundo para traer a los hombres cl verdadero conocimiento (Ioh
12, 46) ; se denomina a sí mismo la Verdad (Ioh 14, 6) y señala como fin de su
venida al mundo el dar testimonio de la verdad (loh 18, 37) ; hace que le ]lamen
Maestro (Ioh 13, 13). Como testifica la Sagrada Escritura, se encuentra lleno de
gracia y de verdad (Ioh 1, 14), lleno de sabiduría (I,c 2, 40) ; en El se hallan
escondidos todos los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios (Col 2, 3). Jesús
tiene noticia de acontecimientos que se desarrollan lejos (Ioh 1, 48; 4, 50; 11,
14) y penetra el corazón de los hombres (Ioh 1, 47; 2, 24 s ; 4, 16 ss ; 6, 71).
Con todo ello es incompatible que el saher humano de Cristo fuera deficiente o
incluso equivocado.
En su lucha contra los arrianos, que referían al Logos el desconocimiento del
día del juicio, a fin de mostrar su carácter creado, algunos santos padres
(corno San Atanasio, San Gregorio Nacianceno, San Cirilo de Alejandría)
atribuyeron ignorancia al alma humana de Cristo. Sin embargo, los santos padres
rechazaron unánimemente el agnoetismo, declarando que cl alma humana de Cristo
estaba libre de ignorancia y error, y condenaron como herética la doctrina de
los agnoetas. El patriarca EULOGIO DE ALEJANDRÍA, principal adversario de los
agnoetas, escribe: «La humanidad de Cristo, asumida a la unidad con la
hipóstasis de la Sabiduría inaccesible y sustancial, no puede ignorar ninguna de
las cosas presentes ni futuras» (Foco, Bibl. Cod. 230, n. 10). El papa SAN
GREGORIO MAGNO aprueba la doctrina de Eulogio fundándola en la unión
hipostática, por la cual la naturaleza humana fue hecha partícipe de la ciencia
de la naturaleza divina. Tan sólo desde un punto de vista nestoriano se puede
afirmar la ignorancia de Cristo : «Quien no sea nestoriano, no puede en modo
alguno ser agnoeta.» Los agnoetas son calificados expresamente de herejes (Ep. x
39; Dz 248); cf. el Libellus emendationis (n. 10) del monje galo LEPORIO.
Para explicar el pasaje Mc 13, 32, los santos padres proponen estas dos
interpretaciones prescindiendo de la interpretación mística [el Hijo = el Cuerpo
de Cristo, los fieles] que es insuficiente) :
a') El desconocimiento del día del juicio, como se deduce de Act 1, 7 («No os
toca a vosotros conocer los tiempos ni Ios momentos que el Padre ha fijado en
virtud de su poder soberano»), es un desconocimiento llamado económico (es
decir, fundado en la oikonomía theou = en el orden de la salvación dispuesto por
Dios), y que consiste en un «no saber para comunicar», o «scientia non
communicanda». Quiere esto decir que Cristo, por voluntad del Padre, no podía
comunicar a los hombres el tiempo del juicio:
«No entraba dentro de su misión de Maestro que lo conociéramos [el día del
juicio] por mediación suya» (SAN AGUSTÍN, Enarr. in Ps. 36, sermo 1, 1).
b') Cristo conoció el día del juicio en su naturaleza humana por su íntima unión
con el Logos, mas no tuvo este conocimiento por su naturaleza humana (San
Gregorio Magno; Dz 248).
b) El modernismo y la teología protestante liberal enseñan que Cristo cayó en
error, pues consideraba como algo inminente el fin del mundo y su nueva venida
(parusía); Dz 2033.
Pero, de hecho, Cristo dejó en la incertidumbre el momento de su nueva venida.
La manifestación que hizo en su gran discurso sobre la parusía: «Esta generación
no pasará hasta que todo esto suceda» (Mt 24, 34; Mc 13, 30; Lc 21, 32), no se
refiere al fin del mundo ni a la parusía misma, sino a los signos que la
precederán, uno de los cuales era la destrucción de Jerusalén. Cristo supone que
el Evangelio ha de ser predicado en todo el mundo antes de que comience el fin
del mundo (Mt 24, 14; Mc 13, 10; cf. Mt 28, 19s; Mc 16, 15), que de todos los
confines serán reunidos para el juicio los elegidos (Mt 24, 31; Mc 13, 27), que,
después de la destrucción de Jerusalén, seguirá su curso el mundo (Mt 24, 21; Mc
13, 19) y que vendrán los «tiempos de los gentiles» (Le 21, 24). En otros
lugares llega incluso a asegurar Jesucristo que los discípulos no llegarán a ver
el día de la parusía (Lc 17, 22; Mt 12, 41); véase la escatología, § 6, 3.
La razón intrínseca que hace imposible todo error en Cristo es la unión
Hipostática. Por la limitación de su naturaleza humana corresponden a las
acciones humanas de Cristo todas las imperfecciones humanas genéricas ; pero es
incompatible con la excelsa dignidad de la persona divina (que es la que obra en
todas las acciones) atribuir a Cristo imperfecciones particulares, como el error
y el defecto moral.
Santo cielo, que es el lugar de la visión beatífica, es el fin último de toda criatura racional. En él se encuentra la felicidad suprema, que consiste en la visión inmediata de Dios. Cristo, por su unión hipostática con el Logos, posee esta visión beatífica desde el primer instante de su existencia. Esta doctrina, aunque ha sido objeto de controversia a lo largo de la historia, es un pilar fundamental de la teología católica y nos invita a reflexionar sobre la naturaleza divina y nuestra relación con Dios.
Ave María Purísima