SEGUNDA PARTE: ALGUNOS PROBLEMAS MÁS URGENTES
Capítulo 3: La Vida Económico-Social (nn. 63-72), (clic) Vatican.va.
El fin fundamental de la producción no es el mero incremento de los productos ni el beneficio o el poderío, sino el servicio del hombre integral (material, moral y espiritual). El desarrollo económico debe estar bajo el control del hombre y no al revés.
El crecimiento económico no debe dejarse al arbitrio de unos pocos, de grupos económicos potentes o de naciones poderosas. Es necesaria la participación activa de todos los hombres y la coordinación internacional, denunciando las falsas doctrinas que obstaculizan las reformas necesarias bajo pretexto de una falsa libertad.
Para satisfacer las exigencias de la justicia y la equidad, hay que eliminar las inmensas desigualdades económicas que existen y que a menudo aumentan, acompañadas de discriminación individual y social. El desarrollo debe beneficiar también a la agricultura y a los servicios, no solo a la industria.
El trabajo humano es superior a los demás elementos de la vida económica. Por el trabajo, el hombre sustenta su vida, se une a sus hermanos y colabora con la creación divina. El trabajo no debe ser una mercancía; el trabajador tiene derecho a un salario justo, al descanso y a cultivar su vida espiritual y familiar.
La empresa es una comunidad de personas. Se debe fomentar la participación activa de los trabajadores en la gestión. En caso de conflictos, el diálogo es el camino, aunque la huelga puede ser un medio necesario y legítimo en última instancia, pero nunca con fines políticos o egoístas.
Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. El derecho a la propiedad privada es válido, pero sobre él grava siempre una hipoteca social: los bienes deben servir a todos. Quien se encuentra en extrema necesidad tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí.
Las inversiones deben orientarse a asegurar empleo y beneficios para el futuro, pensando en el bien común y no solo en el lucro inmediato. La especulación monetaria que daña a la economía propia o ajena es moralmente inaceptable.
La propiedad privada asegura a la persona una zona necesaria de autonomía y debe fomentarse su acceso. Sin embargo, no es un derecho absoluto; las formas de propiedad (como latifundios improductivos) que impiden el desarrollo de los pueblos deben ser reformadas, siempre con equidad y compensación.
Los cristianos deben participar en la construcción del orden temporal con competencia y fidelidad al Evangelio. El progreso terrenal y el crecimiento del Reino de Cristo son distintos, pero se compenetran cuando la actividad humana se ordena a Dios y al servicio de los hermanos.