SEGUNDA PARTE: ALGUNOS PROBLEMAS MÁS URGENTES
Capítulo 5: El Fomento de la Paz y la Promoción de la Comunidad de los Pueblos (nn. 77-90), (clic) Vatican.va.
La paz no es la mera ausencia de guerra ni el equilibrio de fuerzas adversas. Es la "obra de la justicia" (Is 32, 17) y el fruto del orden plantado por Dios. La paz terrena es imagen de la paz de Cristo, quien reconcilió a todos los hombres con Dios y entre sí por su cruz.
La paz es un edificio que debe construirse constantemente. Requiere la firme voluntad de respetar a los demás hombres y pueblos, y la práctica de la fraternidad. Sin el amor, la justicia sola no basta para asegurar la paz.
A pesar del progreso, la guerra sigue causando estragos. El Concilio condena con vigor las acciones militares que exterminan pueblos enteros o minorías (genocidios). Se debe respeto y trato humano a los heridos y prisioneros. Mientras no exista una autoridad internacional competente, no se puede negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa, una vez agotados todos los medios pacíficos.
El desarrollo de armas científicas (nucleares, biológicas) magnifica el horror de la guerra, amenazando con una destrucción total. El Concilio declara: "Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones con sus habitantes es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo, que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones".
La acumulación de armas no es un camino seguro para la paz; al contrario, aumenta las causas de guerra. Es una trampa peligrosa y una injusticia intolerable que perjudica a los pobres al desviar recursos inmensos. Es urgente trabajar por un desarme real y completo.
Es necesario que todos trabajen para que la guerra sea prohibida por consenso internacional. Esto requiere la institución de una autoridad pública universal reconocida por todos, con poder para garantizar la seguridad y la justicia.
Para construir la paz, es vital eliminar las causas de discordia (injusticias económicas, afán de dominio, desprecio a las personas). La Iglesia apoya la cooperación internacional y las organizaciones que promueven la unidad de la familia humana.
Es urgente la cooperación económica para reducir la desigualdad entre naciones ricas y pobres. El comercio mundial debe regirse por la justicia, no solo por el lucro. Los países desarrollados tienen el deber de ayudar a los países en vías de desarrollo.
Los cristianos deben colaborar voluntariamente en la construcción del orden internacional. La Iglesia contribuye a la paz predicando el Evangelio y uniendo a los hombres en la caridad. El Concilio propone la creación de un organismo universal de la Iglesia para promover la justicia y la paz (origen del Pontificio Consejo "Justicia y Paz").