Capítulo 1: La Dignidad de la Persona Humana (nn. 12-22), (clic) Vatican.va.
Creyentes y no creyentes coinciden en que la tierra y sus bienes se ordenan al hombre. Pero, ¿qué es el hombre? La Escritura enseña que fue creado a imagen de Dios, capaz de conocer y amar a su Creador, y constituido señor de la creación. Además, el hombre es un ser social por naturaleza; Dios los creó "hombre y mujer", y sin relaciones con los demás no puede vivir ni desplegar sus cualidades.
Aunque creado en santidad, el hombre abusó de su libertad levantándose contra Dios y buscando su fin fuera de Él. Esto provocó una división íntima en el hombre: una lucha dramática entre el bien y el mal. El hombre se siente incapaz de vencer por sí mismo, pero el Señor vino a liberarlo y renovarlo interiormente.
El hombre es uno en cuerpo y alma. Por su condición corporal, resume en sí los elementos del mundo material, que por él alaban al Creador. No debe despreciar su cuerpo, sino honrarlo. Pero no se equivoca al reconocerse superior a lo corporal por su interioridad espiritual, donde Dios le aguarda.
La inteligencia humana participa de la luz de la mente divina. El hombre busca la verdad y, mediante la sabiduría, es atraído hacia lo verdadero y lo bueno, humanizando los descubrimientos técnicos y elevando su espíritu hacia Dios.
La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, donde resuena la voz de Dios. Es una ley que el hombre no se dicta a sí mismo, sino a la que debe obedecer: amar el bien y evitar el mal. La fidelidad a la conciencia une a los cristianos con los demás hombres en la búsqueda de la verdad.
La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina. Dios quiso dejar al hombre en manos de su propia decisión para que busque a su Creador espontáneamente. La libertad no es licencia, sino que se ordena al bien y requiere la gracia para actualizarse plenamente frente a las pasiones.
El enigma de la condición humana alcanza su cumbre en la muerte. El hombre se rebela contra la extinción total porque lleva en sí una semilla de eternidad. La fe cristiana enseña que la muerte corporal será vencida por Cristo, quien restituye al hombre la vida perdida por el pecado.
El ateísmo es uno de los fenómenos más graves de la época. Puede surgir de la negación expresa de Dios, del humanismo falaz que exalta al hombre hasta excluir a Dios, o de la protesta contra el mal. A menudo, los creyentes tienen parte de responsabilidad al velar, más que revelar, el rostro de Dios con sus defectos.
El ateísmo moderno a menudo se presenta como una exigencia de la liberación humana, considerando la religión como un obstáculo para la emancipación económica y social, al orientar la esperanza hacia una vida futura ilusoria.
La Iglesia rechaza el ateísmo, pero busca el diálogo. Afirma que el reconocimiento de Dios no se opone a la dignidad humana, sino que la fundamenta. El remedio contra el ateísmo es la exposición adecuada de la doctrina y, sobre todo, el testimonio íntegro de vida de los creyentes.
El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación. Al encarnarse, el Hijo de Dios se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Él es el hombre perfecto que restaura la semejanza divina.