Capítulo 2: La Comunidad Humana (nn. 23-32), (clic) Vatican.va.
Dios quiere que todos los hombres constituyan una sola familia y se traten como hermanos. El amor a Dios y al prójimo es el primer mandamiento. La revelación cristiana manifiesta que el desarrollo de la persona y el crecimiento de la sociedad están mutuamente condicionados.
El hombre es un ser social por naturaleza; no puede vivir ni desarrollar sus cualidades sin relacionarse con los demás. Dios mismo no es soledad, sino comunión (Trinidad). El hombre, única criatura amada por sí misma, solo se encuentra plenamente en la entrega sincera a los demás.
La vida social no es algo accesorio. A través del trato con los demás, en la familia y la comunidad, el hombre desarrolla sus capacidades. La socialización trae bienes, pero también peligros si no se respeta la libertad y la dignidad personal, que deben ser salvaguardadas por la autoridad.
El bien común es el conjunto de condiciones que permiten a los grupos y a los individuos alcanzar su perfección. Implica el respeto a los derechos y deberes de la persona. El orden social debe nutrirse en la verdad, edificarse en la justicia y vivificarse en el amor.
Hay que considerar al prójimo como "otro yo", cuidando de su vida y medios necesarios. Todo lo que atenta contra la vida (homicidios, abortos) o la dignidad (torturas, esclavitud) es una infamia que corrompe la civilización y deshonra al Creador.
El respeto y el amor deben extenderse a quienes piensan distinto en lo social, político o religioso. Hay que distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y la persona que yerra, que conserva siempre su dignidad y merece amor y comprensión.
Todos los hombres tienen la misma naturaleza, origen y destino divino. Por tanto, hay que superar toda discriminación por sexo, raza, color o condición social, pues es contraria al plan de Dios. Las desigualdades excesivas son un escándalo y obstáculo para la paz.
Nadie puede contentarse con una ética individualista. Hay que contribuir al bien común según las propias capacidades, cuidando tanto las instituciones públicas como privadas. La solidaridad es un deber de justicia y caridad cristiana.
Para cumplir su vocación, el hombre necesita cultura y libertad interior. Hay que fomentar la participación de todos en la vida pública y social, educando para la responsabilidad y el servicio a la comunidad, evitando tanto la dispersión como el totalitarismo.
Cristo santificó los lazos humanos, viviendo en familia y en sociedad. Reveló el amor del Padre y la vocación suprema del hombre. En su Cuerpo, que es la Iglesia, todos somos miembros los unos de los otros, llamados a servirnos mutuamente en caridad.