Capítulo tercero
LA DISTRIBUCIÓN DE LA GRACIA ACTUAL
§ 10. LA LIBERTAD DE DIOS EN LA DISTRIBUCIÓN DE LA GRACIA O CARÁCTER GRATUITO DE
LA MISMA
1. La gracia no puede merecerse de condigno ni de congruo por las obras
naturales (de fe).
El concilio II de Orange, frente a la doctrina de los pelagianos y
semipelagianos, enseña que no hay méritos que precedan a la gracia : «Nullis
meritis gratiam praeveniri» ; Dz 191. El concilio de Trento enseña que la
justificación se inicia en los adultos por la gracia preveniente, es decir, «por
la vocación con que son llamados sin que haya méritos por parte de ellos»
(«nullis eorum exsistentibus meritis») ; Dz 797. San Pablo, en la carta a los
Romanos, prueba que la justificación no se alcanza ni por las obras de la ley
del Antiguo Testamento ni por la observancia de la ley natural, sino que es puro
don del amor divino: «Son justificados gratuitamente (gratis) por su gracia» (3,
24) ; cf. Rom 3, 9 y 23 ; 9, 16. Los conceptos de gracia y de mérito se excluyen
mutuamente ; Rom 11, 26: «Pero si por la gracia, ya no es por las obras, que
entonces la gracia ya no sería gracia» ; cf. Eph 2, 8 ss ; 2 Tim 1, 9; Tit 3, 4
s ; 1 Cor 4, 7.
Entre los santos padres, fue sobre todo SAN AGUSTÍN quien de manera especial
defendió contra los pelagianos el carácter gratuito de la gracia; cf. Enarr. in
Ps. 30 sermo 1, 6: 4 Por qué [es llamada] gracia? Porque se concede
gratuitamente. ¿Por qué se concede gratuitamente? Porque no precedieron tus
méritos»; In loh.' tr. 86, 2: «Es gracia, y por tanto no halló previamente tus
merecimientos, sino que los produjo.»
Se prueba especulativamente la imposibilidad de merecer la gracia primera por la
falta de proporción intrínseca que existe entre la naturaleza y la gracia
(«gratia excedit proportionem naturae») y por la imposibilidad de merecer por sí
mismo el principio del mérito sobrenatural: la gracia («Principium meriti non
cadit sub eodem merito») ; cf. S.th. I II 114, 5.
2. La gracia no puede conseguirse por la oración natural (sent. cierta).
El concilio II de Orange enseñó, contra los semipelagianos, que la gracia no era
concedida por invocación humana (natural), antes bien la gracia hacía que
invocáramos a Dios; Dz 176.
Según doctrina de SAN PABLO, la oración idónea es fruto de la gracia del
Espíritu Santo; Rom 8, 26: «Y el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra
flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el mismo Espíritu
aboga por nosotros con gemidos inefables» ; 1 Cor 12, 3: «Nadie puede decir :
"Jesús es el Señor", sino en el Espíritu Santo».
SAN AGUSTÍN enseña que la oración obradora de salvación es efecto de la gracia
de Dios. Refiriéndose a Rom 8, 15, afirma: (Por eso conocemos que es también don
de Dios, el que nosotros le invoquemos con corazón sincero. Queda, pues, probado
cuánto se engañan los que creen que es por nosotros mismos por lo que no se nos
concede que oremos, busquemos y llamemos» (De dono persev. 23, 64).
Como la iniciativa en la obra salvadora parte de Dios, la oración obradora de
salvación sólo es posible con la ayuda de la gracia preveniente de Dios.
3. El hombre no puede conseguir por sí mismo ninguna disposición natural
positiva para la gracia (sent. cierta).
Por disposición se entiende la susceptibilidad de un sujeto con respecto a la
recepción de una forma, es decir, de alguna determinación. Mientras que la
disposición negativa solamente aparta los estorbos que impiden la recepción de
la forma, la disposición positiva hace que el sujeto esté de tal manera
apropiado para la recepción de la forma que obtenga cierta ordenación a dicha
forma, y que la forma aparezca como perfección natural. Hay que distinguir entre
la disposición positiva para recibir la gracia y la llamada «potencia
obediencial» con respecto a la gracia, que es la capacidad pasiva sita en la
naturaleza espiritual del alma humana (o del espíritu angélico) para recibir en
sí la gracia. No es posible la disposición positiva natural para la gracia,
porque entre la naturaleza y la gracia no hay proporción intrínseca alguna.
El concilio II de Orange enseña que el deseo de verse purificado del pecado no
se inicia por la voluntad natural del hombre, sino que es excitado por la gracia
preveniente del Espíritu Santo ; Dz 177; cf. 179.
La Sagrada Escritura atribuye el inicio de la salvación y toda la obra salvadora
a la gracia de Dios ; cf. Ioh 6, 44; 15, 5 ; 1 Cor 4, 7; Eph 2, 8 s.
SAN AGUSTÍN, en sus primeros escritos, enseñó que existe una disposición natural
positiva para la gracia; cf. De div. quaest. 83, q. 68, n. 4: «Praecedit ergo
aliquid in peccatorihus, quo quamvis nondum sint iustificati, digni efficiantur
iustificatione» (antes habla de «occultissima merita»). En sus escritos
posteriores, primeramente en las Cuestiones a Simpliciano I 2, que datan del año
397, rechaza decididamente la posibilidad de la disposición natural positiva
para la gracia y defiende su carácter absolutamente :gratuito; cf. De dono
persev. 21, 55. Para probar su aserto acude con preferencia a Prov 8, 35, según
la forma de la Vetus latina que se deriva de la versión griega de los Setenta:
«Praeparatur voluntas a Domino» (Vg.: «hauriet salutem a Domino»; M : «alcanza
el favor de Yahvé»).
También en SANTO TOMÁS se advierte una evolución de su doctrina. Mientras que en
sus primeros escritos (Sent. II d. 28, q. 1, a. 4, y Setzt. Iv d. 17, q. 1 a. 2)
enseña, de acuerdo con los teólogos antiguos, que el hombre sin gracia interna,
con sola su libre voluntad puede alcanzar una disposición positiva para la
gracia santificante; en sus escritos posteriores exige, para prepararse a la
recepción de la gracia santificante, una ayuda de la gracia de Dios que mueva
internamente, es decir, la gracia actual; ci. S.th. I II 109, 6; 112, 2; Quodl.
1, 7.
APÉNDICE: El axioma escolástico «Facienti quod est in se, Deus non denegat
gratiam»
a) Interpretaciones posibles
a') Este axioma, que aparece por primera vez en la teología del siglo XII y es
atribuido a Pedro Abelardo, lo expone Santo Tomás en sus últimas obras, las
cuales debemos considerar como expresión definitiva de su doctrina, en el
sentido de cooperación con la gracia : A aquel que, con la ayuda de la gracia,
hace lo que está en sus fuerzas, Dios no le rehúsa ulteriores ayudas de la
gracia ; cf. S.th. I 11 109, 6 ad 2; 112, 3 ad 1; In Rom., 1, 10, lect. 3.
b') El axioma puede entenderse también, con muchos molinistas, como referido a
la disposición natural negativa que consiste en evitar los pecados. Pero
tengamos bien en cuenta que el nexo entre la disposición negativa y la
comunicación de la gracia no es causal, sino puramente de hecho, y que se funda
en la universalidad de la voluntad salvífica de Dios. Dios no concede la gracia
porque el hombre evite el pecado, sino porque quiere sinceramente la salvación
de todos los hombres.
b) Interpretaciones insuficientes
a') Es semipelagiana la explicación de que los esfuerzos naturales del hombre,
por su valor intrínseco, establecen un título de conveniencia («meritum de
congruo») a la concesión de la gracia. A esta explicación se aproxima la de los
escolásticos antiguos y la que diera SANTO TOMÁS en sus escritos primitivos
(.Sept. II d. 28, q. 1, a. 4).
b') Los nominalistas entienden igualmente el axioma como referido a los
esfuerzos morales, de índole natural, de los cuales se originaría un título de
conveniencia para recibir la gracia, pero la concesión de la misma no la hacen
depender del valor intrínseco de semejantes esfuerzos sino de su aceptación
externa por parte de Dios : Dios, a aquel que hace lo que está de su parte, le
concede la gracia, porque así lo ha prometido según Mt 7, 7: «Pedid y se os
dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.» Según la doctrina de la
revelación, la salvación procede de Dios, no de los hombres. De ahí que el
pedir, el buscar y el llamar que refiere Mt 7, 7, no deban traducirse como un
empeño moral natural, sino como una cooperación con la gracia.
Lutero interpretó primeramente el axioma en el sentido de los nominalistas, pero
más tarde lo impugnó como pelagiano.
Señor, ayúdanos a comprender la profundidad de tu gracia y a confiar en tu infinita misericordia. Que podamos siempre reconocer que todo lo bueno que tenemos es un regalo de tu amor. Amén.
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
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