§ 22. PROPIEDADES DEL ESTADO DE GRACIA
1. Incertidumbre
Sin especial revelación divina, nadie puede saber con certeza de fe si se
encuentra en estado de gracia (de fe).
Contra la doctrina de los reformadores según la cual el justo posee certidumbre
de fe, que no admite duda, sobre el logro de la justificación, declaró el
concilio de Trento : «Si alguien considera su propia debilidad y su deficiente
disposición, puede abrigar temor y recelo respecto de su estado de gracia,
puesto que nadie es capaz de saber con certeza de fe no sujeta a error si ha
alcanzado la gracia de Dios» ; Dz 802.
La Sagrada Escritura da testimonio de la incertidumbre del estado de gracia ; 1
Cor 4, 4: «Cierto que de nada me arguye la conciencia, mas no por eso me creo
justificado»; Phil 2, 12: «Trabajad por vuestra salud con temor y temblor» ; cf.
1 Cor 9, 27.
La razón para esa incertidumbre en torno al estado de gracia radica precisamente
en que nadie, sin revelación especial, puede saber con certeza de fe si se han
cumplido todas las condiciones necesarias para alcanzar la justificación. Sin
embargo, esa imposibilidad de conseguir una certidumbre de fe no excluye la
certeza moral, que se apoya en el testimonio de la propia conciencia; cf. S.th.
I II 112, 5.
2. Desigualdad
La medida de la gracia de justificación que los justos reciben no es en todos la
misma (de fe).
La gracia recibida podemos acrecentarla por medio de buenas obras (de fe).
Como los reformadores hacían consistir la justificación según su faceta positiva
en la imputación externa de.La justicia de Cristo, tenían que afirmar
lógicamente que la justificación era en todos los justos la misma. Frente a
semejante afirmación, el concilio de Trento declaró que la medida de la gracia
de justificación que los justos reciben es distinta en todos ellos según la
medida de la libre adjudicación que Dios les haya hecho y de la propia
disposición y cooperación de cada uno; Dz 799.
A propósito del acrecentamiento del estado de gracia, declaró el concilio de
Trento contra las reformadores (los cuales consideraban las buenas obras tan
sólo como frutos de la justificación alcanzada) que la justicia recibida se
acrecienta por las buenas obras : «Si quis dixerit, iustitiam acceptam non
conservara atque etiam non augeri coram Deo per bona opera...» a. s. ; Dz 834 ;
cf. 803, 842. La desigualdad de las buenas obras ocasiona en los justos un
distinto acrecentamiento del estado de gracia.
Según doctrina de la Sagrada Escritura, es distinta la medida de la gracia
concedida a cada uno ; Eph 4, 7: «A cada uno de nosotros ha sido dada la gracia
en la medida del don de Cristo» ;
1 Cor 12, 11: «Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu, que
distribuye a cada uno según quiere.» La Sagrada Escritura da testimonio
igualmente del acrecentamiento de la gracia;n
2 Petr 3, 18 : «Creced en la gracia» ; Apoc 22, 11: «El que es justo practique
más la justicia, y el que es santo santifíquese más aún.»
SAN JERÓNIMO combatió ya el error de Joviniano, el cual, por influjo de la
doctrina estoica sobre la igualdad de todas las virtudes, atribuía a todos los
justos el mismo grado de justicia y a todos los bienaventurados el mismo grado
de bienaventuranza celestial (Adv. Iov. II 23). SAN AGUSTIN enseña: «Los santos
están vestidos de la justicia, unos más y otros menos» (Ep. 167, 3, 13).
La razón interna que explica la posibilidad de distintas medidas de gracia
estriba en la índole de la gracia como cualidad física, pues, como tal, admite
más y menos ; cf. S.th. 1 II 112, 4.
3. Posibilidad de perderla
a) La pérdida de la gracia
La gracia de justificación se puede perder y se pierde por cada pecado grave (de
fe).
Frente a la doctrina de Calvino sobre la imposibilidad absoluta de perder la
gracia, y frente a la doctrina de Lutero según la cual la justicia solamente se
pierde por el pecado de incredulidad, es decir, por el cese de la fe fiducial,
declaró el concilio de Trento que el estado de gracia no se pierde tan sólo por
el pecado de incredulidad, sino también por todo otro pecado grave; Dz 808; cf.
833, 837. El pecado venial no destruye ni aminora el estado de gracia ; Dz 804.
La Sagrada Escritura enseña con palabras y ejemplos (los ángeles caídos, el
pecado de nuestros primeros padres, el de Judas y el de Pedro) que es posible
perder la gracia de justificación; cf. Ez 18, 24 ; 33, 12 ; Mt 26, 41:
«Vigilad y orad, para que no caigáis en tentación»; 1 Cor 10, 12: «El que cree
estar en pie, mire no caiga.» San Pablo enumera en 1 Cor 6, 9 s, además de la
incredulidad, otros muchos pecados que excluyen a los que los cometen del reino
de los cielos, trayendo, en consecuencia, la pérdida de la gracia de
justificación.
SAN JERÓNIMO defendió ya, contra Joviniano, la posibilidad de perder la gracia
de justificación, pues el mencionado hereje pretendía probar la imposibilidad de
perderla basándose en 1 Ioh 3, 9 (Adv. Iov. II 1-4). Las costumbres de la
Iglesia primitiva, en lo que se refiere a los penitentes, muestran claramente la
convicción existente de que el estado de gracia se pierde por cada pecado grave.
El dogma de la posibilidad de perder la gracia se prueba por un lado por la
libertad del hombre, que da la posibilidad de pecar, y por otro lado por la
índole del pecado grave, que es un apartamiento de Dios y una conversión a la
criatura, y como tal se halla en oposición de contrariedad con la gracia
santificante, que es una comunión de vida sobrenatural con Dios.
b) La pérdida de las virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo.
Con la gracia santificante se pierde siempre la virtud teologal de la caridad.
Ésta y el pecado mortal se excluyen mutuamente. La doctrina contraria de Bayo
fue condenada por la Iglesia; Dz 1031 s.
La virtud teologal de la fe, como definió expresamente el concilio de Trento, no
se pierde siempre con el estado de gracia. La fe que queda es verdadera fe, pero
ya no es viva; Dz 838. La virtud de la fe se pierde únicamente por el pecado de
incredulidad, que va dirigido contra su misma naturaleza.
La virtud teologal de la esperanza puede subsistir sin la caridad (cf. Dz 1407),
pero no sin la fe. Se pierde por el pecado de desesperación, que va dirigido
contra su misma naturaleza, y el de incredulidad.
Las virtudes morales y los dones del Espíritu Santo, como es doctrina general de
los teólogos, se pierden al mismo tiempo que la gracia y la caridad.
Señor, ayúdanos a mantenernos en tu gracia y a vivir según tu voluntad. Fortalece nuestra fe, esperanza y caridad, y guíanos en el camino de la santidad. Amén.
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
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