§ 21. EL SÉQUITO DE LA GRACIA SANTIFICANTE
Con la gracia santificante van unidos unos dones sobrenaturales, realmente
distintos de ella, pero que se hallan en íntima conexión con la misma. Siguiendo,
la expresión del Catecismo Romano, se dice que constituyen el séquito de la
gracia santificante : «Acompaña a la gracia santificante el más noble cortejo de
todas las virtudes («nobilissimus omnium virtutum comitatus»), que Dios infunde
en el alma al mismo tiempo que la gracia santificante» (LI 2, 50).
1. Las virtudes teologales
Con la gracia santificante se infunden en el alma las tres virtudes teologales o
divinas de la fe, la esperanza y la caridad (de fe).
El concilio de Trento enseña: «En la justificación, el hombre, por hallarse
incorporado a Cristo, recibe, junto con la remisión de los pecados, la fe, la
esperanza y la caridad» ; Dz 800. Se conceden las mencionadas virtudes en cuanto
al hábito, es decir, como disposiciones, no como actos. La expresión «infundir»
(infundere) significa la comunicación de un hábito. A propósito de la caridad,
advierte el concilio expresamente que es derramada por el Espíritu Santo sobre
los corazones de los hombres y se hace inherente a ellos, es decir, permanece en
los mismos como un estado; Dz 821: «quae (sc. caritas) in cordibus eorum per
Spiritum Sanctum diffundatur atque illis inhaereat».
La declaración del concilio se funda ante todo en Rom 5, 5: «El amor de Dios se
ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha
sido dado» ; cf. 1 Cor 13, 8: «La caridad no pasa jamás.» Lo mismo que la
caridad, constituyen también la fe y la esperanza un estado permanente del
justo; 1 Cor 13, 13 : «Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y
la caridad».
SAN JUAN CRISÓSTOMO comenta a propósito de los efectos del bautismo: «Tú tienes
la fe, la esperanza y la caridad, que permanecen. Foméntalas; ellas son algo más
grande que las señales [= los milagros]. Nada hay comparable a la caridad» (In
actos Apost. hont. 40, 2).
Aunque la virtud infusa de la caridad no se identifique realmente con la gracia
santificante, como enseñan los escotistas, sin embargo, se hallan las dos unidas
por una vinculación indisoluble. El hábito de la caridad se infunde al mismo
tiempo que la gracia y se pierde con ella; cf. Dz 1031 s. Los hábitos de la fe y
de la esperanza son separables de la gracia santificante. No se pierden por cada
pecado mortal, como ocurre con la gracia y la caridad, sino únicamente por los
pecados que van contra la misma naturaleza de estas virtudes, a saber: la fe por
el pecado de incredulidad y la esperanza por el de incredulidad y desesperación;
cf. Dz 808, 838. Por ser la fe y la esperanza separables de la gracia y la
caridad, suponen varios teólogos (v.g., Suárez) que estas virtudes son
infundidas como virtudes informes antes de la justificación, siempre que haya
disposición suficiente. Esta sentencia no se halla en contradicción con la
doctrina del concilio de Trento (Dz 800: simul infusa), pues el tridentino se
refiere únicamente a la fides formata y a la spes formata.
2. Las virtudes morales
Con la gracia santificante se infunden también las virtudes morales (sent.
común).
El concilio de Vienne (1311/12) se refiere, en términos generales, sin
restringirse a las virtudes teologales, a la infusión de las virtudes y ala
gracia informante en cuanto al hábito : «virtutes ac informans gratia
infunduntur quoad habitum» ; Dz 483. El Catecismo Romano (II 2, 50) habla del
«nobilísimo cortejo de todas las virtudes».
De la Sagrada Escritura no podemos tomar ningún argumento cierto en favor de la
infusión de las virtudes morales; pero '.a vemos sugerida en Sap 8, 7 (las
cuatro virtudes cardinales son la dote de la sabiduría divina), en Ez 11, 19 s
(seguir los mandamientos del Señor es un fruto del «corazón» nuevo) y, sobre
todo, en 2 Petr 1, 4 ss, donde, además de la participación en la divina
naturaleza, se cita otra serie de dones (fe, energía, conocimiento, moderación,
paciencia, piedad, fraternidad, amor de Dios). San Agustín habla de las cuatro
virtudes cardinales, a las que se reducen todas las demás virtudes morales :
«Estas virtudes se nos dan al presente, en este valle de lágrimas, por la gracia
de Dios» (Enarr. in Ps. 83, 11) ; cf. SAN AGUSTÍN, In ep. 1. l oh. tr. 8, 1;
S.th. I II 63, 3.
3. Los dones del Espíritu Santo
Con la gracia santificante se nos infunden también los dones del Espíritu Santo
(sent. común).
El fundamento bíblico es Is 11, 2 s, donde se describen los dones espirituales
del futuro Mesías : «Sobre É1 reposa el espíritu de Yahvé, espíritu de
sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de
entendimiento y de temor de Yahvé. Y en el temor de Yahvé tiene Él su
complacencia» (Set. y Vulg. : «... espíritu de entendimiento y de piedad
[súaéßsLa, pietas], [3] y le llenará el espíritu de temor del Señor»). El texto
hebreo enumera seis dones además del Espíritu de Yahvé ; la versión de los
Setenta y la Vulgata enumeran siete, porque el concepto de «temor de Yahvé» lo
traducen de manera diversa en los vv 2 y 3. No es esencial el número de siete,
que se deriva de la versión de los Setenta. La liturgia, los padres (v.g., SAN
AMBROSIO, De sacramentis In 2, 8; De mysteriis 7, 42) y los teólogos han
deducido de este texto que los dones mencionados en él se conceden a todos los
justos, pues todos ellos son conformes con la imagen de Cristo (Rom 8, 29) ; cf.
cl rito de la confirmación y los himnos litúrgicos Veni Sancte Spiritus y Veni
Creator Spiritus, así como la encíclica de LEÓN XIII Divinum illud, que trata
del Espíritu Santo (1897).
Reina bastante incertidumbre acerca de la esencia de los dones del Espíritu
Santo y de su relación con las virtudes infusas. Según doctrina de Santo Tomás
que hoy día tiene casi universal aceptación, los dones del Espíritu Santo son
disposiciones (hábitós) de las potencias anímicas que tienen carácter
sobrenatural y permanente y que son realmente distintas de las virtudes infusas.
Por medio de estas disposiciones el hombre se sitúa en el estado de poder seguir
con facilidad y alegría los impulsos del Espíritu Santo : «dona sunt quidam
habitus perficientes hominem ad hoc, quod prompte sequatur instinctum Spiritus
Sancti» (S.th. 1 II 68, 4).
Los dones del Espíritu Santo se refieren, en parte, al entendimiento (sabiduría,
ciencia, entendimiento, consejo) y, en parte. a la voluntad (fortaleza, piedad,
temor del Señor). Se distinguen de las virtudes infusas porque el principio
motor en éstas son las potencias del alma dotadas sobrenaturalmente, mientras
que el principio motor de los dones es inmediatamente el Espíritu Santo. Las
virtudes nos capacitan para los actos ordinarios de la ascesis cristiana,
mientras que los dones del Espíritu Santo nos capacitan para actos
extraordinarios y heroicos. Los dones se distinguen de los carismas porque
aquéllos se conceden para salvación del que los recibe y se infunden siempre con
la justificación, cosa que no ocurre con los carismas; cf. S.th. I ]I 68, 1-8.
Señor, te damos gracias por el séquito de dones que nos has concedido con tu gracia santificante. Ayúdanos a vivir en la plenitud de estas virtudes y dones para crecer en santidad y servirte con alegría. Amén.
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
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