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II. LA ORACIONES NECESARIA PARA VENCER LAS TENTACIONES Y GUARDAR LOS MANDAMIENTOS
Es además la oración el arma más necesaria para defendemos de los enemigos de
nuestra alma.
EL que no la emplea, dice Santo Tomás, está perdido.
El Santo Doctor no duda en
afirmar
que cayó Adán porque no acudió a Dios en el momento de la tentación.
Lo mismo
dice San
Gelasio, hablando de los ángeles rebeldes: No aprovecharon la gracia de Dios y
porque no oraron, no
pudieron conservarse en santidad.
San Carlos Borromeo dice en una de sus cartas
pastorales que de
todos los medios que el Señor nos dio en el evangelio, el que ocupa el primer
lugar es la
oración.
Y hasta quiso que la oración fuera el sello que distinguiera su Iglesia
de las demás
sectas, pues dijo de ella que su casa era casa de oración: Mi casa será llamada
casa de oración.
Corazón, pues, concluye San Carlos en la referida pastoral que la oración es el
principio,
progreso y coronamiento de todas las virtudes.
Y es esto tan verdadero que en las oscuridades del espíritu, en las miserias y
peligros en que
tenemos que vivir sólo hallamos un fundamento para nuestra esperanza, y es el
levantar
nuestros ojos a Dios y alcanzar de su misericordia por la oración nuestra salud
eterna.
Lo
decía el rey Josafat: Puesto que ignoramos lo que debemos hacer, una sola cosa
nos resta: volver los ojos a Ti.
Así lo practicaba el santo Rey David, pues confesaba que para no ser presa de
sus enemigos
no tenía otro recurso sino el acudir continuamente al Señor suplicándole que le
librara de sus
acechanzas: Al señor levanté mis ojos siempre, porque me soltará de los lazos
que me tienden.
Se pasaba la
vida repitiendo así siempre; Mírame, Señor, y ten piedad de mí, que estoy solo y
soy pobre.
A ti clamé,
Señor, sálvame para que guarde tus mandamientos.
porque yo nada puedo y fuera
de Vos nadie me podrá
ayudar.
Eso es verdad, porque después del pecado de nuestro primer padre Adán que nos
dejó tan
débiles y sujetos a tantas enfermedades, ¿habrá uno solo que se atreva a pensar
que podemos
resistir los ataques de los enemigos de nuestra alma y guardar los divinos
mandamientos, si no
tuviéramos en nuestra mano la oración, con la cual pedimos al Señor la luz y la
fuerza para
observarlos? Blasfemó Lutero, cuando dijo que después del pecado de Adán nos es
del todo
imposible la observancia de la divina ley.
Jansenio se atrevió a sostener
también que en el
estado actual de nuestra naturaleza ni los justos pueden guardar algunos
mandamientos.
Si
esto sólo hubiera dicho, pudiéramos dar sentido católico a su afirmación, pero
justamente le
condenó la Iglesia, porque siguió diciendo que ni tenían la gracia divina para
hacer posible su
observancia.
Oigamos a San Agustín: Verdad es que el hombre con sus solas fuerzas y con la
gracia
ordinaria y común que a todos es concedida no puede observar algunos
mandamientos, pero
tiene en sus manos la oración y con ella podrá alcanzar esa fuerza superior que
necesita para
guardarlos.
Estas son textuales palabras: Dios cosas imposibles no manda, pero,
cuando manda, te
exhorta a hacer lo que puedes y a pedir lo que no puedes, y entonces te ayuda
para que lo puedas.
Tan célebre
es este texto del gran Santo que el Concilio de Trento se lo apropió y lo
declaró dogma de fe.
Mas ¿cómo podrá el hombre hacer lo que no puede? Responde al punto el mismo
Doctor a
continuación de lo que acaba de afirmar: Veamos y comprenderemos que lo que por
enfermedad o vicio
del alma no puede hacer, podrá hacerlo con la medicina.
Con lo cual quiso damos
a entender que con la
oración hallamos el remedio de nuestra debilidad, ya que cuando rezamos nos da
el Señor las
fuerzas necesarias para hacer lo que no podemos.
Sigue hablando el mismo San Agustín y dice: Sería temeraria insensatez pensar
que por una parte nos
impuso el Señor la observancia de su divina ley y por otra que fuera esa ley
imposible de cumplir.
Por eso
añade: Cuando el Señor nos hace comprender que no somos capaces de guardar todos
sus santos preceptos, nos
mueve a hacer las cosas fáciles con la gracia ordinaria que pone siempre a
nuestra disposición: para hacer las
más difíciles nos ofrece una gracia mayor que podemos alcanzar con la oración.
Y
si alguno opusiere por
qué nos manda el Señor cosas que están por encima de nuestras fuerzas, le
responde el mismo
Santo: Nos manda algunas cosas que no podemos para que por ahí sepamos qué cosas
le tenemos que pedir.
Y
lo mismo dice en otro lugar con estas palabras: Nadie puede observar la ley sin
la gracia de Dios, y
por esto cabalmente nos dio la ley, para que le pidiéramos la gracia de
guardarla.
Y en otro pasaje viene a
exponer igual doctrina el mismo San Agustín.
He aquí sus palabras: Buena es la
ley para aquel que
debidamente usa de ella.
Pero ¿qué es usar debidamente de la ley? A esta
pregunta contesta» Conocer por
medio de la ley las enfermedades de nuestra alma y buscar la ayuda divina para
su remedio.
Lo cual quiere
decir que debemos servirnos de la ley ¿para qué?, para llegar a entender por
medio de la ley
(pues no tendríamos otro camino) la debilidad de nuestra alma y su impotencia
para
observarla.
Y entonces pidamos en la oración la gracia divina que es lo único
que puede curar
nuestra flaqueza.
Esto mismo vino a decir San Bernardo, cuando escribió.
¿Quiénes somos nosotros y
qué fortaleza
tenemos para poder resistir a tantas tentaciones? Pero esto cabalmente era lo
que pretendía el Señor:
que entendamos nuestra miseria y que acudamos con toda humildad a su
misericordia, pues
no hay otro auxilio que nos pueda valer.
Muy bien sabe el Señor que nos es muy
útil la
necesidad de la oración, pues por ella nos conservamos humildes y nos
ejercitamos en la
confianza.
Y por eso permite el Señor que nos asalten enemigos que con nuestras
solas fuerzas
no podemos vencer, para que recemos y por ese medio obtengamos la gracia divina
que
necesitamos.
Conviene sobre todo que estemos persuadidos que nadie podrá vencer las
tentaciones impuras
de la carne si no se encomienda al Señor en el momento de la tentación.
Tan
poderoso y
terrible es este enemigo que cuando nos combate se apagan todas las luces de
nuestro espíritu
y nos olvidamos de las meditaciones y santos propósitos que hemos hecho, y no
parece sino
que en esos momentos despreciamos las grandes verdades de la fe y perdemos el
miedo de los
castigos divinos.
Y es que esa tentación se siente apoyada por la natural
inclinación que nos
empuja a los placeres sensuales.
Quien en esos momentos no acude al Señor está
perdido.
Ya
lo dijo San Gregorio Nacianceno: La oración es la defensa de la pureza.
Y antes
lo había afirmado
Salomón: Y como supe que no podía ser puro, si Dios no me daba esa gracia, a
Dios acudí y se la pedí.
Es
en efecto la castidad una virtud que con nuestras propias fuerzas no podemos
practicar,
necesitamos la ayuda de Dios, mas Dios no la concede sino a aquel que se la
pide.
El que la
pide, ciertamente la obtendrá.
Por eso sostiene Santo Tomás contra Jansenio que no podemos decir que la
castidad y otros
mandamientos sean imposibles de guardar, pues si es verdad que por nosotros
mismos y con
nuestras solas fuerzas no podernos, nos es posible sin embargo con la ayuda de
la divina
gracia.
Y que nadie ose decir que parece linaje de injusticia mandar a un cojo
que ande
derecho.
No, replica San Agustín, no es injusticia, porque al lado se le pone el
remedio para
curar de su enfermedad y remediar su defecto.
Si se empeña en andar torcidamente
suya será
la culpa.
En suma diremos con el mismo santo Doctor que no sabrá vivir bien quien no sabe
rezar
bien.
Lo mismo afirma San Francisco de Asís, cuando asegura que no puede
esperarse fruto
alguno de un alma que no hace oración.
Injustamente por tanto se excusan los
pecadores que
dicen que no tienen fuerzas para vencer las tentaciones.
¡Qué atinadamente les
responde el
apóstol Santiago cuando les dice: Si las fuerzas os faltan ¿por qué no las pedís
al Señor? ¿No las tenéis?
Señal de que no las habéis pedido.
Verdad es que por nuestra naturaleza somos muy débiles para resistir los asaltos
de nuestros
enemigos, pero también es cierto que Dios es fiel, como dice el Apóstol y que
por tanto jamás
permite que seamos tentados sobre nuestras fuerzas.
Oigamos las palabras de San
Pablo: Fiel
es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de
la misma tentación os hará
sacar provecho para que podáis manteneros.
Comentan do este pasaje, Primacio
dice.
Antes bien os
dará la ayuda de la gracia para que podáis resistir la violencia de la
tentación.
Débiles somos, pero Dios es fuerte, y, cuando le invocamos, nos comunica su
misma fortaleza
y entonces podemos decir con el Apóstol: Todo lo puedo con la ayuda de aquél que
es mi fortaleza Por
lo que el que sucumbe, porque no ha rezado, no tiene excusa, dice San Juan
Crisóstomo, pues si hubiera
rezado hubiera sido vencedor de todos sus enemigos.
Sea Bendita y alabada la Santa e Inmaculada Purísima Concepción de la Santísima siempre Virgen María.
♥ Ave María Purísima
Cristiano Católico 7-10-2025 - Año Santo
pagina 3
Aclamación
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
✝️ 💔 🌹