La fe toca a Jesús y restaura la dignidad.
En Lucas 8,43-48 una mujer que sufre hemorragias desde hace años se acerca a Jesús. Su padecimiento implica debilidad física y marginación religiosa. El relato pone en primer plano a una persona invisible para la sociedad, mostrando que el Reino se dirige a los olvidados.
La mujer toca el manto de Jesús convencida de que será sanada. Su gesto es un acto de fe humilde y perseverante: confía en la misericordia de Cristo más allá de las barreras. La fe abre un camino donde la Ley había dejado un límite.
Jesús percibe que ha salido poder de él. La sanación manifiesta que en Cristo habita la fuerza de Dios que restaura integralmente. No se trata solo de curar un cuerpo, sino de devolver a la persona la vida plena y la paz interior.
Jesús invita a la mujer a manifestarse y le dice: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz”. La palabra de Jesús no solo confirma la curación, sino que reintegra públicamente a la mujer a la comunidad. El milagro revela una salvación que es personal, social y espiritual.
El relato enseña que la fe auténtica es confianza total en la persona de Cristo. Quien se acerca a él con humildad y esperanza encuentra vida nueva. La Iglesia está llamada a acoger a quienes se sienten impuros o excluidos, prolongando la compasión del Señor.
Lucas 8,43-48 presenta a la mujer hemorroísa que, movida por la fe, toca a Jesús y es sanada. El signo revela la misericordia de Cristo, cuya fuerza restaura el cuerpo y la dignidad, y confirma que la salvación es integral. El pasaje llama a confiar en el Señor y a vivir una comunidad que acoge y reintegra a los excluidos.
Señor Jesús, que mi fe te toque con humildad y me devuelva la paz. Restaura mi dignidad y enséñame a caminar en tu misericordia. Amén.
!Viva Cristo Rey!
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