Capítulo III de Lumen Gentium (nn. 18-29), centrado en la constitución jerárquica de la Iglesia y el ministerio episcopal. Vatican.va
Cristo quiso que su Iglesia tuviera una estructura jerárquica.
Eligió a los Doce Apóstoles y puso a Pedro como cabeza visible.
Esta estructura no es un añadido histórico, sino parte del designio
divino para la unidad y la misión de la Iglesia.
El Concilio reafirma la continuidad entre el colegio apostólico
y los obispos, sucesores de los apóstoles.
Los obispos reciben la plenitud del sacramento del Orden, que los configura como:
Por la imposición de manos y la oración, reciben una efusión especial del Espíritu Santo que los capacita para santificar, enseñar y gobernar.
Los obispos forman un colegio, cuya cabeza es el
Obispo de Roma, sucesor de Pedro.
Este colegio:
El Papa posee plena y suprema potestad, pero el colegio también ejerce autoridad universal siempre en comunión con él.
Cada obispo es pastor propio de una Iglesia particular.
Allí:
La Iglesia universal vive en y desde las Iglesias particulares, unidas en la comunión episcopal.
Los presbíteros participan del sacerdocio de Cristo en grado
subordinado al episcopado.
Son:
Actúan “en nombre de Cristo Cabeza” y están llamados a la unidad del presbiterio.
El diaconado es restaurado como grado permanente del Orden.
El diácono:
Sus funciones incluyen:
El diaconado manifiesta sacramentalmente el rostro servicial de Cristo.
Los números 18-29 presentan una visión de la jerarquía como:
Es una eclesiología profundamente apostólica, sacramental, colegial y pastoral, que muestra cómo la Iglesia continúa la misión de Cristo a través de sus ministros ordenados.