Resumen teológico claro y profundo del Capítulo VI de Lumen Gentium (nn. 43-47), Vatican.va.
El Concilio afirma que todos los bautizados, sin excepción,
están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la
perfección de la caridad.
Esta santidad no es un privilegio de algunos, sino la voluntad expresa
de Dios para su Pueblo.
La Iglesia, sostenida por los sacramentos, es el ámbito donde esta santidad se
cultiva y se manifiesta.
La vida consagrada surge como una gracia especial del Espíritu Santo.
Quienes profesan los consejos evangélicos (castidad, pobreza y obediencia) lo
hacen para seguir a Cristo más de cerca, configurándose con Él.
Esta forma de vida no pertenece solo a la estructura jerárquica, sino que es un
don para toda la Iglesia, que manifiesta la santidad de Cristo
en su Esposa.
Los consejos evangélicos no son simples prácticas ascéticas, sino un
modo de vivir radicalmente el Evangelio.
La Iglesia reconoce en ellos un camino que conduce a la caridad perfecta,
y por eso los acoge, regula y protege.
La autoridad eclesial tiene la misión de discernir los carismas y asegurar que
la vida consagrada permanezca fiel al espíritu de Cristo.
Las diversas familias religiosas, con sus carismas propios, enriquecen a la
Iglesia.
Cada instituto participa de la misión eclesial según su identidad:
La variedad de carismas manifiesta la riqueza del Espíritu y contribuye a la edificación del Cuerpo de Cristo.
La vida consagrada es un signo escatológico: anticipa ya en
este mundo la realidad futura del Reino.
Los religiosos, con su modo de vivir, recuerdan a toda la Iglesia su destino
último y la llaman a la conversión.
Su existencia es un testimonio profético que señala que Dios es
el valor supremo y que la vida eterna es la meta definitiva.
Los números 43-47 de Lumen Gentium presentan una visión profundamente unitaria:
resumen: