La curación de la mujer con flujo de sangre
Este relato es una de las escenas más delicadas y profundamente teológicas del Evangelio de Marcos. Presenta a Jesús como fuente de vida, capaz de restaurar lo que la ley consideraba impuro, y revela una fe que toca el corazón de Dios. Es un texto ideal su fuerza espiritual y su claridad narrativa.
La mujer lleva doce años padeciendo una hemorragia que la deja:
Marcos la presenta como imagen de toda persona que vive una herida prolongada, invisible para los demás pero profundamente real.
Ella no puede acercarse abiertamente a Jesús por su condición, pero
se abre paso entre la multitud.
Su gesto —tocar el manto— expresa una fe humilde, audaz y profundamente
personal.
Cree que basta un contacto mínimo para recibir la vida que brota de Jesús.
Marcos dice que Jesús “sintió que había salido fuerza de Él”.
No es magia ni automatismo: es la eficacia del amor divino que
responde a la fe auténtica.
La salvación es un encuentro real entre la miseria humana y la misericordia de
Dios.
Aunque la multitud lo aprieta, Jesús distingue el toque de la fe.
Se detiene, mira, pregunta.
Este detalle revela:
Ella se acerca temblando y “le cuenta toda la verdad”.
La curación física se completa con una sanación interior: la
mujer deja de esconderse y entra en la luz.
Jesús la llama “Hija”, único caso en los evangelios.
Con una sola palabra:
La fe no solo cura: hace pertenecer.
Jesús no dice “te ha curado”, sino “te ha salvado”.
La salvación abarca:
La mujer no solo deja de sangrar: recupera la vida.
En Mc 5,25‑34, una mujer marcada por doce años de sufrimiento se acerca a Jesús con una fe humilde y valiente. Al tocar su manto, recibe la fuerza sanadora del Reino. Jesús detiene la marcha, la mira, la escucha y la llama “Hija”, restaurando su dignidad y su lugar en la comunidad. Este milagro revela a un Cristo que acoge lo impuro, responde a la fe sincera y devuelve identidad y vida. Es un anuncio luminoso de que la misericordia de Dios alcanza incluso las heridas más ocultas.
La resurrección de la hija de Jairo
Este relato, entrelazado con la curación de la mujer hemorroísa, es uno de los milagros más reveladores del Evangelio de Marcos. Presenta a Jesús como Señor de la vida, capaz de atravesar el sufrimiento humano y vencer incluso la muerte. Su profundidad espiritual lo convierte en un texto ideal para publicación.
Jairo, jefe de la sinagoga, se postra ante Jesús y le suplica por su hija
agonizante.
Este gesto expresa:
La escena muestra que nadie está excluido del Reino: ni los pobres ni los dirigentes religiosos.
Jesús no sana a distancia; camina hacia la casa de Jairo.
Este detalle revela un Dios que acompaña, que entra en la historia concreta de
cada familia y que no teme el sufrimiento humano.
Mientras Jesús atiende a la mujer hemorroísa, llega la noticia devastadora:
la niña ha muerto.
Humanamente, todo parece perdido.
Pero Jesús pronuncia una de las frases más importantes del Evangelio:
“No temas; basta que tengas fe.”
Aquí se revela el corazón de la escena: la fe no evita el dolor, pero permite atravesarlo con esperanza.
Marcos muestra un ambiente de lamento y confusión.
Jesús entra en ese espacio de muerte y declara:
“La niña no está muerta, sino dormida.”
No niega la muerte, pero anuncia que para Él no tiene la última palabra.
Jesús entra en la habitación con un pequeño círculo de testigos.
Toma a la niña de la mano —gesto de ternura y autoridad— y pronuncia palabras
arameas conservadas por Marcos:
“Talitá kum” (“Niña, a ti te digo, levántate”).
El verbo “levántate” (egeirein) es el mismo que se usa para la
resurrección.
La escena anticipa la Pascua.
La resurrección de la niña no es solo un retorno biológico:
es un signo de la vida nueva que Jesús trae.
La orden de darle de comer subraya la normalidad recuperada y
la ternura de Dios que cuida cada detalle.
Jesús pide que nadie lo sepa.
No quiere ser visto como un hacedor de prodigios, sino como el Mesías cuyo poder
se revelará plenamente en la cruz y la resurrección.
En Mc 5,21‑24.35‑43, Jairo suplica a Jesús por su hija agonizante. Cuando llega la noticia de su muerte, Jesús invita a la fe: “No temas; basta que tengas fe”. En la casa llena de llanto, toma a la niña de la mano y la llama a la vida: “Talitá kum”. La niña se levanta, anticipando la victoria pascual. Este milagro revela a un Cristo que acompaña en el dolor, vence la muerte y restaura la vida con ternura y autoridad divina. Es un anuncio luminoso de que la fe abre paso a la esperanza incluso en las situaciones aparentemente definitivas.