Acto de contrición
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, mi poderoso Creador, mi dulce Padre y mi piadosísimo Redentor; aquí tenéis postrado a vuestros pies a este hijo pródigo, que tantas veces ha malogrado el patrimonio de vuestra gracia con enormes pecados. La contusión cubre mi rostro, Dios mío, y apenas me atrevo a levantar mis ojos para miraros, aterrado con el asombroso número de mis pecados. Mas ¿a quién iré, bien mío, sino al que me dio el ser, y derramó por mí toda su sangre? Levantaréme y me iré al Padre, os digo como el primer pródigo. A Vos, pues, vengo, cierto que me esperáis con los brazos abiertos para abrazarme, y regar con dulces lágrimas mi cuello. Si para esto queréis también mi llanto, de sangre viva quisiera yo formarlo, y daros con esto un testimonio de mi verdadero arrepentimiento. Dad Vos, Señor, firmeza a mis buenos propósitos, para que, dejando ya de ser demonio por los vicios, sea por las virtudes un ángel puro, semejante a vuestro querido arcángel San Rafael.
A vos, pues, me dirijo Príncipe gloriosísimo y ángel de la salud, Rafael, para que, a la vista de vuestras virtudes y excelencias, salga con vuestra
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protección del abismo de mis vicios y miserias, y merezca con esto el favor que solicito en esta Novena y que espero de aquel vuestro tierno corazón y fondo de caridad que forman vuestro carácter. Amén. Rafael, abogado de la oración Es increíble la complacencia que perciben los santos ángeles en las oraciones que dirigen los hombres al Omnipotente. Por esto se nos describen en el Apocalipsis con azafates de oro en sus manos, llenos de aromáticos olores, que, corno allí mismo se dice, son las oraciones de los santos, que ellos presentan como fragante timiama ante el inaccesible Altar de la tremenda y centelleante Divinidad. Pero, además de este amoroso anhelo con que todas las inteligencias angélicas generalmente miran y protegen la Oración, tenemos datos particulares del especial interés que toma en ella el gran Rafael. Desde los altos cielos parece está continuamente atalayando para ver y descubrir los hombres de oración y ofrecerla al Altísimo en favor de ellos. “Cuando tú orabas con tierno llanto, yo fui quien ofreció a Dios tu Oración”. Así desabrochó su pecho, hablando con Tobías. Y no hay duda que hará lo mismo con cuantos se dedican
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con esmero a la oración, especialmente si invocan su auxilio con fervor y alentada confianza; que por esto lo considera la Iglesia estar en pie con el incensario en la mano ante el ara del templo, como que está siempre en actitud de ofrecer a Dios el oloroso perfume de nuestras oraciones. (Medítese un poco, y pídase el favor que se desea).
COLOQUIO
Ya que sois, excelso Príncipe Rafael, el abogado y promotor de la oración, alcanzadme de Dios el espíritu de esta virtud elevadora, que transforma los hombres en serafines. Ella es la que corre la cortina a los sublimes espectáculos de la eternidad; entabla una amistosa correspondencia entre Dios y el hombre; da al alma alas de paloma, con que se traslada en un momento desde el abismo do la nada hasta el refulgente solio de la Divinidad; enerva la fuerza tirana de las pasiones, degüella los vicios, da vida a las virtudes, hace llover del cielo mil saludables destellos de toda suerte de favores; ella, en fin, infunde en el alma aquella dulce y vehemente llama, limpiándola do toda escoria de terrenos afectos, la eleva a los
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místicos ósculos y abrazos del Dios del amor puro, hasta unirla y hacerla un mismo espíritu con Él. Ella, pues, formará en adelante mis delicias, dedicando a su ejercicio tantas horas como hasta ahora se me ha llevado la ociosidad y unas tareas vanas y aun perjudiciales. Estos son mis propósitos. Vos, que sois el amigo de la oración, suplicad al Señor me dé la gracia de saber llevarlos a generosa obra. Así lo espero de vuestra condición. Y para más obligaros, unido mi espíritu con las tres jerarquías de los ángeles, saludo a la sacrosanta e individua Trinidad con tres Padrenuestros, tres Avemarías y un Gloria Patri. Oración para todos los días Excelentísimo príncipe del Empíreo, Rafael, ministro del gran Rey, celador de su honra, protector de la castidad, patrono do la limosna y oración, conductor de los caminantes, libertador de los peligros, proveedor en las necesidades, iluminador de los ciegos y módico universal de todas las enfermedades: a vos clamo, y a la sombra de vuestro patrocinio acudo, para que os dignéis sostenerme en todos mis peligros, consolarme en todas mis tristezas, dirigirme en todos mis apuros y
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remediarme en todas mis necesidades. Vos reunís todas las prerrogativas de los nueve coros angélicos. Tenéis la pureza y candor de los ángeles comunes; sois embajador de las cosas grandes como los arcángeles; sobre vos descansa Dios como en los Tronos; con las Dominaciones señoreáis los ánimos; con los Principados veláis sobre reyes y reinos; enfrenáis los demonios con las Potestades; obráis estupendos milagros con las virtudes; en vos, finalmente, se von brillar las luces de los Querubines y arder las amorosas llamas de los Espíritus Seráficos. Ya, pues, que residen en vos tanta grandeza, poder y gloria, usad vuestra generosa beneficencia con esta inútil criatura, que, aunque frágil, al fin os ama con dulce pasión, para que sea feliz en el tiempo y en la eternidad. Amén.
GOZOS
De Dios íntimo Privado y su Ministro escogido: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Tú eres en Naturaleza un puro espíritu, y tal, que en la Corte Celestial descuella tu grande Alteza; al sol vences en belleza, del eterno Sol bañado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado!
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En aquella antigua lid, en que el valiente Miguel ajó al soberbio Luzbel, fuisteis invencible adalid. Tropas del abismo, huid, pues ambos os han hollado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! De los siete más vecinos al trono augusto de Dios por uno os cuentan a vos los oráculos divinos. Nuestros discursos mezquinos vencen tan noble dictado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Principado en dignidad, en las luces Querubín, en las llamas Serafín, y trono en la majestad; reúnes la autoridad del Angélico Senado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Aunque tan grande en el Cielo del hombre no os desdeñáis, de allá a la tierra bajáis para su guía y consuelo. De Dios tomando el modelo a nadie os negáis, llamado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Por vos Tobías el mozo libre de un susto mortal halló bienes sin igual, halló mujer, halló gozo. Por vos llena de alborozo a Raguel su suegro amado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Sara, antes entristecida con siete maridos muertos (por ti echado a los desiertos Asmodeo) vuelve a
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vida, y a un santo marido unida prole feliz le has logrado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Tú de Gabelo el dinero para Tobías cobraste; tú siempre caudal hallaste al que te ama con esmero. Siempre en ti un fiel tesorero halla el bien intencionado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Tú a Tobías el mayor, ya de muchos años ciego, con hiél de un pez diste luego de la vista el resplandor. Loa el anciano al Señor y ve al hijo suspirado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Tú ofreces en copa de oro al gran Rey de la alta Sión la limosna, la oración y del pecho humilde el lloro. La piedad es tu decoro y hacer bien al angustiado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Ángel de salud te llama la Iglesia, la cual opina que el Ángel de la Piscina eres tú: y quien a ti clama de tu caridad la llama presto siente remediado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Ya tu nombre mismo expresa que eres de Dios medicina; de socorro rica mina todo el mundo te
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confiesa. ¡Feliz el que te profesa un amor fiel y alentado! ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! No es Córdoba solamente la que, por ti apadrinada, se vio pronto libertada de un contagio pestilente: a cualquiera edad y gente la salud has alcanzado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado! Pues siempre das grato oído al que te llama confiado: ¡Rafael, de Dios querido, dad la salud, invocado!
V) Stetit ángelus juxta aram templi. R). Habens thuribulum aureum in manu sua.
OREMUS
Deus qui beatum Raphaelen Archangelum, Tobiae famulo tuo comitem dedisti in via; concede nobis famulis tuis, ut ejusdem semper protegamur custodia, et muniamur auxilio. Per Christum Dominum nostrum. Amen.
Ave María Purísima
Cristiano Católico 8-09-2025 Año de la Fe
Sea Bendita la Santa e Inmaculada Purísima Concepción de la Santísima Virgen María
Aclamación
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
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