En el discurso de despedida, Jesús utiliza esta poderosa imagen antropológica para explicar a sus discípulos el misterio de su inminente Pasión y Resurrección. No es una parábola narrativa, sino una comparación existencial sobre la transformación del sufrimiento en gozo.
"La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora".
En el Evangelio de Juan, la "hora" se refiere siempre al momento culminante de la Pasión y Glorificación de Jesús. El dolor del parto es real, intenso e inevitable para que surja la vida. Teológicamente, esto nos enseña que la Cruz no es un accidente, sino el "parto" doloroso de la nueva creación.
"Pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre".
Lo asombroso no es solo que el dolor cese, sino que es eclipsado totalmente por la alegría de la vida nueva. La Resurrección no es simplemente el fin del dolor de la Cruz, sino una superabundancia de vida que hace que el sufrimiento pasado adquiera un sentido redentor.
Esta imagen resuena con San Pablo, quien dice que "la creación entera gime con dolores de parto" (Romanos 8,22). Los sufrimientos del tiempo presente (de la Iglesia y de cada cristiano) son dolores de parto, no de agonía terminal.
Estamos gestando al "Hombre Nuevo" en nosotros. Las pruebas y tribulaciones son las contracciones necesarias para que Cristo sea formado plenamente en el creyente.
Jesús concluye: "También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría".
A diferencia de las alegrías mundanas, que son frágiles y pasajeras, la alegría pascual es un don que nadie puede arrebatar, porque está cimentada en la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte.
Esta imagen nos invita a mirar nuestros sufrimientos con esperanza. No sufrimos para morir, sino para nacer. En la economía de Dios, el dolor ofrecido con amor es siempre fecundo.