Aunque se le suele llamar parábola, este texto es más bien una revelación profética sobre el fin de los tiempos. Cierra el discurso escatológico de Mateo y es la última gran enseñanza de Jesús antes de su Pasión.
Jesús se presenta con majestad: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria... se sentará en su trono". Retoma la imagen profética de Ezequiel 34, donde Dios mismo pastorea a su pueblo.
La separación de ovejas y cabritos era común en el pastoreo palestino al final del día. Aquí simboliza el discernimiento definitivo de la historia: el bien y el mal, que crecieron juntos (como el trigo y la cizaña), finalmente son distinguidos.
Lo sorprendente del juicio es el criterio. No se pregunta por títulos religiosos, conocimientos teológicos o milagros realizados. El único examen es sobre el amor práctico: las obras de misericordia.
Tuve hambre, tuve sed, fui forastero, estuve desnudo, enfermo, en la cárcel. Son las necesidades básicas de la existencia humana. La fe cristiana se verifica en la respuesta a estas necesidades.
El punto central de la revelación es la identificación total de Cristo con los "más pequeños".
El destino final (vida eterna o castigo eterno) no es una imposición arbitraria de Dios, sino la ratificación de lo que cada uno eligió en vida.
El cielo es la comunión plena con el Amor; el infierno es la auto-exclusión definitiva de esa comunión. Quien no aprendió a amar en la tierra, no puede respirar el aire del cielo.
Como decía San Juan de la Cruz: "Al atardecer de la vida, te examinarán en el amor". Este pasaje nos recuerda que el rostro de Dios está oculto en el rostro del que sufre, y que nuestra eternidad se juega en el "ahora" de la caridad.