Esta parábola es exclusiva de Mateo y desafía profundamente nuestro sentido humano de la justicia retributiva. Jesús la utiliza para explicar la novedad radical del Reino de los Cielos frente a la mentalidad meritoria de los fariseos.
El dueño de la viña acuerda un denario (el salario justo de un día) con los primeros. A los últimos, les paga lo mismo por una hora de trabajo.
Según la lógica laboral, esto es injusto. Pero teológicamente, la parábola no habla de economía, sino de Gracia. Dios no nos da lo que merecemos (que sería poco o nada), sino lo que necesitamos. La salvación no es un salario que se gana por horas de "servicio religioso", sino un don que el Padre da generosamente.
"¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" (literalmente: "¿Es tu ojo malo?").
La queja de los primeros obreros revela una religiosidad basada en la comparación y el cálculo. Les molesta que los otros reciban amor, no porque ellos reciban menos, sino porque los otros reciben "demasiado". La envidia espiritual entristece ante el bien ajeno y no comprende que la bondad de Dios es inagotable.
Esta sentencia cierra la parábola. En el Reino, la antigüedad no garantiza privilegios. Los "últimos" (pecadores, gentiles, los que llegan tarde a la fe) tienen el mismo acceso al corazón de Dios que los "primeros" (los justos, el pueblo elegido). Dios valora la disponibilidad del corazón más que el tiempo de servicio.
La parábola es una invitación a alegrarse por la bondad de Dios hacia los demás. Si Dios fuera solo "justo" según nuestros cálculos, estaríamos perdidos. Afortunadamente, Él es bueno.