Los Sacramentos
La Eucaristía
home§ 4. LA PRESENCIA REAL SEGÚN EL TESTIMONIO DE LA TRADICIÓN
1. Los padres antenicenos
El más antiguo testimonio de la tradición que habla claramente en favor de la
presencia real de Cristo en la eucaristía se lo debemos a SAN IGNACIO DE
ANTIOQUÍA (+ hacia el 107). Este santo padre nos habla así de los docetas: «Se
mantienen alejados de la eucaristía y la oración porque no quieren confesar que
la eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, carne que sufrió por
nuestros pecados y fue resucitada por la benignidad del Padre» (Smyrn. 7, 1) ;
Philad. 4: «Tened cuidado de no celebrar más que una sola eucaristía; porque no
hay más que una sola carne de nuestro Señor Jesucristo y no hay más que un cáliz
para reunión de su sangre.»
SAN JUSTINO MÁRTIR (+ hacia 165) presenta en su primera Apología una descripción
de la solemnidad eucarística de la iglesia primitiva (c. 65) y dice a
continuación, refiriéndose al manjar eucarístico: «No recibimos estos manjares
como si fueran pan ordinario y bebida ordinaria, sino que, así como Jesucristo
Salvador nuestro se hizo carne por la Palabra de Dios y tomó carne y sangre para
salvarnos, así también nos han enseñado que el manjar convertido en eucaristía
por las palabras de una oración procedente de Al [de Jesús] —manjar con el que
son alimentadas nuestra sangre y nuestra carne al modo de una transmutación — es
la carne y la sangre de aquel Jesús que se encarnó por nosotros» (66, 2). San
Justino establece un paralelo entre la consagración de la eucaristía y el
misterio de la encarnación. El resultado, lo mismo de la eucaristía que de la
encarnación, es la carne y sangre de Jesucristo. Como prueba, San Justino
presenta a continuación las palabras de la institución de la eucaristía, «que
han transmitido los apóstoles en las memorias escritas por ellos y que reciben
el nombre de Evangelios».
SAN IRENEO DE LYÓN (+ hacia 202) da testimonio de que «el pan sobre el cual se
hace la acción de gracias es el cuerpo del Señor; el cáliz [es el cáliz] de su
sangre» (Adv. haer. Iv 18, 4). Cristo «declaró que aquel cáliz procedente de la
creación era su propia sangre (alta), que Al infunde en nuestra sangre; y
aseguró que aquel pan procedente de la creación era su propio cuerpo,
con el cual Él robustece nuestros cuerpos» (ib. v 2, 2). Nuestra carne
«se alimenta con el cuerpo y la sangre del Señor, y se convierte entonces en
miembro de Cristo». De esta manera «se hace capaz de recibir el don de Dios, que
consiste en la vida eterna» (ib. v 2, 3). "¿Cómo podrán afirmar [los gnósticos]
que la carne sufrirá la destrucción y no tendrá participación en la vida, si esa
carne se alimenta del cuerpo y la sangre del Señor?» (ib. Iv 18, 5): Vemos,
pues, que San Ireneo funda el hecho de la resurrección de la carne en la
percepción real del cuerpo y sangre del Señor.
Los alejandrinos Clemente y Orígenes dan testimonio de esa fe universal de la
Iglesia que proclama que el Señor nos da a gustar su cuerpo y su sangre. Pero
notemos que, por la inclinación de estos dos autores a buscar alegorías en todas
partes, hallamos en sus escritos algunos pasajes en los cuales el cuerpo y
sangre de Cristo simbolizan su doctrina, alimento de nuestro espíritu. ORÍGENES,
Contra Celsum VIII 33: «Pero nosotros, que damos gracias al Hacedor del
universo, comemos los panes ofrecidos con agradecimiento y oración por los
beneficios; y esos panes, por la oración, se han convertido en cierto cuerpo
santo que santifica a todos aquellos que lo saborean con sentido inteligente»;
cf. In Num. hom. 7, 2; In Ex. hom 13, 3; In Matth. comment. ser. 85. Como, según
la concepción de los alejandrinos, un mismo pasaje de la Escritura tiene varios
sentidos, la interpretación alegórica no excluye la significación literal.
TERTULIANO (+ hacia 220) manifiesta su fe en la presencia real con las
siguientes palabras rebosantes de realismo: «La carne se nutre con el cuerpo y
la sangre de Cristo para que el alma se alimente también de Dios» («caro corpore
et sanguine Christi vescitur, ut et anima de Deo saginetur; De carnis resurr.
8). Dice lo siguiente de los cristianos que confeccionan imágenes de ídolos :
«Los judíos pusieron una vez las manos sobre Cristo, pero éstos están lacerando
su cuerpo todos los días. ¡Les debían arrancar las manos!» (De idolatría 7). El
paralelo con el delito de los judíos exige que nos representemos como realmente
presente el cuerpo de Cristo ultrajado por aquellos cristianos cuando reciben la
eucaristía. Cuando TERTULIANO, en su obra Adv. Marcionem Iv 40, considerando las
palabras de la institución eucarística «Hoc est corpus meum», añade el siguiente
comentario: «id est figura corporis mei», no entiende la palabra «figura» en el
sentido de imagen o símbolo, pues por el contexto se ve que precisamente quiere
combatir el docetismo de Marción afirmando la realidad de la presencia del
verdadero cuerpo de Cristo: «figura autem non fuisset, nisi veritatis esset
corpus». «Figura» significa para él la forma manifestativa, la especie
sacramental.
SAN CIPRIANO (+ 258) refiere a la eucaristía aquella petición del padrenuestro
en la que se pide el pan de cada día y hace el siguiente comentario: «Cristo es
nuestro pan porque nosotros recibimos su cuerpo» («qui corpus eius
contingimus»), y asegura que «todos aquellos que alcanzan su cuerpo y reciben la
eucaristía según el derecho de la comunidad», tienen la vida eterna, conforme a
lo que se dice en Ioh 6, 51 (De dominica orat. 18). Habla el santo de aquellos
cristianos que han caído y se acercan a recibir la eucaristía sin haber hecho
antes penitencia y sin haberse reconciliado, y dice refiriéndose a ellos: «Se
hace violencia al cuerpo y la sangre [del Señor], y ahora con sus manos y su
boca pecan más contra el Señor que cuando entonces le negaron» (De lapsis 16).
En un paralelo compara el hecho de beber la sangre de Cristo cuando se recibe la
eucaristía con el hecho de derramar la sangre en el martirio. Y este paralelo
exige que se entienda el primer hecho en el mismo sentido real que tiene el
segundo; cf. Ep. 58, 1; Ep. 63, 15.
2. Los padres postnicenos
Entre los padres postnicenos destacan de manera especial como testigos de la fe
de la Iglesia en la presencia real de Cristo en la eucaristía: entre los
griegos, SAN CIRILO DE JERUSALÉN (4 y 5.a Cat. myst.), San Juan Crisóstomo,
«doctor de la eucaristía», San Cirilo de Alejandría y SAN JUAN DAMASCENO (De
fide orth. Iv 13); entre los latinos, SAN HILARIO DE POITIERS (De Irin. VIII 14)
y SAN AMBROSIO (De sacr. Iv 4-7; De myst. 8 s), quien constituyó una autoridad
decisiva para la doctrina eucarística de la teología escolástica.
La doctrina eucarística de SAN AGUSTÍN es interpretada en sentido exclusivamente
espiritual por la mayor parte de los historiadores protestantes del dogma
cristiano. Pero este santo doctor, a pesar de tener predilección especial por la
interpretación simbólica, no pretende excluir la presencia real. Refiriéndose a
las palabras de la institución, expresa la fe en la presencia real, de acuerdo
con la antigua tradición eclesiástica; cf..Sermo 227: «El pan aquel que veis
sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo;
aquel cáliz, o más bien el contenido del cáliz, santificado por la palabra de
Dios, es la sangre de Cristo; Enarr. in Ps. 33, sereno 1, 10: «Cristo se tuvo a
sí mismo en sus propias manos cuando dijo, mientras ofrecía su cuerpo a sus
discípulos: "Éste es mi cuerpo"».
Siempre que en los escritos patrísticos, sobre todo en San Agustín, se
encuentren, junto con testimonios claros de la presencia real, otras expresiones
oscuras de sabor simbólico, conviene tener en cuenta algunos puntos de vista muy
útiles para la recta inteligencia de estos pasajes: a) Existía entonces la
disciplina arcani (= disciplina del arcano), que era una ley que obligaba a los
fieles de los primeros tiempos de la Iglesia a guardar secreto acerca de los
misterios de la fe y, de manera particular, acerca de la eucaristía; lógica
precaución cuyo fin era evitar las calumnias de los paganos, que podían
tergiversar el sentido de la nueva doctrina; cf. ORÍGENES, In Lev. hom. 9, 10.
b) Faltaba entonces la oposición de doctrinas heréticas a esta verdad de la fe,
lo cual tenía como consecuencia el que no se cuidara con mucho esmero la
exactitud de la expresión. c) Faltaba, además, una terminología bien estudiada
para distinguir el doble modo de existir de Cristo: el sacramental, que es el
que tiene el cuerpo de Cristo en la eucaristía, y el natural, que es el que tuvo
durante su vida mortal en la tierra y tiene ahora durante su vida gloriosa en el
cielo. d) La tendencia a evitar toda concepción grosera del banquete eucarístico
y a subrayar la necesidad de recibir espiritualmente el sacramento con fe y amor
(a diferencia de la mera recepción externa y sacramental). e) El carácter
simbólico de la eucaristía como «signo de unidad» (San Agustín), carácter que en
nada excluye la presencia real.
El testimonio de los padres se ve corroborado por el de las antiguas liturgias
cristianas, en las cuales, en la llamada epiclesis, se invoca al Logos o al
Espíritu Santo para que «convierta el pan en el cuerpo de Cristo y el vino er la
sangre de Cristo» (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Cat. myst. 5, 7; cf. el Eucologio de
SERAPIÓN DE THMUIS 13, 4; Const. Apost. VIII 12, 39). Dan también testimonio de
la fe en la presencia real las representaciones e inscripciones paleocristianas,
sobre todo la inscripción de Abercio (anterior a 216) en Hierópolis (Frigia
Menor), y la inscripción de Pectorio (de fines del siglo Iv) en Augustodunum
(hoy Autun), en la Galia. Ambas emplean el símbolo del pez.
Santo Tomás prueba la conveniencia de la presencia real por: a) la perfección de
la Nueva Alianza y la consiguiente elevación que ha de tener su sacrificio por
encima del sacrificio del Antiguo Testamento; b) el amor de Cristo a los
hombres, que impulsa al Señor a estar cerca de ellos corporalmente; c) la
perfección de la fe, que en la eucaristía no sólo se extiende a la divinidad,
sino también a la humanidad de Cristo invisiblemente presente; S.th. III 75, 1.
Ave María Purísima
Cristiano Católico 8-12-2025 Año de la Fe
Sea Bendita la Santa e Inmaculada Purísima Concepción de la Santísima Virgen María