I. NATURALEZA DE LA SAGRADA LITURGIA
Y SU IMPORTANCIA EN LA VIDA DE LA IGLESIA
Sacrosanctum Concilium (clic) Vatican.va
El Concilio presenta el misterio pascual como el centro de la historia de la salvación. Cristo, enviado por el Padre y ungido por el Espíritu, realiza la redención mediante su pasión, muerte, resurrección y ascensión. En Él se cumple plenamente la reconciliación del hombre con Dios y se inaugura la plenitud del culto divino. De su costado nace la Iglesia como sacramento de salvación.
La Iglesia, enviada por Cristo, prolonga sacramentalmente su obra redentora. Por el bautismo, los fieles son injertados en el misterio pascual; por la Eucaristía, anuncian la muerte del Señor hasta que vuelva. Desde Pentecostés, la Iglesia se reúne para leer la Escritura, celebrar la Eucaristía y dar gracias, haciendo presente la victoria de Cristo en la liturgia.
Cristo está realmente presente en la acción litúrgica:
La liturgia es, por tanto, ejercicio del sacerdocio de Cristo, donde los signos sensibles realizan la santificación del hombre. Toda celebración litúrgica es acción sagrada por excelencia, superior a cualquier otra acción eclesial.
La liturgia de la Iglesia es participación anticipada en la liturgia eterna de la Jerusalén celestial. En ella, los fieles se unen a Cristo, a los ángeles y a los santos, esperando la manifestación gloriosa del Señor. La liturgia es así un puente entre el tiempo y la eternidad.
Aunque es el culmen, la liturgia no abarca toda la misión eclesial. La Iglesia debe evangelizar, llamar a la conversión, enseñar, promover la caridad y preparar para los sacramentos. La vida cristiana incluye obras de fe, penitencia y apostolado que conducen hacia la participación litúrgica.
La liturgia es la cumbre a la que tiende toda la actividad de la Iglesia y la fuente de donde brota su fuerza. En ella los fieles reciben la gracia y son impulsados a la caridad. Especialmente en la Eucaristía, se renueva la alianza y se derrama la gracia que santifica.
Para que la liturgia produzca fruto, los fieles deben participar con recta disposición interior, uniendo alma y voz, colaborando con la gracia. Los pastores deben velar por una participación consciente, activa y fructuosa, más allá de la mera validez ritual.
La liturgia no agota la espiritualidad cristiana. El fiel debe también orar en secreto, practicar la mortificación y vivir la oración continua. La Misa pide que los cristianos se conviertan ellos mismos en ofrenda espiritual.
La Iglesia recomienda los ejercicios de piedad aprobados,
tanto universales como propios de cada Iglesia particular. Estos deben estar en
armonía con la liturgia, derivar de ella y conducir a ella,
reconociendo que la liturgia está por encima de toda devoción privada.
Sacrosanctum Concilium - Decreto Vaticano II