El Cantar de los Cantares en sentido profundo
Te voy a contar el Cantar de los Cantares como si fuera una historia
continua, pero respetando su tono poético, sus silencios y sus símbolos. No es
un resumen frío: es entrar en el jardín, escuchar las voces y quedarnos ahí un
rato.
1. El comienzo: un corazón que arde
La historia no empieza con una presentación formal, sino con un estallido de
deseo.
Una mujer habla. No explica quién es, ni de dónde viene. Solo deja salir lo que
siente:
“¡Que me bese con los besos de su boca,
porque mejores son tus amores que el vino!”
No hay introducción, no hay contexto. Hay hambre de amor.
Ella está fascinada por él: por su nombre, por su presencia, por su olor, por su
recuerdo.
Se siente, sin embargo, pequeña:
“Morena soy, pero hermosa…”
Se compara con las tiendas de Quedar, con cortinas oscuras.
Se sabe marcada por el sol, por el trabajo, por la vida dura.
No es una princesa de palacio: es una mujer que ha trabajado en las viñas, que
ha sido descuidada, que no ha tenido tiempo de “cuidar su propia viña”, es
decir, su propio cuerpo, su propia vida.
Y aun así, se sabe deseable.
Hay una mezcla de pudor y orgullo, de vulnerabilidad y fuerza.
2. La búsqueda del amado
Ella pregunta:
“Hazme saber, amado de mi alma,
dónde apacientas, dónde descansas al mediodía…”
No quiere vagar como una extraña entre los rebaños.
Quiere saber dónde encontrarlo, dónde estar cerca de él.
Él responde con ternura y juego:
“Si no lo sabes, oh la más hermosa de las mujeres…”
La llama “la más hermosa”, la guía, la invita a seguir las huellas del rebaño.
La conversación se vuelve un coqueteo lleno de imágenes pastoriles: rebaños,
pastores, tiendas, caballos de carros del faraón, joyas, perfumes.
No estamos en una ciudad fría, sino en un mundo de campo, de naturaleza, de
aromas.
3. El intercambio de miradas y elogios
Empieza un diálogo de admiración mutua.
Él la describe con imágenes casi desbordadas:
* sus mejillas como adornos
* su cuello como collares
* sus ojos como palomas
Ella responde:
“Mientras el rey está en su reclinatorio,
mi nardo da su olor.”
Ella lleva a su amado “como un manojito de mirra” entre sus pechos.
Es una imagen íntima, pero delicada: el amado como perfume que se lleva pegado
al corazón.
Ambos se llaman “hermoso”, “amado”, “amada”.
No hay desprecio, no hay ironía, no hay vergüenza.
Solo celebración del otro.
4. El jardín, la primavera y la invitación
La escena cambia: ahora es primavera.
“Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
Porque he aquí ha pasado el invierno…”
Las lluvias se han ido, las flores aparecen, se oye la voz de la tórtola, la
higuera da sus primeros frutos, las vides en flor exhalan su olor.
La naturaleza entera parece acompañar el amor de los dos.
El amado la invita a salir, a dejar el encierro, a venir con él a los campos, a
los montes, a los lugares abiertos.
Ella, sin embargo, también siente fragilidad. Habla de “zorras pequeñas que
echan a perder las viñas”.
Esas zorras son como las pequeñas cosas que pueden arruinar el amor: miedos,
inseguridades, interferencias, heridas.
El amor es bello, pero también vulnerable.
5. La noche de la ausencia
De pronto, el tono cambia.
Ella sueña, o recuerda, o imagina.
“En mi lecho, por las noches,
busqué al que ama mi alma;
lo busqué, y no lo hallé.”
Se levanta, recorre la ciudad, las calles, las plazas.
Pregunta a los guardias: “¿Habéis visto al que ama mi alma?”
Es una escena de ansiedad amorosa: el amado no está, no responde, no aparece.
Pero de pronto:
“Apenas los había pasado,
hallé luego al que ama mi alma;
lo así, y no lo dejé…”
Lo lleva a la casa de su madre, al lugar más íntimo de su historia, de su
origen.
Es como decir: “Te introduzco en lo más profundo de mi vida”.
Y entonces aparece una especie de estribillo que se repetirá:
“Yo os conjuro, hijas de Jerusalén,
que no despertéis ni hagáis velar el amor,
hasta que quiera.”
El amor tiene su tiempo. No se fuerza, no se manipula, no se acelera.
6. El cortejo, casi nupcial
Luego aparece una escena casi ceremonial:
Un cortejo, una litera, un rey, soldados alrededor.
“Salid, oh hijas de Sion,
y mirad al rey Salomón
con la corona con que le coronó su madre
en el día de su desposorio…”
El amor privado se mezcla con una atmósfera pública, casi de boda.
El amado es descrito como rey, como figura majestuosa.
El amor de los dos se vuelve algo digno de ser contemplado.
7. El cuerpo amado como paisaje sagrado
Aquí el poema se vuelve muy audaz, pero siempre simbólico.
Él describe el cuerpo de ella de arriba abajo (y más adelante ella hará algo
parecido con él):
* sus ojos como palomas
* su cabello como rebaño de cabras
* sus dientes como ovejas recién lavadas
* sus labios como hilo de grana
* su cuello como torre de David
* sus pechos como gemelos de gacela
No es un catálogo frío, sino una contemplación amorosa.
El cuerpo no es vergonzoso: es paisaje, es arquitectura, es obra de arte.
Él dice:
“Toda tú eres hermosa, amiga mía,
y en ti no hay mancha.”
Es una frase de una ternura enorme: la ve entera, y la ve bella.
8. El amor como jardín cerrado
Una de las imágenes más profundas del libro:
“Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa mía;
fuente cerrada, fuente sellada.”
Ella es un jardín, un huerto, una fuente.
No es un terreno cualquiera: es un lugar cuidado, protegido, reservado.
Pero ese jardín no está destinado a permanecer cerrado para siempre.
Ella responde:
“Venga mi amado a su huerto,
y coma de su dulce fruta.”
Es la entrega libre, consciente, gozosa.
No hay imposición, no hay violencia: hay invitación.
El amor se vive como entrar en un jardín lleno de aromas, frutos, flores.
9. Nuevas ausencias, nuevos encuentros
Otra vez, la noche.
Ella oye que él llama:
“Ábreme, hermana mía, amiga mía,
paloma mía, perfecta mía…”
Pero ella duda, se demora, se justifica:
“Me he quitado la ropa, ¿cómo me la he de volver a poner?”
“Me he lavado los pies, ¿cómo los he de ensuciar?”
Cuando por fin se levanta para abrir, él ya no está.
Lo busca, lo llama, recorre la ciudad.
Esta vez, los guardias la hieren, le quitan el manto.
El amor también conoce el dolor de la oportunidad perdida, de la torpeza, del
“llegué tarde”.
Ella entonces habla de él a las hijas de Jerusalén, lo describe con una belleza
desbordante:
* su cabeza como oro finísimo
* sus ojos como palomas junto a corrientes de aguas
* sus mejillas como eras de especias aromáticas
* su boca, dulcísima
Y concluye:
“Tal es mi amado, y tal es mi amigo…”
No es solo amante: es amigo.
Hay intimidad, pero también complicidad.
10. El amor que madura
El poema avanza y se siente que el amor se vuelve más sereno, más seguro.
Ella dice:
“Yo soy de mi amado,
y conmigo tiene su contentamiento.”
Ya no es solo deseo, ni solo búsqueda angustiada.
Es pertenencia mutua, descanso, alegría compartida.
Él la sigue describiendo con ternura, ella lo invita a ir al campo, a levantarse
temprano, a ir a las viñas, a ver si ya florecen, si ya brotan las granadas.
El amor se vuelve cotidiano:
no solo noche y pasión, sino también mañana, trabajo, cosecha.
11. El sello sobre el corazón
Hacia el final, aparece uno de los pasajes más profundos de toda la Biblia sobre
el amor:
“Ponme como un sello sobre tu corazón,
como una marca sobre tu brazo;
porque fuerte como la muerte es el amor,
duros como el Seol los celos;
sus brasas, brasas de fuego,
fuerte llama.
Las muchas aguas no podrán apagar el amor,
ni lo ahogarán los ríos…”
El amor aquí ya no es solo eros, ni solo ternura.
Es una fuerza existencial, casi absoluta.
Algo que marca, que sella, que permanece.
El amor es comparado con la muerte en intensidad:
no porque destruya, sino porque es definitivo, total, ineludible.
12. Un final abierto, como la vida misma
El libro no termina con una boda formal ni con un “y vivieron felices para
siempre”.
Termina con una especie de diálogo final, con una invitación:
“Apresúrate, amado mío,
y sé semejante al corzo o al cervatillo
sobre los montes de las especias.”
El amado sigue siendo alguien que viene y va, que corre como un ciervo, que se
mueve entre montes de perfume.
El amor no queda encerrado en una escena fija.
Sigue siendo búsqueda, encuentro, deseo, promesa.
13. Lo profundo que late debajo de todo
Si miras el Cantar como simple poesía erótica, ya es bellísimo.
Pero debajo de las imágenes hay capas más hondas:
* El cuerpo como lugar sagrado: no es sucio, no es vergonzoso; es jardín, es
templo, es obra de arte.
* El amor como escuela de presencia y ausencia: no siempre se siente cerca, a
veces se pierde, se busca, se hiere, se reencuentra.
* El tiempo del amor: no se fuerza, no se despierta antes de tiempo, no se
manipula.
* El amor como reflejo de algo mayor: por eso la tradición lo ha leído también
como símbolo del amor de Dios con su pueblo, o de Cristo con la Iglesia, o del
alma con lo divino.
Es un libro que, sin una sola ley, sin un solo mandamiento, sin una sola guerra,
dice algo muy serio:
el amor es digno de ser cantado con toda la belleza del lenguaje.
Si quieres, en otro momento podemos tomar un solo pasaje (por ejemplo, el “ponme
como un sello sobre tu corazón”) y exprimirlo a fondo, verso por verso, como si
estuviéramos deshojando una flor muy despacio.
Oración
Señor, que el amor que cantan estos poemas sea también el amor que vivimos.
Que no nos conformemos con amores pequeños, sino que busquemos el amor que es fuerte como
la muerte, que es un sello sobre el corazón, que no se apaga con las aguas.
Que aprendamos a amar con la belleza, la ternura, la pasión y la profundidad que se expresa en el Cantar de los Cantares.
Que nuestro amor sea un jardín cerrado, pero también un jardín abierto, lleno de frutos y flores.
Que no tengamos miedo de las ausencias, sino que las vivamos como parte del camino del amor.
Que seamos capaces de decirnos mutuamente: “Toda tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha”.
Que nuestro amor sea un reflejo del amor de Dios, que es eterno, fiel y apasionado.
Amén.
Aclamación
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
✝️ 💔 🌹