Redemptoris Mater
Resumen en los cuatro sentidos clásicos de la interpretación
(analógico, teológico, moral y anagógico) aplicado a la encíclica
Redemptoris Mater del Papa Juan Pablo II, promulgada el
25 de marzo de 1987, solemnidad de la Anunciación del Señor.
La encíclica presenta a María de Nazaret como la Madre del Redentor,
inmersa en el misterio de Cristo y en la vida peregrina de la Iglesia.
A lo largo de sus tres grandes partes —la vocación de María en el plan
de salvación, su peregrinación en la fe, y su presencia maternal en
la Iglesia— Juan Pablo II desvela la profundidad teológica y espiritual
de la persona de María en relación con la Trinidad, con Cristo y con
cada creyente.
A continuación, los cuatro sentidos:
1. Sentido Analógico (o literal-ampliado)
Describe lo que el texto enseña directamente, con sus comparaciones y símbolos.
* María es presentada como la Madre del Redentor, aquella en quien se cumple
plenamente el plan eterno de Dios para la salvación del género humano.
* El Papa traza la peregrinación de fe de María: desde la Anunciación,
pasando por la Visitación, las bodas de Caná, el Calvario, hasta Pentecostés.
* La encíclica compara la fe de Abraham con la fe de María: ambos creen contra
toda esperanza, pero María lo hace con una plenitud singular y sin mácula.
* La imagen de la Mujer del Génesis 3,15 y del Apocalipsis 12 es aplicada
a María como signo de la victoria definitiva del bien sobre el mal.
* Juan Pablo II evoca el icono de María junto a la cruz, junto al Cenáculo y
junto a la Iglesia naciente como presencia materna activa y silenciosa.
* La encíclica recurre al término ortodoxo Theotókos (Madre de Dios)
como puente de diálogo ecuménico con las Iglesias de Oriente.
2. Sentido Teológico (o doctrinal)
Explica lo que el texto enseña sobre Dios, Cristo y la fe.
* La maternidad divina de María es el fundamento de toda teología mariana:
ella es Madre de Dios porque el que concibió es la Segunda Persona de la
Trinidad hecha carne.
* La Inmaculada Concepción de María no es un privilegio aislado, sino la
preparación providencial de Dios para que su Hijo entrara en la historia
de forma digna y santa.
* La mediación maternal de María es subordinada y derivada de la única mediación
de Cristo, pero real y eficaz: ella intercede, acompaña y coopera en la obra
redentora sin igualarse al Redentor.
* María es tipo de la Iglesia: su fe, su maternidad virginal y su unión
con Cristo prefiguran lo que la Iglesia es y está llamada a ser.
* El Espíritu Santo es el vínculo que une a María con el misterio de Cristo:
fue por obra del Espíritu que el Verbo se encarnó en su seno.
* La encíclica afirma la presencia real de María en Pentecostés como madre
orante de la Iglesia naciente, subrayando su papel en el don del Espíritu.
3. Sentido Moral (o tropológico)
Indica cómo debe vivir el cristiano a la luz de esta enseñanza.
* El fiat de María en la Anunciación es el modelo supremo de obediencia
de fe: toda respuesta cristiana a Dios debe tener esa misma disposición de
entrega total y confiada.
* El Magnificat es presentado como programa de vida cristiana: alabanza
a Dios, reconocimiento de la propia pequeñez, defensa de los pobres y los
humildes frente a los poderosos.
* En Caná, María dice a los servidores: "Haced lo que Él os diga" (Jn 2,5).
Esta palabra es el corazón de la espiritualidad mariana: dirigirse siempre a
Cristo y obedecerle.
* La presencia de María al pie de la Cruz invita al cristiano a no huir del
sufrimiento, sino a acompañar a Cristo y a los hermanos que padecen.
* La encíclica llama a la consagración a María como camino para consagrarse
más plenamente a Cristo: amarla no es alternativa a amar a Jesús, sino
camino hacia Él.
* El compromiso ecuménico que inspira la doctrina mariana es también una
obligación moral: buscar la unidad de los cristianos como voluntad expresa
de Cristo.
4. Sentido Anagógico (o escatológico-espiritual)
Muestra cómo el texto orienta hacia la esperanza futura y la unión con Dios.
* María asunta en cuerpo y alma al cielo es la imagen escatológica de la
Iglesia: lo que ella ya es, la Iglesia espera serlo en la consumación
de los tiempos.
* La Asunción de María anticipa la resurrección gloriosa de todos los
redimidos y es prenda de la victoria definitiva sobre la muerte.
* Juan Pablo II presenta a María como Estrella del Mar que guía a la
Iglesia peregrina hacia el puerto eterno de la gloria de Dios.
* La maternidad de María no cesa con la historia: desde el cielo ella
intercede continuamente por sus hijos, acompañando el camino de la
Iglesia hasta la parusía.
* El misterio de María apunta al misterio de la Santísima Trinidad: en el
cielo, la Madre del Redentor contempla cara a cara al Padre, al Hijo y
al Espíritu Santo, e introduce a sus hijos en esa misma comunión de amor.
* La peregrinación de fe de María concluye en la gloria: así, toda peregrinación
de fe del cristiano está orientada a la misma meta, la unión plena con Dios.
Síntesis final
Redemptoris Mater enseña que María no es una figura del pasado, sino una
presencia viva en el corazón de la Iglesia y de cada creyente.
Ella es Madre del Redentor porque es Madre de Aquel que salva; por eso su
maternidad alcanza a todos los redimidos.
Su camino de fe —desde el fiat hasta la gloria— es el mapa del camino
que todo cristiano está llamado a recorrer: en la escucha, en la entrega,
en la cruz y en la esperanza de la resurrección.
Redemptoris Mater
CARTA ENCÍCLICA
REDEMPTORIS MATER
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA BIENAVENTURADA
VIRGEN MARÍA
EN LA VIDA DE LA IGLESIA PEREGRINA
Venerables Hermanos,
amadísimos hijos e hijas:
¡Salud y Bendición Apostólica!
INTRODUCCIÓN
1. La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación,
porque « al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de
mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para
que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha
enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! »
(Gál 4, 4-6).
Con estas palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al
comienzo de la exposición sobre la bienaventurada Virgen María,1 deseo iniciar
también mi reflexión sobre el significado que María tiene en el misterio de
Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia. Pues,
son palabras que celebran conjuntamente el amor del Padre, la misión del Hijo,
el don del Espíritu, la mujer de la que nació el Redentor, nuestra filiación
divina, en el misterio de la « plenitud de los tiempos ».2
Esta plenitud delimita el momento, fijado desde toda la eternidad, en el cual el
Padre envió a su Hijo « para que todo el que crea en él no perezca sino que
tenga vida eterna » (Jn 3, 16). Esta plenitud señala el momento feliz en el que
« la Palabra que estaba con Dios ... se hizo carne, y puso su morada entre
nosotros » (Jn 1, 1. 14), haciéndose nuestro hermano. Esta misma plenitud señala
el momento en que el Espíritu Santo, que ya había infundido la plenitud de
gracia en María de Nazaret, plasmó en su seno virginal la naturaleza humana de
Cristo. Esta plenitud define el instante en el que, por la entrada del eterno en
el tiempo, el tiempo mismo es redimido y, llenándose del misterio de Cristo, se
convierte definitivamente en « tiempo de salvación ». Designa, finalmente, el
comienzo arcano del camino de la Iglesia. En la liturgia, en efecto, la Iglesia
saluda a María de Nazaret como a su exordio,3 ya que en la Concepción inmaculada
ve la proyección, anticipada en su miembro más noble, de la gracia salvadora de
la Pascua y, sobre todo, porque en el hecho de la Encarnación encuentra unidos
indisolublemente a Cristo y a María: al que es su Señor y su Cabeza y a la que,
pronunciando el primer fiat de la Nueva Alianza, prefigura su condición de
esposa y madre.