
Circuncisión e imposición del nombre Jesús
La circuncisión del Niño Jesús, realizada al octavo día según la ley de Israel, es un misterio humilde y lleno de dulzura. El Hijo de Dios, que no estaba sujeto al pecado ni necesitaba purificación alguna, quiso someterse a la ley de su pueblo para comenzar desde la infancia el camino de obediencia que lo llevaría hasta la Cruz. San José contempla este momento con reverencia y ternura, sabiendo que el Niño confiado a sus brazos es el Santo de Dios y, al mismo tiempo, verdadero hijo de la casa de Israel.
En esta primera efusión de sangre del Redentor, la Iglesia ve ya un anuncio lejano del sacrificio pascual. Pero el misterio no se presenta con dureza, sino envuelto en el amor silencioso de José y María. Ellos acompañan al Niño con cuidado delicado, cumpliendo fielmente lo mandado por Dios. Así, la obediencia de la Sagrada Familia convierte un rito legal en una escena de inmensa belleza espiritual.
Junto con la circuncisión se impone el nombre de Jesús, el nombre anunciado por el ángel antes de su concepción. Ese nombre significa: Dios salva. San José, puesto por Dios como custodio del Redentor, pronuncia con fe ese nombre bendito que está sobre todo nombre. En sus labios, el nombre de Jesús resuena como misión, promesa y consuelo para toda la humanidad.
Este misterio enseña dulcemente que Dios entra en la historia sin romper la condición humana, sino asumiéndola con mansedumbre. Jesús se deja nombrar, acoger y presentar; José se deja guiar; María guarda todo en su corazón. Hay en esta escena una paz recogida que invita al alma a venerar el santo nombre de Jesús con amor, gratitud y confianza.
Para la vida cristiana, la circuncisión y la imposición del nombre enseñan obediencia, humildad y adoración. Invitan a pronunciar el nombre de Jesús con respeto, a confiar en su poder salvador y a vivir bajo su señorío con corazón sencillo. San José aparece aquí como padre vigilante y silencioso, que acompaña los primeros pasos visibles de la misión del Salvador.
Oración
San José, fiel custodio del Niño Jesús, enséñanos a pronunciar su santo nombre con amor, reverencia y confianza. Que, como tú, sepamos obedecer a Dios en las cosas pequeñas y guardar en el corazón los misterios de Cristo. Amén.
Aclamación
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
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