§ 7. DOCTRINA NEOTESTAMENTARIA SOBRE DIOS ESPÍRITU SANTO
Aunque la palabra pneuma en algunos pasajes de la Sagrada Escritura designa el
ser espiritual de Dios o un poder impersonal del mismo, con todo, es fácil
probar por numerosos pasajes que el Espíritu Santo es una persona divina
distinta del Padre y del Hijo.
a) El Espíritu Santo es persona real. Pruebas de ello son la fórmula trinitaria
del bautismo (Mt 28, 19), el nombre de Paráclito (= consolador, abogado), que no
puede referirse sino a una persona (Ioh 14, 16 y 26; 15, 26; 16, 7; cf. 1 Ioh 2,
1, donde se llama a Cristo «nuestro Paráclito» = abogado, intercesor ante el
Padre), e igualmente el hecho de que al Espíritu Santo se le aplican atributos
personales, por ejemplo: ser maestro de la verdad (Ioh 14, 26 ; 16, 13), dar
testimonio de Cristo (Ioh 15, 26), conocer los misterios de Dios (1 Cor 2, 10),
predecir acontecimientos futuros (Ioh 16, 13 ; Act 21, 11) e instituir obispos
(Act 20, 28).
b) El Espíritu Santo es una Persona distinta del Padre y del Hijo. Pruebas de
ello son la fórmula trinitaria del bautismo, la aparición del Espíritu Santo en
el bautismo de Jesús bajo un símbolo especial y, sobre todo, el discurso de
despedida de Jesús, donde el Espíritu Santo se distingue del Padre y del Hijo,
puesto que éstos son los que lo envían, y él, el enviado o dado (Ioh 14, 16 y 26
; 15, 26).
c) El Espíritu Santo es Persona divina. Se le aplican indistintamente los
nombres de «Espíritu Santo» y de «Dios» ; Act 5, 3 s: «Ananías, ¿por qué se ha
apoderado Satanás de tu corazón, moviéndote a engañar al Espíritu Santo ?... No
has mentido a los hombres, sino a Dios»; cf. 1 Cor 3, 16; 6, 19 s. En la
fórmula trinitaria del bautismo, el Espíritu Santo es equiparado al Padre y al
Hijo, que realmente son Dios. Al Espíritu Santo se le aplican también atributos
divinos. Él posee la plenitud del saber: es maestro de toda verdad, predice las
cosas futuras (Ioh 16, 13), escudriña los más profundos arcanos de la divinidad
(1 Cor 2, 10) y Él fue quien inspiró a los profetas en el Antiguo Testamento, (2
Petr 1, 21; cf. Act 1, 16). La virtud divina del Espíritu Santo se manifiesta en
el prodigio de la encarnación del Hijo de Dios (Lc 1, 35 ; Mt 1, 20) y en el
milagro de Pentecostés (Lc 24, 49; Act 2, 2-4). El Espíritu Santo es el divino
dispensador de la gracia: concede los dones extraordinarios de la gracia (1 Cor
12, 11) y la gracia de la justificación en el bautismo (Ioh 3, 5) y en el
sacramento de la penitencia (Ioh 20, 22) ; cf. Rom 5, 5 ; Gal 4, 6; 5, 22.
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
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