DECRETO UNITATIS REDINTEGRATIO SOBRE EL ECUMENISMO
Resumen teológico
PROEMIO
1. El Concilio Vaticano II asume como fin principal promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos, porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo, aunque existan múltiples comunidades que se presentan como herederas suyas. La división contradice la voluntad de Cristo, escandaliza al mundo y dificulta la evangelización; sin embargo, el Espíritu suscita en nuestro tiempo un movimiento ecuménico que impulsa a todos a buscar la unidad visible en una sola Iglesia de Cristo.
2. La Iglesia católica se siente impulsada por Cristo a la continua reforma y a la búsqueda de la unidad, y por eso participa activamente en el movimiento ecuménico. El decreto quiere exponer y ordenar los principios y caminos por los que la Iglesia entiende y practica el ecumenismo, en fidelidad a la Tradición y abierta a los signos de los tiempos.
CAPÍTULO I: PRINCIPIOS CATÓLICOS SOBRE EL ECUMENISMO
3. La Iglesia confiesa que Cristo fundó una sola Iglesia, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y los obispos en comunión con él. Sin embargo, fuera de sus límites visibles se encuentran numerosos elementos de santificación y de verdad, que pertenecen propiamente a la única Iglesia de Cristo y tienden por sí mismos a la unidad católica.
4. Los bautizados no católicos están incorporados a Cristo y, por tanto, se hallan en una cierta comunión, aunque imperfecta, con la Iglesia católica. El Espíritu Santo actúa en ellos con dones y gracias, y la Iglesia los reconoce como hermanos, valorando los elementos eclesiales presentes en sus comunidades, que pueden contribuir a la edificación de todo el Cuerpo de Cristo.
5. El ecumenismo se fundamenta en la voluntad de Cristo y en la acción del Espíritu, y no es un mero esfuerzo humano o diplomático. La Iglesia católica afirma que la plena unidad se realizará cuando todos profesen la misma fe, celebren los mismos sacramentos y estén unidos en el mismo gobierno eclesial, pero reconoce que el camino hacia esa meta exige paciencia, discernimiento y conversión continua.
6. El verdadero ecumenismo no busca un mínimo común denominador doctrinal ni una simple coexistencia pacífica, sino la plenitud de la comunión en la verdad y en la caridad. Por eso, la Iglesia exhorta a un diálogo sincero, a la purificación de la memoria y a la superación de prejuicios, para que se manifieste cada vez más claramente el misterio de la Iglesia según el designio de Dios.
7. La renovación de la Iglesia es condición esencial para el ecumenismo, porque toda reforma auténtica la hace más fiel a Cristo y, por tanto, más transparente para los demás cristianos. Esta renovación abarca la vida espiritual, la disciplina, las estructuras y las formas de expresión, siempre en continuidad con la Tradición viva y bajo la guía del Magisterio.
CAPÍTULO II: LA PRÁCTICA DEL ECUMENISMO
8. La preocupación por la unidad afecta a todo el Pueblo de Dios, no solo a los pastores o especialistas. Cada fiel, según su vocación, está llamado a contribuir a la causa ecuménica mediante la oración, el testimonio de vida y la apertura fraterna hacia los demás cristianos.
9. La reforma permanente de la Iglesia, en cuanto institución humana y terrena, es necesaria para que su rostro se asemeje más al de Cristo y resulte más creíble ante los demás. Esta reforma incluye la revisión de costumbres, leyes y estructuras que puedan obstaculizar el testimonio evangélico y el camino hacia la unidad.
10. La conversión del corazón es el alma del ecumenismo: sin cambio interior, sin humildad y sin caridad, no puede haber verdadera unidad. Se invita a reconocer las propias culpas, a pedir perdón por las divisiones y a dejarse purificar por la gracia, para que el amor fraterno supere toda rivalidad y desconfianza.
11. La oración común por la unidad es un medio privilegiado, porque la unidad es ante todo un don de Dios. Cuando los cristianos se reúnen para orar, el Señor actúa en ellos, fortalece los vínculos espirituales ya existentes y prepara los corazones para una comunión más plena.
12. El conocimiento mutuo entre los cristianos de distintas confesiones es indispensable para superar prejuicios y caricaturas. Este conocimiento debe ser objetivo, respetuoso y fiel a la realidad, de modo que se reconozcan tanto las diferencias como las riquezas que el Espíritu ha suscitado en cada tradición.
13. La formación ecuménica es necesaria en todos los niveles: fieles, pastores, teólogos y agentes de pastoral. Tal formación debe incluir el conocimiento de la propia fe, de la historia de las divisiones, de la doctrina de otras comunidades y de los principios del ecumenismo, para que el diálogo se sostenga en la verdad y la caridad.
14. La forma de expresar y exponer la doctrina de la fe puede y debe renovarse, sin alterar su contenido, para hacerla más comprensible y accesible a los demás cristianos. Un lenguaje más bíblico, patrístico y existencial puede ayudar a descubrir convergencias reales allí donde antes solo se percibían oposiciones.
15. La cooperación con los hermanos separados en tareas pastorales, sociales y culturales manifiesta ya una cierta comunión y contribuye a la unidad. Allí donde no se compromete la fe ni se induce a confusión, es conveniente trabajar juntos en la defensa de la dignidad humana, la justicia, la paz y el bien común.
CAPÍTULO III: LAS IGLESIAS Y LAS COMUNIDADES ECLESIALES SEPARADAS DE LA SEDE APOSTÓLICA ROMANA
I. Consideración particular de las Iglesias orientales
16. Las Iglesias orientales separadas conservan una tradición propia, venerable por su antigüedad, su teología, su liturgia y su disciplina. A pesar de la ruptura de la plena comunión, mantienen sucesión apostólica y sacramentos válidos, especialmente la Eucaristía, por lo que la Iglesia católica las reconoce como Iglesias particulares verdaderas.
17. La riqueza litúrgica y espiritual de Oriente es un tesoro para toda la Iglesia; en ella se manifiestan de modo peculiar la contemplación del misterio, la veneración de la Santísima Trinidad y la devoción a la Madre de Dios. El intercambio de dones entre Oriente y Occidente puede contribuir poderosamente a la plenitud de la catolicidad.
18. Las Iglesias orientales poseen una disciplina propia, legítimamente diversa de la latina, que la Iglesia católica no solo respeta, sino que desea conservar y favorecer. Esta diversidad disciplinar, lejos de ser obstáculo, manifiesta la riqueza de la Tradición y la posibilidad de una verdadera unidad en la legítima pluralidad.
19. La teología oriental, con su modo propio de exponer los misterios, complementa la perspectiva occidental y ayuda a profundizar en la misma fe. Las diferencias de formulación no siempre implican oposición doctrinal, y un estudio conjunto puede mostrar una profunda convergencia en el contenido de la fe.
20. El decreto concluye esta sección afirmando que, para avanzar hacia la plena comunión con las Iglesias orientales, es necesario el respeto mutuo, el diálogo teológico serio y la purificación de la memoria histórica. Se alienta a los fieles a apreciar y conocer estas Iglesias, rezando por la restauración de la unidad visible.
II. Las comunidades eclesiales de Occidente
21. Las comunidades eclesiales surgidas en Occidente, especialmente a partir de la Reforma, difieren de la Iglesia católica en cuestiones de fe, sacramentos y ministerio. Sin embargo, en ellas se encuentran elementos importantes de la vida cristiana, como la confesión de Cristo, la lectura de la Escritura y el celo apostólico.
22. La Sagrada Escritura ocupa un lugar central en la vida de muchas de estas comunidades, y su amor por la Palabra de Dios es un don que la Iglesia católica reconoce y valora. El estudio común de la Biblia puede ser un terreno fecundo de encuentro y de crecimiento en la misma fe.
23. Aunque la comprensión de los sacramentos difiere, en no pocas comunidades se conserva un auténtico bautismo, que establece un vínculo real con Cristo y con la Iglesia. Allí donde se vive una intensa vida de oración, de caridad y de testimonio, se hace presente la acción del Espíritu Santo.
24. El decreto concluye subrayando que el ecumenismo es una tarea permanente de la Iglesia, confiada a la gracia de Dios y a la cooperación responsable de los fieles. Se exhorta a todos a perseverar en la oración, el diálogo y la conversión, para que, según la voluntad de Cristo, haya un solo rebaño y un solo Pastor.
Resumen teológico elaborado a partir del decreto Unitatis redintegratio del Concilio Vaticano II.