Confesiones de San Agustín
Las Revisiones (Retractaciones y Comentarios)
REVISIONES
1. Del libro II de las «Retractaciones»,
cap.
6
Los trece libros de mis Confesiones alaban a Dios justo y bueno
por mis males y mis bienes, y despiertan hacia Él al humano entendimiento y
corazón. Por lo que a mí se refiere, este efecto me produjeron cuando las
escribí y este mismo me producen ahora cuando las leo. Qué entiendan los demás
de ellas, no lo sé. Lo que sí es que han agradado y agradan a muchos hermanos.
Del libro primero al décimo tratan de mí; en los tres restantes, de las
Santas Escrituras, sobre aquello que está escrito: «En el principio creó Dios el
cielo y la tierra», hasta «el descanso del sábado».
En el cuarto libro,
al confesar la miseria de mi alma por la muerte del amigo de la infancia y decir
de nuestras almas que eran una sola: «Y por eso tenía tal vez miedo de morir,
porque no muriese él del todo», me parece más bien una declamación ligera que no
una grave confesión; aunque quedó algún tanto templada esta inepcia al añadir o
poner la palabra «tal vez».
En el libro decimotercero, en aquello que
dije: «El firmamento fue hecho entre las aguas espirituales superiores y las
corporales inferiores», no fue dicho con mucha ponderación, pues ello es cosa
muy obscura.
Esta obra comienza así: «Grande eres, Señor».
2. Del
libro Del don de la perseverancia, cap. 20
¿Cuál de mis opúsculos se ha
difundido más y es más frecuentemente leído y con más placer que mis
Confesiones? Pues, habiéndolas publicado antes de que apareciese la herejía
pelagiana, dije en ellas ciertamente y repetidas veces: «Da lo que mandas, y
manda lo que quieras». Las cuales palabras mías, como fuesen recordadas por
cierto hermano coepíscopo mío, estando Pelagio presente en Roma, no pudo
soportarlas, y, contradiciéndole un tanto alterado, casi llegó a litigar con
aquel que las había recordado.
3. De la carta al conde Darío, Ep., 231, 6
Recibe los libros que deseaste de mis Confesiones. Mírame en ellas, a fin de
que no me alabes más de lo que soy. Créeme a mí en ellas, no a lo que otros
digan de mí. Préstame atención en ellas y ve lo que fui en mí mismo y por mí
mismo; y si hay algo en mí que te agrade, alaba juntamente conmigo a quien quiso
ser alabado en mí; más no a mí. Porque Él es el que nos ha hecho, y no nosotros
mismos. Nosotros nos habíamos perdido; pero el que nos hizo nos rehízo. Cuando
me hallares en ellas tal, ora por mí para que no desfallezca, sino que me
perfeccione.
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!