Liturgia Católica

Confesiones de San Agustín


CONFESIONES


Traducción: Ángel Custodio Vega Rodríguez, revisada por José Rodríguez Díez

REVISIONES

1. Del libro II de las «Retractaciones», cap. 6

Los trece libros de mis Confesiones alaban a Dios justo y bueno por mis males y mis bienes, y despiertan hacia Él al humano entendimiento y corazón. Por lo que a mí se refiere, este efecto me produjeron cuando las escribí y este mismo me producen ahora cuando las leo. Qué entiendan los demás de ellas, no lo sé. Lo que sí es que han agradado y agradan a muchos hermanos.

Del libro primero al décimo tratan de mí; en los tres restantes, de las Santas Escrituras, sobre aquello que está escrito: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra», hasta «el descanso del sábado».

En el cuarto libro, al confesar la miseria de mi alma por la muerte del amigo de la infancia y decir de nuestras almas que eran una sola: «Y por eso tenía tal vez miedo de morir, porque no muriese él del todo», me parece más bien una declamación ligera que no una grave confesión; aunque quedó algún tanto templada esta inepcia al añadir o poner la palabra «tal vez».

En el libro decimotercero, en aquello que dije: «El firmamento fue hecho entre las aguas espirituales superiores y las corporales inferiores», no fue dicho con mucha ponderación, pues ello es cosa muy obscura.

Esta obra comienza así: «Grande eres, Señor».

2. Del libro Del don de la perseverancia, cap. 20

¿Cuál de mis opúsculos se ha difundido más y es más frecuentemente leído y con más placer que mis Confesiones? Pues, habiéndolas publicado antes de que apareciese la herejía pelagiana, dije en ellas ciertamente y repetidas veces: «Da lo que mandas, y manda lo que quieras». Las cuales palabras mías, como fuesen recordadas por cierto hermano coepíscopo mío, estando Pelagio presente en Roma, no pudo soportarlas, y, contradiciéndole un tanto alterado, casi llegó a litigar con aquel que las había recordado.

3. De la carta al conde Darío, Ep., 231, 6

Recibe los libros que deseaste de mis Confesiones. Mírame en ellas, a fin de que no me alabes más de lo que soy. Créeme a mí en ellas, no a lo que otros digan de mí. Préstame atención en ellas y ve lo que fui en mí mismo y por mí mismo; y si hay algo en mí que te agrade, alaba juntamente conmigo a quien quiso ser alabado en mí; más no a mí. Porque Él es el que nos ha hecho, y no nosotros mismos. Nosotros nos habíamos perdido; pero el que nos hizo nos rehízo. Cuando me hallares en ellas tal, ora por mí para que no desfallezca, sino que me perfeccione.

 

 

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!