San Claudio de la Colombière
I. Verdades consoladoras.
a) Confiemos en la sabiduría de Dios.
b) Cuando Dios nos prueba.
c) Arrojarse en los brazos de Dios.
d) Práctica del abandono confiado.
II. Las adversidades son útiles a los justos, necesarias a los pecadores
a) Hay que confiar en la Providencia.
b) Ventajas inesperadas de las pruebas.
c) Ocasiones de méritos y de la salvación.
III. Recurso a la oración) Para obtener bienes.
b) Para apartar los males.
c) No se pide bastante.
d) Perseverancia en la oración.
e) Una confianza obstinada.
I. Verdades consoladoras.
CONFIEMOS EN LA SABIDURÍA DE DIOS
Es una verdad de fe que Dios dirige todos los acontecimientos de que se lamenta
el mundo; y aún más, no podemos dudar de que todos los males que Dios nos envía
nos sean muy útiles: no podemos dudar sin suponer que al mismo Dios le falta la
luz para discernir lo que nos conviene.
Si, muchas veces, en las cosas que nos atañen, otro ve mejor que nosotros lo que
nos es útil, ¿no será una locura pensar que nosotros vemos las cosas mejor que
Dios mismo, que Dios que está exento de las pasiones que nos ciegan, que penetra
en el porvenir, que prevé los acontecimientos y el efecto que cada causa debe
producir? Vosotros sabéis que a veces los accidentes más importunos tienen
consecuencias dichosas, y que por el contrario los éxitos más favorables pueden
acabar finalmente de manera funesta.
También es una regla que Dios observa a menudo, de ir a sus fines por caminos
totalmente opuestos a los que la prudencia humana acostumbra escoger.
En la ignorancia en que estamos de lo que debe acaecernos posteriormente, ¿cómo
osaremos murmurar de lo que sufrimos por la permisión de Dios? ¿No tememos que
nuestras quejas conduzcan a error, y que nos quejamos cuando tenemos el mayor
motivo para felicitamos de su Providencia? José es vendido, se le lleva como
esclavo, y se le encarcela; si se afligiera de sus desgracias, se afligiría de
su felicidad, pues son otros tantos escalones que elevan insensiblemente hasta
el trono de Egipto.
Saúl ha perdido las asnas de su padre; es necesario ir las a buscar muy lejos e
inútilmente; mucha preocupación y tiempo perdido, es cierto; pero si esta pena
le disgusta, no hubiera habido disgusto tan irracional, visto que todo esto
estaba permitido para conducirle al profeta que debe ungirle de parte del Señor,
para que sea el rey de su pueblo.
¡Cuánta será nuestra confusión cuando comparezcamos delante de Dios, y veamos
las razones que habrá tenido de enviarnos estas cruces que hemos recibido tan a
pesar nuestro! He lamentado la muerte del hijo único en la flor de la edad:
¡Ay!, pero si hubiera vivido algunos meses o algunos años más, hubiera perecido
a manos de un enemigo, y habría muerto en pecado mortal.
No he podido consolarme de la ruptura de este matrimonio: Si Dios hubiera
permitido que se hubiera realizado, habría pasado mis días en el duelo y la
miseria.
Debo treinta o cuarenta años de vida a esta enfermedad que he sufrido con tanta
impaciencia. Debo mi salvación eterna a esta confusión que me ha costado tantas
lágrimas.
Mi alma se hubiera perdido de no perder este dinero.
¿De qué nos molestamos?...
¡Dios carga con nuestra conducta, y nos preocupamos! Nos abandonamos a la buena
fe de un médico, porque lo suponemos entendido en su profesión; él manda que se
os hagan las operaciones más violentas, alguna vez que os abran el cráneo con el
hierro; que se os horade, que os corten un miembro para detener la gangrena, que
podría llegar hasta el corazón.
Se sufre todo esto, se queda agradecido y se le recompensa liberalmente, porque
se juzga que no lo haría si el remedio no fuera necesario, porque se piensa que
hay que fiar en su arte; ¡y no le concederemos el mismo honor a Dios! Se diría
que no nos fiamos de su sabiduría y que tenemos miedo de que nos descaminara.
¡Cómo!, ¿entregáis vuestro cuerpo a un hombre que puede equivocarse y cuyos
menores errores pueden quitaros la vida, y no podéis someteros a la dirección
del Señor? Si viéramos todo lo que Él ve, querríamos infaliblemente todo lo que
Él quiere; se nos vería pedirle con lágrimas las mismas aficiones que procuramos
apartar por nuestros votos y nuestras oraciones.
A todos nos dice lo que dijo a los hijos del Zebedeo: Nescítis quid petatis;
hombres ciegos, tengo piedad de vuestra ignorancia, no sabéis lo que pedís;
dejadme dirigir vuestros intereses, conducir vuestra fortuna, conozco mejor que
vosotros lo que necesitáis; si hasta ahora hubiera tenido consideración a
vuestros sentimientos y a vuestros gustos, estaríais ya perdidos y sin recurso.
CUANDO DIOS NOS PRUEBA ARROJARSE EN LOS BRAZOS DE DIOS
Supongo, por ejemplo, que un cristiano se ha liberado de todas las ilusiones del
mundo por sus reflexiones y por las luces que ha recibido de Dios, que reconoce
que todo es vanidad, que nada puede llenar su corazón, que lo que ha deseado con
las mayores ansias es a menudo fuente de los pesares más mortales; que apenas si
se puede distinguir lo que nos es útil de lo que nos es nocivo, porque el bien y
el mal están mezclados casi por todas partes, y lo que ayer era lo más ventajoso
es hoy lo peor; que sus deseos no hacen más que atormentarle, que los cuidados
que toma para triunfar le consumen y algunas veces le perjudican, incluso en sus
planes, en lugar de hacerlos avanzar; que, al fin y al cabo, es una necesidad el
que se cumpla la voluntad de Dios, que no se hace nada fuera de su mandato y que
no ordena nada a nuestro respecto que no nos sea ventajoso.
Después de percibir todo esto, supongo también que se arroja a los brazos de
Dios como un ciego, que se entrega a Él, por decirlo así, sin condiciones ni
reservas, resuelto enteramente a fiarse a Él en todo y de no desear nada, no
temer nada, en una palabra, de no querer nada más que lo que Él quiera, y de
querer igualmente todo lo que Él quiera; afirmo que desde este momento esta
dichosa criatura adquiere una libertad perfecta, que no puede ser contrariada ni
obligada, que no hay ninguna autoridad sobre la tierra, ninguna potencia que sea
capaz de hacerle violencia o de darle un momento de inquietud.
Pero, ¿no es una quimera que a un hombre le impresionen tanto los males como los
bienes? No, no es ninguna quimera; conozco personas que están tan contentas en
la enfermedad como en la salud, en la riqueza como en la indigencia; incluso
conozco quienes prefieren la indigencia y la enfermedad a las riquezas y a la
salud. Además no hay nada más cierto que lo que os voy a decir: Cuanto más nos
sometamos a la voluntad de Dios, más condescendencia tiene Dios con nuestra
voluntad.
Parece que desde que uno se compromete únicamente a obedecerle, Él sólo cuida de
satisfacernos: y no sólo escucha nuestras oraciones, sino que las previene, y
busca hasta el fondo de nuestro corazón estos mismos deseos que intentamos
ahogar para agradarle y los supera a todos.
En fin, el gozo del que tiene su voluntad sumisa a la voluntad de Dios es un
gozo constante, inalterable, eterno. Ningún temor turba su felicidad, porque
ningún accidente puede destruirla. Me lo represento como un hombre sentado sobre
una roca en medio del océano; ve venir hacia él las olas más furiosas sin
espantarse, le agrada verlas y contarlas a medida que llegan a romperse a sus
pies; que el mar esté calmo o agitado, que el viento impulse las olas de un lado
o del otro, sigue inalterable porque el lugar donde se encuentra es firme e
inquebrantable.
De ahí nace esa paz, esta calma, ese rostro siempre sereno, ese humor siempre
igual que advertimos en los verdaderos servidores de Dios.
PRÁCTICA DEL ABANDONO CONFIADO
Nos queda por ver cómo podemos alcanzar esta feliz sumisión.
Un camino seguro para conducirnos es el ejercicio frecuente de esta virtud. Pero
como las grandes ocasiones de practicarla son bastante raras, es necesario
aprovechar las pequeñas que son diarias y cuyo buen uso nos prepara en seguida
para soportar los mayores reveses, sin conmovernos.
No hay nadie a quien no sucedan cien cosillas contrarias a sus deseos e
inclinaciones, sea por nuestra imprudencia o distracción, sea por la
inconsideración o malicia de otro, ya sean el fruto de un puro efecto del azar o
del concurso imprevisto de ciertas causas necesarias.
Toda nuestra vida está sembrada de esta clase de espinas que sin cesar nacen
bajo nuestras pisadas, que producen en nuestro corazón mil frutos amargos, mil
movimientos involuntarios de aversión, de envidia, de temor, de impaciencia, mil
enfados pasajeros, mil ligeras inquietudes, mil turbaciones que alteran la paz
de nuestra alma al menos por un momento.
Se nos escapa por ejemplo una palabra que no quisiéremos haber dicho o nos han
dicho otra que nos ofende; un criado sirve mal o con demasiada lentitud, un niño
os molesta, un importuno os detiene, un atolondrado tropieza con vosotros, un
caballo os cubre de lodo, hace un tiempo que os desagrada, vuestro trabajo no va
como desearíais, se rompe un mueble, se mancha un traje o se rompe. Sé que en
todo esto no hay que ejercitar una virtud heroica, pero os digo que bastaría
para adquirirla infaliblemente si quisiéramos; pues si alguien tuviera cuidado
para ofrecer a Dios todas estas contrariedades y aceptarlas como dadas por su
Providencia, y si además se dispusiera insensiblemente a una unión muy íntima
con Dios, será capaz en poco tiempo de soportar los más tristes y funestos
accidentes de la vida.
A este ejercicio que es tan fácil, y sin embargo tan útil para nosotros y tan
agradable a Dios que ni puedo decíroslo, hemos de añadir también otro.
Pensad todos los días, por las mañanas, en todo lo que pueda sucederos de
molesto a lo largo del día.
Podría suceder que en este día os trajeran la nueva de un naufragio, de una
bancarrota, de un incendio; quizá antes de la noche recibiréis alguna gran
afrenta, alguna confusión sangrante; tal vez sea la muerte la que os arrebatará
la persona más querida de vosotros; tampoco sabéis si vais a morir vosotros
mismos de una manera trágica y súbitamente. Aceptad todos estos males en caso de
que quiera Dios permitirlos; obligad vuestra voluntad a consentir en este
sacrificio y no os deis ningún reposo hasta que no la sintáis dispuesta a querer
o a no querer todo lo que Dios quiera o no quiera.
En fin, cuando una de estas desgracias se deje en efecto sentir, en lugar de
perder el tiempo quejándose de los hombres o de la fortuna, id a arrojaros a los
pies de vuestro divino Maestro, para pedirle la gracia de soportar este
infortunio con constancia. Un hombre que ha recibido una llaga mortal, si es
prudente no correrá detrás del que le ha herido, sino ante todo irá al médico
que puede curarle. Pero si en semejantes encuentros, buscarais la causa de
vuestros males, también entonces deberíais ir a Dios pues no puede ser otro el
causante de vuestro mal.
Id pues a Dios, pero id pronto, inmediatamente, que sea éste el primero de todos
vuestros cuidados; id a contarle, por así decirlo, el trato que os ha dado, el
azote de que se ha servido para probaros. Besad mil veces las manos de vuestro
Maestro crucificado, esas manos que os han herido, que han hecho todo el mal que
os aflige. Repetid a menudo aquellas palabras que también Él decía a su Padre,
en lo más agudo de su dolor: Señor, que se haga vuestra voluntad y no la mía;
Fiat voluntas tua. Sí mi Dios, en todo lo que queráis de mí hoy y siempre, en el
cielo y en la tierra, que se haga esta voluntad, pero que se haga en la tierra
como se cumple en el cielo.
II. Las adversidades son útiles a los justos, necesarias a los pecadores
Ved a esta madre amante que con mil caricias mira de apaciguar los gritos de su
hijo, que le humedece con sus lágrimas mientras le aplican el hierro y el fuego;
desde el momento en que esta dolorosa operación se hace ante sus ojos y por su
mandato, ¿quién va a dudar de que este remedio violento debe ser muy útil a este
hijo que después encontrará una perfecta curación o al menos el alivio de un
dolor más vivo y duradero?
Hago el mismo razonamiento cuando os veo en la adversidad. Os quejáis de que se
os maltrate, os ultrajen, os denigren con calumnias, que os despojen
injustamente de vuestros bienes: Vuestro Redentor; este nombre es aún más tierno
que el de padre o madre, vuestro Redentor es testigo de todo lo que sufrís, Él
os lleva en su seno, y ha declarado que cualquiera que os toque, le toca a Él
mismo en la niña del ojo; sin embargo. Él mismo permite que seáis atravesado,
aunque pudiera fácilmente impedirlo, ¡y dudáis que esta prueba pasajera no os
procure las más sólidas ventajas! Aunque el Espíritu Santo no hubiera llamado
bienaventurados a los que sufren aquí abajo, aunque todas las páginas de la
Escritura no hablaran en favor de las adversidades, y no viéramos que son el
pago más corriente de los amigos de Dios, no dejaría de creer que nos son
infinitamente ventajosas. Para persuadirme, basta saber que Dios ha preferido
sufrir todo lo que la rabia de los hombres ha podido inventar en las torturas
más horribles, antes de yerme condenado a los menores suplicios de la otra vida;
basta, dije, que sepa que es Dios mismo quien me prepara, quien me presenta el
cáliz de amargura que debo beber en este mundo. Un Dios que ha sufrido tanto
para impedirme sufrir, no se dará el cruel e inútil placer de hacerme sufrir
ahora.
HAY QUE CONFIAR EN LA PROVIDENCIA
Para mí, cuando veo a un cristiano abandonarse al dolor en las penas que Dios le
envía, digo en primer lugar: «He aquí un hombre que se aflige de su dicha; ruega
a Dios que le libre de la indigencia en que se encuentra y debería darle gracias
de haberle reducido a ella. Estoy seguro que nada mejor podría acaecerle que lo
que hace el motivo de su desolación; para creerlo tengo mil razones sin réplica.
Pero si viera todo lo que Dios ve, si pudiera leer en el porvenir las
consecuencias felices con las que coronará estas tristes aventuras, ¿cuánto más
no me aseguraría en mi pensamiento?
En efecto, si pudiéramos descubrir cuales son los designios de la Providencia,
es seguro que desearíamos con ardor los males que sufrimos con tanta
repugnancia.
¡Dios mío!, si tuviéramos un poco más de fe, si supiéramos cuánto nos amáis,
cómo tenéis en cuenta nuestros intereses, ¿cómo miraríamos las adversidades?
Iríamos en busca de ellas ansiosamente, bendeciríamos mil veces la mano que nos
hiere.
«¿Qué bien puede proporcionarme esta enfermedad que me obliga a interrumpir
todos mis ejercicios de piedad?», dirá tal vez alguien. «¿Qué ventaja puedo
obtener de la pérdida de todos mis bienes que me sitúa en el desespero, de esta
confusión que abate mi valor y que lleva la turbación a mi espíritu?» Es cierto
que estos golpes imprevistos, en el momento en que hieren acaban algunas veces
con aquellos sobre quienes caen y les sitúan fuera del estado de aprovecharse
inmediatamente de su desgracia: Pero esperad un momento y veréis que es por allí
por donde Dios os prepara para recibir sus favores más insignes. Sin este
accidente, es posible que no hubierais llegado a ser peor, pero no hubierais
sido tan santo. ¿No es cierto que desde que os habéis dado a Dios, no os habíais
resuelto a despreciar cierta gloria fundada en alguna gracia del cuerpo o en
algún talento del espíritu, que os atraía la estima de los hombres? ¿No es
cierto que teníais aún cierto amor al juego, a la vanidad, al lujo? ¿No es
cierto que no os había abandonado el deseo de adquirir riquezas, de educar a
vuestros hijos con los honores del mundo? Quizá incluso cierto afecto, alguna
amistad poco espiritual disputaba aún vuestro corazón a Dios. Sólo os faltaba
este paso para entrar en una libertad perfecta; era poco, pero, en fin, no
hubierais podido hacer aún este último sacrificio; sin embargo, ¿ de cuántas
gracias no os privaba este obstáculo? Era poco, pero no hay nada que cueste
tanto al alma cristiana como el romper este último lazo que le liga al mundo o a
ella misma; sólo en esta situación siente una parte de su enfermedad; pero le
espanta el pensamiento de su remedio, porque el mal está tan cerca del corazón
que sin el socorro de una operación violenta y dolorosa, no se le puede curar;
por esto ha sido necesario sorprenderos, que cuando menos pensabais en ello, una
mano hábil haya llevado el hierro adelante en la carne viva, para horadar esta
úlcera oculta en el fondo de vuestras entrañas; sin este golpe, duraría aún
vuestra languidez. Esta enfermedad que se detiene, esta bancarrota que os
arruina, esta afrenta que os cubre de vergüenza, la muerte de esta persona que
lloráis, todas estas desgracias harán en un instante lo que no hubieran hecho
todas vuestras meditaciones, lo que todos vuestros directores hubieran intentado
inútilmente.
VENTAJAS INESPERADAS DE LAS PRUEBAS
Y si la aflicción en que estáis por voluntad de Dios, os hastía de todas las
criaturas, si os compromete a daros enteramente a vuestro Creador, estoy seguro
que le estaréis más agradecidos por lo que os ha afligido, que por lo que le
hubierais ofrecido en vuestros votos si os evitaba la aflicción; los demás
favores que habéis recibido de Él, comparados con esta desgracia, no serán a
vuestros ojos más que pequeños favores. Siempre habéis mirado las bendiciones
temporales que ha derramado hasta ahora sobre vuestra familia como los efectos
de su bondad hacia vosotros; pero entonces veréis claramente que nunca os amó
tanto como cuando trastornó todo lo que había hecho para vuestra prosperidad, y
que si había sido liberal al daros las riquezas, el honor, los hijos y la salud,
ha sido pródigo al quitaros todos estos bienes.
No hablo de los méritos que se adquieren por la paciencia; por lo general, es
cierto que se gana más para el cielo en un día de adversidad que durante varios
años pasados en la alegría, por santo que sea el uso que se haga de ella.
Todo el mundo conoce que la prosperidad nos debilita; y es mucho cuando un
hombre dichoso, según el mundo, se toma la pena de pensar en el Señor una o dos
veces por día; las ideas de los bienes sensibles que le rodean ocupan tan
agradablemente su espíritu que olvida con mucho lodo lo demás. Por el contrario
la adversidad nos lleva de un modo natural a elevar los ojos al cielo, para,
mediante esta visión, suavizar la amarga impresión de nuestros males. Sé que se
puede glorificar a Dios en toda clase de estados y que no deja de honrarle la
vida de un cristiano que le sirve en una alegre fortuna; pero ¡quién asegura que
este cristiano le honra tanto como el hombre que le bendice en los sufrimientos!
Se puede decir que el primero es semejante a un cortesano asiduo y regular, que
no abandona nunca a su príncipe, que le sigue al consejo, que todo lo hace a
gusto, que hace honor a sus fiestas; pero que el segundo es como un valiente
capitán, que toma las ciudades para su rey, que le gana las batallas, a través
de mil peligros y a precio de su sangre, que lleva lejos la gloria de las armas
de su señor y los límites de su imperio.
Del mismo modo, un hombre que disfruta de una salud robusta, que posee grandes
riquezas, que vive en honor, que tiene la estima del mundo, si este hombre usa
como debe de todas estas ventajas, si las recibe con agradecimiento, si las
refiere a Dios como a su divino Maestro por una conducta tan cristiana; pero si
la Providencia le despoja de todos estos bienes, si le consume de dolores y de
miserias y si en medio de tantos males, persevera en los mismos sentimientos, en
las mismas acciones de gracias, si sigue al Señor con la misma prontitud y la
misma docilidad, por un camino tan difícil, tan opuesto a sus inclinaciones,
entonces es cuando publica las grandezas de Dios y la eficacia de su gracia, del
modo más generoso y brillante.
OCASIONES DE MÉRITOS Y DE SALVACIÓN
Juzgad de ahí la gloria que deben esperar de Jesucristo las personas que le
habrán glorificado en un camino tan espinoso. Entonces será cuando nosotros
reconoceremos cuánto nos habrá amado Dios, dándonos las ocasiones de merecer una
recompensa tan abundante; entonces nos reprocharemos a nosotros mismos el
habernos quejado de lo que debería aumentar nuestra felicidad; de haber gemido,
de haber suspirado, cuando deberíamos habernos alegrado; de haber dudado de la
bondad de Dios, cuando nos daba las señales más seguras. Si un día han de ser
así nuestros sentimientos, ¿por qué no entrar desde hoy en una disposición tan
feliz? ¿Por qué no bendecir a Dios en medio de los males de esta vida, si estoy
seguro que en el cielo le daré gracias eternas?
Todo esto nos hace ver que sea cuál sea el modo como vivamos deberíamos recibir
siempre toda adversidad con alegría. Si somos buenos, la adversidad nos purifica
y nos vuelve mejores, nos llena de virtudes y de méritos; si somos viciosos, nos
corrige y nos obliga a ser virtuosos.
III. Recurso a la oración
Es extraño que habiéndose comprometido Jesucristo tan a menudo y tan
solemnemente a atender todos nuestros votos, la mayor parte de los cristianos se
quejan todos los días de no ser escuchados. Pues, no se puede atribuir la
esterilidad de nuestras oraciones a la naturaleza de los bienes que pedimos, ya
que no ha exceptuado nada en sus promesas: Omnia quaecumque Orantes petitis
credite quia accipietis (creed que obtendréis cuanto pidiereis por la oración).
Tampoco se puede atribuir esta esterilidad a la indignidad de los que piden,
pues lo ha prometido a toda clase de personas sin excepción: Omnis qui petit
accipit (quien pide, recibe). ¿De dónde puede venir que tantas oraciones
nuestras sean rechazadas? ¿Quizás no se deba a que como la mayor parte de los
hombres son igualmente insaciables e impacientes en sus deseos, hacen demandas
tan excesivas o con tanta urgencia que cansan, que desagradan al Señor o por su
indiscreción o por su importunidad? No, no; la única razón por la que obtenemos
tan poco de Dios es porque le pedimos demasiado poco y con poca insistencia.
Es cierto que Jesucristo nos ha prometido de parte de su Padre, concedernos
todo, incluso las cosas mas pequeñas; pero nos ha prescrito observar un orden en
todo lo que pedimos y, sin la observancia de esta regla, en vano esperaremos
obtener nada. En San Mateo se nos ha dicho: Buscad primero el reino de Dios y su
justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura: Quaerite primum regnum Dei,
et haec omnia adicientur vobis.
PARA OBTENER BIENES
No se os prohíbe desear las riquezas, y todo lo que es necesario para vivir,
incluso para vivir bien; pero hay que desear estos bienes en su rango, y si
queréis que todos vuestros deseos a este respecto se cumplan infaliblemente,
pedid primero las cosas más importantes, a fin de que se añadan las pequeñas al
daros las mayores.
He aquí exactamente lo que le sucedió a Salomón.
Dios le había dado la libertad de pedir todo lo que quisiera, él le suplicó de
concederle la sabiduría, que necesitaba para cumplir santamente con sus deberes
de la realeza.
No hizo ninguna mención ni de los tesoros ni de la gloria del mundo; creyó que
haciéndole Dios una oferta tan ventajosa tendría la ocasión de obtener bienes
considerables.
Su prudencia le mereció en seguida lo que pedía e incluso lo que no pedía.
Quia postulasti verbum hoc, et non petisti tibi dies multos, nec divitias...,
ecce feci tibi secundum sermones tuos: Te concedo de gusto esta sabiduría porque
me la has pedido, pero no dejaré de colmarte de años, de honores y de riquezas,
porque no me has pedido nada de todo esto: Sed et haec quae non postulasti,
divitias scilicet et gloriam.
Si este es el orden que Dios observa en la distribución de sus gracias, no nos
debemos extrañar que hasta ahora hayamos orado sin éxito. Os confieso que a
menudo estoy lleno de compasión cuando veo la diligencia de ciertas personas,
que distribuyen limosnas, que hacen promesa de peregrinaciones y ayunos, que
interesan hasta a los ministros del altar para el éxito de sus empresas
temporales.
¡Hombres ciegos, temo que roguéis y que hagáis rogar en vano! Hay que hacer
estas ofrendas, estas promesas de ayunos y peregrinaciones, para obtener de Dios
una entera reforma de vuestras costumbres, para obtener la paciencia cristiana,
el desprecio del mundo, el desapego de las criaturas; tras estos primeros pasos
de un celo regulado, hubierais podido hacer oraciones por el restablecimiento de
vuestra salud y por el progreso de vuestros negocios; Dios hubiera escuchado
estas oraciones, o mejor, las hubiera prevenido y se hubiera contentado de
conocer vuestros deseos para cumplirlos.
Sin estas gracias primeras, todo lo demás podría ser perjudicial y de ordinario
así es; he aquí por qué somos rechazados.
Murmuramos, acusamos al Cielo de dureza, de poca fidelidad en sus promesas.
Pero nuestro Dios es un Padre lleno de bondad, que prefiere sufrir nuestras
quejas y nuestras murmuraciones, antes que apaciguarías con presentes que nos
serían funestos.
PARA APARTAR LOS MALES
Lo que he dicho de los bienes, lo digo también de los males de que deseamos
vernos libres.
Alguien dirá que él no suspira por una gran fortuna, que se contentaría con
salir de esta extrema indigencia en la que sus desgracias lo han reducido; deja
la gloria y la alta reputación para los que la ansían, desearía tan sólo evitar
el oprobio en que le sumergen las calumnias de sus enemigos; en fin, puede
pasarse de los placeres, pero sufre dolores que no puede soportar; desde hace
tiempo está rogando, pide al Señor con insistencia a ver si quiere suavizarlos;
pero le encuentra inexorable.
No me sorprende; tenéis males secretos mucho mayores que los males de que os
quejáis, sin embargo son males de los que no pedís ser librados; si para
conseguirlo hubierais hecho la mitad de las oraciones que habéis hecho para ser
curados de los males exteriores, haría ya mucho tiempo que hubierais sido
librados de los unos y de los otros.
La pobreza os sirve para mantener en humildad a vuestro espíritu, orgulloso por
naturaleza; el apego extremo que tenéis por el mundo os hace necesarias estas
medicinas que os afligen; en vosotros las enfermedades son como un dique contra
la inclinación que tenéis por el placer, contra esta pendiente que os
arrastraría a mil desgracias.
El descargaros de estas cruces, no sería amados, sino odiaros cruelmente, a no
ser que os concedan las virtudes que no tenéis.
Si el Señor os viera con cierto deseo de estas virtudes, os las concedería sin
dilación y no sería necesario pedir el resto.
NO SE PIDE BASTANTE
Ved cómo por no pedir bastante, no recibimos nada, porque Dios no podría limitar
su liberalidad a pequeños objetos, sin perjudicarnos a nosotros mismos.
Os ruego observéis que no digo que no se puedan pedir prosperidades temporales
sin ofenderle, y pedir ser liberados de las cruces bajo las que gemimos; sé que
para rectificar las oraciones por las que se solicita este tipo de gracias basta
con pedirlas con la condición de que no sean contrarias ni a la gloria de Dios,
ni a nuestra propia salvación; pero como es difícil que sea glorioso a Dios el
escucharos o útil para vosotros, si no aspiráis a mayores dones, os digo que en
tanto os contentéis con poco, corréis el riesgo de no obtener nada.
¿Queréis que os dé un buen método para pedir la felicidad incluso temporal,
método capaz de forzar a Dios para que os escuche? Decidle de todo corazón: Dios
mío, dadme tantas riquezas que mi corazón sea satisfecho o inspiradme un
desprecio tan grande que no las desee más; libradme de la pobreza o hacédmela
tan amable que la prefiera a todos los tesoros de la tierra; que cesen estos
dolores, o lo que será aún más glorioso para Vos, haced que cambien en delicias
para mí y que lejos de afligirme y de turbar la paz de mi alma lleguen a ser, a
su vez, la fuente más dulce de alegría.
Podéis descargarme de la cruz; podéis dejármela, sin que sienta el peso.
Podéis extinguir el fuego que me quema; podéis hacer, que en lugar de apagarlo
para que no me queme, me sirva de refrigerio, como lo fue para los jóvenes
hebreos en el horno de Babilonia.
Os pido lo uno o lo otro. ¿Qué importa el modo como yo sea feliz?
Si lo soy por la posesión de los bienes terrestres, os daré eternas acciones de
gracias; si lo soy por la privación de estos mismos bienes, será un prodigio más
gloria a vuestro nombre quedará estaré aún más reconocido.
He aquí una oración digna de ser ofrecida a Dios por un verdadero cristiano.
Cuando roguéis de este modo, ¿sabéis cuál es el efecto de vuestros votos? En
primer lugar estaréis contento suceda lo que suceda; ¿acaso desean otra cosa los
que están deseosos de bienes temporales que estar contentos? En segundo lugar,
no solamente no obtendréis infaliblemente una de las dos cosas que habéis
perdido, sino que ordinariamente obtendréis las dos.
Dios os concederá el disfrute de las riquezas; y para que las poseáis sin apego
y sin peligro, os inspirará a la vez un desprecio saludable.
Pondrá fin a vuestros dolores, y además os dejará una sed ardiente que os dará
el mérito de la paciencia, sin que sufráis.
En una palabra, os hará felices en esta vida y temiendo que vuestra dicha no os
corrompa, os hará conocer y sentir la vanidad.
¿Se puede desear algo más ventajoso? Nada, sin duda.
Pero como una ventaja tan preciosa es digna de ser pedida, acordaos también que
merece ser pedida con insistencia.
Pues la razón por la que se obtiene tan poco, no es solamente porque se pide
poco, es también porque, se pida poco o mucho, no se pide bastante.
PERSEVERANCIA EN LA ORACIÓN
¿Queréis que todas vuestras oraciones sean eficaces infaliblemente? ¿Queréis
forzar a Dios a satisfacer todos vuestros deseos? En primer lugar digo que no
hay que cansarse de orar.
Los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad
o de confianza; y de este modo no merecen ser escuchados.
Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra oración como
si fuera un mandato; ¿no sabéis que Dios resiste a los soberbios y que se
complace en los humildes? ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que
os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza
en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones
por rechazos absolutos.
Cuando se concibe verdaderamente hasta dónde llega la bondad de Dios, jamás se
cree uno rechazado, jamás se podría creer que desee quitarnos toda esperanza.
Pienso, lo confieso, que cuando veo que más me hace insistir Dios en pedir una
misma gracia, más siento crecer en mí la esperanza de obtenerla; nunca creo que
mi oración haya sido rechazada, hasta que me doy cuenta de que he dejado de
orar; cuando tras un año de solicitaciones, me encuentro en tanto fervor como
tenía al principio, no dudo del cumplimiento de mis deseos; y lejos de perder
valor después de tan larga espera, creo tener motivo para regocijarme, porque
estoy persuadido que seré tanto más satisfecho cuanto más largo tiempo se me
haya dejado rogar.
Si mis primeras instancias hubieran sido totalmente inútiles, jamás hubiera
reiterado los mismos votos, mi esperanza no se hubiera sostenido; ya que mi
asiduidad no ha cesado, es una razón para mi el creer que seré pagado
liberalmente.
En efecto, la. conversión de san Agustín no fue concedida a santa Mónica hasta
después de diez y seis años de lágrimas; pero también fue una conversión
incomparablemente más perfecta que la que había pedido.
Todos sus deseos se limitaban a ver reducida la incontinencia de este joven en
los límites del matrimonio, y tuvo el placer de verle abrazar los más elevados
consejos de castidad evangélica.
Había deseado solamente que se bautizara, que fuera cristiano, y ella le vio
elevado al sacerdocio, a la dignidad episcopal.
En fin, ella sólo pedía a Dios verle salir de la herejía y Dios hizo de él la
columna de la Iglesia y el azote de los herejes de su tiempo.
Si después de un año o dos de oraciones, esta piadosa madre se hubiera
desanimado, si después de diez o doce años, viendo que el mal crecía cada día,
que este hijo desgraciado se comprometía cada día en nuevos errores, en nuevos
excesos, que a la impureza había añadido la avaricia y la ambición; silo hubiera
abandonado todo entonces por desesperación, ¡cuál hubiera sido su ilusión! ¿Qué
agravio no hubiera hecho a su hijo? ¡De qué consolación no se hubiera privado
ella misma! ¡De qué tesoro no hubiera frustrado a su siglo y a todos los siglos
venideros!
UNA CONFIANZA OBSTINADA
Para terminar, me dirijo a aquellas personas que veo inclinadas a los pies del
altar, para obtener estas preciosas gracias que Dios tiene tanta complacencia en
vernos pedir.
Almas dichosas, a quienes Dios da a conocer la vanidad de las cosas mundanas,
almas que gemís bajo el yugo de vuestras pasiones y que rogáis para ser librados
de ellas, almas fervientes que estáis inflamadas del deseo de amar a Dios y de
servirle como los santos le han servido y usted que solicita la conversión de
este marido, de esta persona querida, no os canséis de rogar, sed constantes,
sed infatigables en vuestras peticiones; si se os rechaza hoy, mañana lo
obtendréis todo; si no obtenéis nada este año, el año próximo os será más
favorable; sin embargo, no penséis que vuestros afanes sean inútiles: Se lleva
la cuenta de todos vuestros suspiros, recibiréis en proporción al tiempo que
hayáis empleado en rogar; se os está amasando un tesoro que os colmará de una
sola vez, que excederá a todos vuestros deseos.
Es necesario descubriros hasta el fin los resortes secretos de la Providencia:
La negativa que recibís ahora no es más que un fingimiento del que Dios se sirve
para inflamar más vuestro fervor.
Ved cómo obra respecto a la Cananea, cómo rehúsa verla y oírla, cómo la trata de
extranjera y más duramente aún.
¿No diréis que la importunidad de esta mujer le irrita más y más? Sin embargo,
dentro de Él, la admira y está encantado de su confianza y de su humildad; y por
esto la rechaza.
¡Oh clemencia disfrazada, que toma la máscara de la crueldad con qué ternura
rechazas a los que más quieres escuchar! Guardaos de dejaros sorprender; al
contrario, urgid tanto más cuanto más os parezca que sois rechazados.
Haced como la Cananea, servios contra Dios mismo de las razones que pueda tener
para rechazaros.
Es cierto debéis decir, que favorecerme sería dar a los perros el pan de los
hijos, no merezco la gracia que pido, pero tampoco pretendo que se me conceda
por mis méritos, es por los méritos de mi amable Redentor.
Si, Señor, debéis temer que haya más consideración a mi indignidad que a vuestra
promesa, y que queriendo hacerme justicia os engañéis a vos mismo.
Si fuera más digno de vuestros beneficios, os seria menos glorioso el hacerme
partícipe de ellos.
No es justo hacer favores a un ingrato; ¡oh, Señor!, no es vuestra justicia lo
que yo imploro, sino vuestra misericordia.
¡Mantén tu ánimo! dichoso de ti que has comenzado a luchar tan bien contra Dios;
no le dejes tranquilo; le agrada la violencia que le hacéis, quiere ser vencida.
Haceos notar por vuestra importunidad, haced ver en vosotros un milagro de
constancia; forzad a Dios a dejar el disfraz y a deciros con admiración:
Magna est fides tua, fiat tibi sicut vis: Grande es tu fe; confieso que no puedo
resistirte más; vete, tendrás lo que deseas, tanto en esta vida como en la otra.
III. EJERCICIO PARTICULAR DE CONFORMIDAD CON LA DIVINA PROVIDENCIA
La práctica de este piadoso ejercicio es de suma importancia, a causa de las
preciosas ventajas que extraen siempre las personas que lo realizan bien.
1. Actos de fe, de esperanza y de caridad
I. En primer lugar se hace un acto de fe en la Providencia divina.
Se intenta penetrarse bien de esta verdad de que Dios toma un cuidado continuo y
muy atento, no solamente de todas las cosas en general, sino también de cada una
en particular, de nosotros sobre todo, de nuestra alma, de nuestro cuerpo, de
todo lo que nos interesa; que su solicitud, a la que nada escapa, se extiende a
nuestra reputación, a nuestros trabajos, a nuestras necesidades de toda clase, a
nuestra salud como a nuestras enfermedades, a nuestra vida como a nuestra muerte
y hasta al menor de nuestros cabellos que no puede caer sin su permiso.
II. Luego del acto de fe, se hace un acto de esperanza.
Entonces, se excita uno a una firme confianza en que esta Providencia divina
proveerá a todo lo que nos concierne, que nos dirigirá, nos defenderá con una
vigilancia y una afección más que paternal y nos gobernará de tal modo que
suceda lo que suceda, si nos sometemos a su dirección, todo nos será favorable y
volverá en bien nuestro, incluso las cosas que parezcan más contrarias.
III. A estos dos actos hay que añadir el de la caridad.
Se testimonia a la divina Providencia el más vivo afecto, el amor más tierno,
como un niño lo testimonia a su buena madre refugiándose en sus brazos; se hacen
protestas de un amor absoluto por todos sus designios, por impenetrables que
sean, sabiendo que son el fruto de una sabiduría infinita que no puede
equivocarse y de una bondad soberana que no puede querer más que la perfección
de sus criaturas; se hace de tal modo que este aprecio sea bastante práctico
para disponemos a hablar de buena gana de la Providencia e incluso a tomar su
defensa altamente contra los que se permitan negarla o criticaría.
2. Acto de filial abandono a la Providencia
Después de haber renovado muchas veces estos actos y de haberse penetrado bien
de ellos, el alma se abandona a la divina Providencia, reposa y duerme
dulcemente en sus brazos, como un niño en los brazos de su madre. Hace suyas
entonces aquellas palabras de David: En paz me duermo luego que me acuesto
porque tú, Señor, me das seguridad (Sal. 4, 9-10). O bien dirá con el mismo
profeta: El Señor es mi Pastor; nada me falta. Me pone en verdes pastos y me
lleva a frescas aguas. Recrea mi alma y me guía por las rectas sendas, por amor
de su nombre y por mi perfección. ¡Oh mi Señor! guiado por vuestra mano y
cubierto por vuestra protección, aunque haya de pasar por un valle tenebroso, en
medio de mis enemigos, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo. Tu vara y
tu cayado son mi consuelo. Tú pones ante mi una mesa, enfrente de mis enemigos.
Sólo bondad y benevolencia me acompañan todos los días de mi vida, y estaré en
la casa del Señor por muy largos años (Sal. 22). Llena de la alegría que le
inspira también suaves palabras el alma recibe con respeto a esta dichosa
disposición, todos los acontecimientos presentes de manos de la divina
Providencia y espera todos los venideros con una dulce tranquilidad de espíritu,
con una paz deliciosa. Vive como un niño, al abrigo de toda inquietud. Pero esto
no quiere decir que ella permanezca en una espera ociosa de las cosas teniendo
necesidad de ellas o que descuide el aplicarse a los asuntos que se presenten.
Al contrario, hace por su parte, todo lo que depende de su mano, para llevarlos
bien, emplea en ellos todas sus facultades; pero sólo se da a tales cuidados
bajo la dirección de Dios, no mira su propia previsión más que como sometida
enteramente a la de Dios y le abandona la libre disposición de todo, no
esperando otro éxito que el que está en los designios de la voluntad divina.
3. Utilidad de este ejercicio
¡Oh! ¡Cuánta gloria y honor da a Dios el alma dispuesta de este modo!
Verdaderamente es una gran gloria para Él el tener una criatura tan apegada a su
Providencia, tan dependiente de su conducta, llena de una esperanza tan firme y
disfrutando de un reposo de espíritu tan profundo en espera de lo que tenga a
bien enviarle. Y también, ¡cuánto cuidado no tomará Dios de tal alma! Él vela
sobre las menores cosas que le interesan: Inspira a los hombres establecidos
para gobernarla todo lo que es necesario para dirigirla bien; y si por el motivo
que sea, esos hombres quisieran obrar en relación con ella de un modo que le
fuera perjudicial, Él haría surgir obstáculos a sus designios por caminos
secretos e inesperados y les forzaría a adoptar lo que sería más ventajoso para
esta alma querida.
El Señor guarda a cuantos le aman (Sal. 144,20). Si la Escritura da ojos a este
Dios de bondad, es para velar por ellos; si le atribuye orejas es para
escucharlos; si manos, es para defenderlos. Y quien les toque, toca al Señor en
la niña de los ojos. Los niños serán llevados a la cadera, dice el Señor por
boca del profeta Isaías, y serán acariciados sobre las rodillas. Como consuela
una madre a su hijo, así os consolaré yo a vosotros (Is. 66, 12-13). En Oseas:
Yo enseñé a andar a Efraín, le llevé en brazos (Os. 11,3). Mucho tiempo antes
Moisés había dicho: En el desierto has visto como te ha llevado el Señor, tu
Dios, como lleva un hombre a su hijo, por todo el camino que habéis recorrido
hasta llegar a este lugar (Deut. 1, 31). También dice Dios en Isaías: Mamarás a
los pechos de los reyes, recibirás un alimento delicioso y divino, y sabrás,
mediante una dulce experiencia, con qué solicitud Yo, el Señor, soy tu Salvador
(Is. 60, 16). ¡ Oh! ¡ dichosa situación para un alma!
En la persona de Noé se encuentra una imagen sensible de la felicidad que gusta
el que se abandona completamente a Dios. Noé estaba en reposo y en paz en el
arca con los leones, los tigres, los osos porque Dios le conducía mientras que
las espantosas lluvias caían del cielo y en medio del trastorno general de los
elementos y de toda la naturaleza. Por el contrario, los demás estaban en la más
extraña confusión de cuerpo y de espíritu, perdían sus bienes, sus mujeres, sus
hijos y hasta ellos mismos se perdían, tragados despiadadamente por las olas.
Del mismo modo el alma que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de
su barca, boga con tranquilidad en el océano de esta vida, en medio de las
tempestades del cielo y de la tierra, mientras que los que quieren gobernarse
ellos mismos el Sabio los llama almas en tinieblas, excluidas de tu eterna
Providencia (Sab. 17, 1-2) están en continua agitación y, no teniendo por piloto
más que su voluntad inconstante y ciega, acaban en un funesto naufragio después
de haber sido el juguete de los vientos y de la tempestad.
Abandonémonos completamente a la divina Providencia, dejémosle todo el poder de
disponer de nosotros; comportémonos como sus verdaderos hijos, sigámosla con
verdadero amor como a nuestra madre; confiémonos a ella en todas nuestras
necesidades, esperemos sin inquietud que aporte los remedios de su caridad. En
fin, dejémosla obrar y ella nos proveerá de todo en el tiempo, en el lugar y del
modo más conveniente; ella nos conducirá por caminos admirables al reposo del
espíritu y a la dicha a que estamos llamados a gozar incluso desde esta vida,
como un anticipo de la eterna felicidad que nos ha sido prometida.
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
✝️ 🌍 💔 🌱 🌹