CAPÍTULO IV DE LA CONTEMPLACIÓN
ARTÍCULO I. - Hay dos clases de contemplación
Se pueden distinguir dos clases de contemplación, una ordinaria y otra extraordinaria.
II. La contemplación ordinaria es un hábito sobrenatural por el que Dios eleva las potencias del alma a conocimientos y luces sublimes y a grandes sentimientos y saboreos espirituales, siempre que no encuentre en el alma pecados, pasiones, afectos o cuidados que impidan las comunicaciones que nos quiere hacer.
III. Los que poseen este hábito fácilmente oran y tienen como a su disposición la gracia del Espíritu Santo para el ejercicio de las virtudes teologales: tanto que hacen actos de ellas cuando quieren, después de haber levantado su corazón a Dios para obtener su ayuda que siempre está dispuesta.
IV. La otra clase de contemplación más elevada está en los arrobamientos, en los éxtasis, en las visiones y en otros efectos extraordinarios.
La contemplación infusa, ordinaria conduce a la extraordinaria, con la que se adelanta en poco tiempo más camino que con aquella en muchos años. Es decir, que se adquieren más virtudes y con más rapidez. Con la meditación, el alma camina a pie y con trabajo; con la contemplación, se eleva sin ningún esfuerzo. Así decía Santa Teresa que Dios la introdujo en esta clase de oración, cesaron de un golpe todas las dificultades y sentía un poderoso atractivo por los actos de todas las virtudes, que practicaba con gusto extraordinario y suavidad maravillosa. Generalmente, los que poseen este último don de oración oran sin enterarse, sin saber que oran, y por esto precisamente es perfecta la oración. En esta oración el alma se presenta delante de Dios. Se queda así sin preocuparse de hacer actos diferentes y múltiples, ocupándose ya de mirar a Dios sencillamente, con respeto y amor, y algunos sentimientos piadosos que Él mismo inspira, y que según la disposición del alma o el estado de perfección y pureza a que haya llegado, lo mismo pueden durar una hora que dos, un día o dos días: en las almas puras la presencia de Dios se hace casi continua. Algunos dicen que en esta clase de oración no se hacen actos. Esto en rigor no es verdadero porque siempre se hacen algunos, aunque de una manera más elevada, más sencilla y casi imperceptible. La suspensión completa de todo acto es una ociosidad muy peligrosa.
Los directores suelen cometer dos faltas al tratar de la contemplación. Unos -poco espirituales o demasiado tímidos-, errando enteramente esta puerta a las almas que conducen, les impiden entrar aunque Dios las llame. Los otros por el contrario, queriendo llevar indiferentemente a todo el mundo, no hablándoles más que de oración, de simplicidad, de gracias extraordinarias, de palabras interiores, de visiones, revelaciones y éxtasis.
Dios sencillamente, con respeto y amor, y algunos sentimientos piadosos que Él mismo inspira, y que según la disposición del alma o el estado de perfección y pureza a que haya llegado, lo mismo pueden durar una hora que dos, un día o dos días: en las almas puras la presencia de Dios se hace casi continua. Algunos dicen que en esta clase de oración no se hacen actos. Esto en rigor no es verdadero porque siempre se hacen algunos, aunque de una manera más elevada, más sencilla y casi imperceptible. La suspensión completa de todo acto es una ociosidad muy peligrosa.
Suárez juzga inverosímil que no haya una cierta renovación de ideas y sobre todo de pensamientos. Dice: «Yo creo que solamente en este sentido puede, habitualmente, prolongarse la contemplación; pero es muy raro que un solo acto pueda durar tanto tiempo». De Orat, 11, Cap. X, 12, 13.