CAPÍTULO XVIII
La contemplación mística
Preliminares
No es menester ponderar la excelencia interna y los frutos de santidad que, bien correspondida, atesora la contemplación mística: bien sabido es; y lo poco que de ella diremos, lo hace por sí mismo evidente. En estos capítulos, daremos únicamente lo que juzgamos conveniente para directores noveles; nada más. Por ser nuestro fin, facilitar la buena dirección, trataremos la mística en plan descriptivo: es el más útil para darse cuenta de los pasos en que anda el alma y para conocer lo que normalmente habrá precedido y lo que puede esperar aún y hasta dónde se va abriendo el horizonte de lo que pretende hacer Dios con el alma. Téngase, pues, muy presente en todo lo que sigue, este plan descriptivo y nuestro fin puramente práctico al adoptarlo aquí.
I. Nociones
- Místico
- Contemplación mística
- Distinta e indistinta
- Actos y estados místicos
- Estadios de la contemplación mística
- La escala mística
- Irregularidades
- Intermedios
- Gracias estables e intermitentes
1. Místicos
Son los actos y estados sobrenaturales, que ni con todos nuestros esfuerzos, ni con toda nuestra habilidad, podemos producir ni por un instante, ni en el grado más pequeño; sino que requieren gracias especiales, que no están en nuestra mano y sacan nuestra manera de obrar por encima de las leyes sociológicas naturales.
Rezar un Padrenuestro, poner un acto de contrición, detenerse en una consideración piadosa..., son actos sobrenaturales; pero no son místicos, porque siempre tengo a mano la gracia para ponerlos cuando quiera. Sentir afectos vivos de contrición, de confianza en Dios, de amor a Dios..., son actos sobrenaturales; pero no son místicos, porque con la gracia corriente y el conato personal, puedo poner esos actos, al menos por algún tiempo y con grado, al menos, débil de viveza. Por la misma razón, las jaculatorias del P. DOYLE, extraordinarias en su número, no son místicas.
En cambio, ver a mi Ángel de la Guarda, palpar a Dios en mi alma..., son actos místicos; no están en mi mano, ni con fuerzas podré lograrlo ni por un instante, ni en sombra. El acto místico:
- Viene cuando Dios quiere darlo; a veces con alguna ocasión devota, v. gr., lectura espiritual, conversación espiritual, meditación, rato de recogimiento...; otras veces sin ocasión exterior especialmente favorable, v. gr., trabajando entre día, al despertar entre noche...
- Cesa cuando Dios quiere; a veces cuando más embebida está el alma y más deseosa de prolongarlo.
- Aumenta y disminuye en intensidad, grado, forma, clase, como Dios quiere, sin que pueda el alma introducir por sí misma cambio alguno.
- No se puede evitar con solo no querer: luego veremos que, en el primer estadio, si es inferior al éxtasis, se puede disminuir o ahuyentar la contemplación indistinta, moviendo el cuerpo o los ojos. Cuanto más intensa es la gracia que se quiere atenuar o evitar, tanto más vivo ha de ser el movimiento: si la gracia es débil, basta un paso lento, si viene más fuerte la gracia, hay que aligerar el paso; S. José de Cupertino, en acabando la Misa, tenía que ir corriendo a la celda, y en cuanto se paraba, quedaba en éxtasis. El movimiento de los ojos equivale a un paso ligero; si es rápido y amplio entre dos puntos distantes, tiene la eficacia de una carrera para disminuir o evitar la gracia de la contemplación infusa.
meditación, rato de recogimiento... ; otras veces sin ocasión exterior
especialmente favorable, v. gr., trabajando entre día, al despertar entre
noche... h) Cesa cuando Dios quiere; a veces cuando más embebida está el alma y
más deseosa de prolongarlo.
13. Cuanto más fiel es el alma mística, más seguida va la sequedad, impotencia de discurrir...
Y cuanto más arriba la quiere luego subir Dios, más fuerte es y más dura. Por tanto, cuanto menos interrupciones de consuelo tenga, mejor señal es. Si abundan las consolaciones, o no responde bien el alma o la altura a que la prepara Dios, es poca. Miremos si hay deficiencias en la correspondencia del alma, especialmente de generosidad, de humildad, de firmeza en no buscar cebo de disipación y perseverancia en la oración así desabrida. No echemos al alma culpas que no tenga: tampoco la prometamos, lo que no aparece aún claro que la quiere dar Dios; pero velemos porque sea fiel y animémosla con el fruto, que por corto que sea, será grande.
Unos con POULAIN la llaman submística, otros, como TANQUEREY, quietud árida: ambos nombres tienen fundamento real en la cosa misma, pues encierra ya latentes los elementos místicos y, en subiendo algo la intensidad, tenemos ya la quietud y al revés, si baja de intensidad la quietud, se halla de nuevo el alma como en la noche del sentido. Adviértase bien este adelantarse la noche en la gente recogida; porque se desorientan fácilmente los que a poco de empezar su noviciado, se hallan con estas arideces y toman por mala señal, la que es buena de su disposición y aprovechamiento. Estos los más, son los que en seguida divide, el Santo en dos grupos desiguales; de los cuales el mayor, no es admitido a la contemplación mística. Por tanto, para la mayoría, este estado, aunque parecido al submistico, ni lo es ni tiene los elementos característicos del submistico. Para los menos, los llamados a la mística y ya aquí brindados con ella, es realmente submistico, porque envuelve elementos místicos de contemplación infusa. Consecuencia importante. De ver un alma en estas arideces, no se deduzca, sin más, que la llama Dios a la contemplación infusa y empieza ya a introducirla en ella. Proceder así, será errar en la mayoría de los casos, pues para la mayoría, es estado ascético, «sólo los mete Dios en esta noche a estos, para ejercitarlos y humillarlos y reformarlos el apetito, porque no vayan criando golosina viciosa en las cosas espirituales, y no para llevarlos a la vía del espíritu, que es esta contemplación (porque no a todos los que se ejercitan de propósito en el camino del espíritu lleva Dios a contemplación, ni aun a la mitad, el porqué, El se lo sabe); de aquí es ...a (Noche, 1, 9, 9.)
14. Consejos prácticos. Sufrimientos.
Mucha paciencia: tenerla uno y saberla infundir. Sufre mucho el alma y fácilmente molesta al director. El hastío y empacho que traen la sequedad y el no poder manejar las potencias; las distracciones en lucha con la idea seca y general de Dios; la sed de Dios no saciada, pero sí agudizada; a menudo grandes escrúpulos y tentaciones fuertes del enemigo; todo ello hace pesada la carga interior y le da la impresión de que lo ha perdido todo y se pierde del todo por este camino áspero y sin salida. El enemigo se aprovecha para sugerir insistentemente la necesidad de cambiar de rumbo y aun abandonar la oración; pues está claro que no es para sí esta manera de vida. Y lo peor es que no faltan confesores que les aconsejen lo mismo, tanto en la noche del sentido, como en la del espíritu, aun a personas que andan tocando ya el éxtasis. No dejan de juntarse ya enfermedades ya fracasos en sus empresas, ya dificultades y disgustos con amigos y allegados. Lo ordena Dios para desprender antes y más fácilmente de lo terreno; pero no lo ve así el paciente, que sufre con ello y va hallando cerrado por todas partes el horizonte. Hay peligro de que se canse y aburra y afloje y busque variedad en la diversión y disipación: peligro de que se obstine en volver a sus meditaciones y a las ideas concretas, a que estaba acostumbrado y con que antes se las manejaba tan fácilmente y tan a gusto: peligro de que pida con ansia remedios que le saquen de ese estado, del que no debe salir sino avanzando, por él hasta el final de la prueba y purificación.
15. Las tentaciones
Entre las mil que suelen venir, son las más típicas de esta noche:
- Desaliento: No halla nada, le cuesta todo, todo lo hace mal; ha perdido la devoción, la fe, la esperanza, la caridad... (lo único que ha perdido es el gusto y sabor de la devoción, de la fe...).
- Contra la castidad: frecuentes, vivas, largas, terribles, que le angustian y hacen temer no sea real y firme su amor a la pureza (aprovecha el enemigo para estas tentaciones, la base general de la naturaleza humana y la depresión sociológica y tristeza a que propende el alma en su desabrimiento y desaliento).
- De impaciencia: sufre tanto y está el natural tan destemplado y acibarado por la aridez y desconsuelo interior y las contrariedades exteriores, que le cuesta tener paz consigo y con todos y con Dios.
- Escrúpulos: atenazan con frecuencia muy duramente al alma en estas fases y la revuelven y desazonan y hacen subir de punto la tendencia.
- Revolver una y cien veces toda la vida: y multiplicar las confesiones generales, para ver y echar de sí las culpas que, al mejor tiempo, la han venido a alejar de Dios y cerrarla su trato familiar y sabroso de antes con Dios.
16. Puntos capitales
Ante todo hay que tener y mostrar comprensión, bondad y paciencia, suavidad y energía, aguantarla y sostenerla. Hacerse cargo y mostrar que se hace uno cargo de su tormento y ansiedad: sólo así se podrá infundir calma, resignación, esperanza y aliento al alma: sólo así podrá el alma tener confianza y seguridad en la dirección. Con dulzura y firmeza:
- Corregir las faltas deliberadas y los descuidos advertidos. (Este es el criterio que ha de tener y enseñar al dirigido el director.)
- Fomentar el recogimiento, en el grado y formas que armonicen con las obligaciones, capacidad y gracias del dirigido.
- Hacerle pedir y recurrir mucho a Dios y con toda confianza. (Esté muy alerta a este punto el director, porque cuesta la oración y hay peligro de que afloje en ella el paciente y aun de que la abandone).
- Rechazar en absoluto la idea (que fácilmente degenera en morbosa), de que está abandonado de Dios por sus infidelidades: al revés ha de inculcarle el director, que está Dios, oculto, sí, pero muy con el alma y con mucho amor y grandes dones para el alma.
- No permitir confesiones generales ni exámenes para ellas; de lo contrario, se pone al alma «más que a morir», en frase muy real de S. JUAN DE LA CRUZ.
- Esto no quita se mire, sin ansiedades, si da el alma alguna causa para la sequedad, y, si la hay, corregirla.
- No dar esperanzas de que va a pasar en seguida esta fase espiritual, pues no es raro que dure años enteros seguidos.
- Insistir mucho en que a la oración no se va a por consuelos; sino a estar con Dios y recibir con humildad y gratitud el trato que Dios quiera dar al alma.
- Hacerla acompañar a Jesucristo en la oración del huerto y acompañarse allí de Jesucristo, para ejemplo, confortamiento y esperanza.
- En fin, saber y hacer entender que, para abreviar este tormento, no hay medio mejor que abrazar esta cruz con generosidad y amor, ser fiel en ella y constante, pedir al Señor sostenga con su gracia al alma y apresure el fruto de la prueba. Fuera de la oración, completar lo que haya menester, la instrucción espiritual.
17. Avance de frutos
Para esta clase y para todas las gracias místicas, no pidamos de repente los frutos de virtud; no los da así la contemplación desde los grados inferiores; ni para todo en seguida en los superiores del primer estadio. Mientras vayan disminuyendo las faltas advertidas y trabaje - lealmente, pero sin violencias- por ir quitando los descuidos advertidos; bien va el alma y todo llegará. Otra cosa es mirar la fuerza de las gracias que recibe y ver cómo responde a ellas, y si van dando su efecto propio: v. gr., si van dejando más humildad y menos fiarse de sí y no contar con su firmeza, energía, medios... Si aparece alguna palabra sustancial (que imprimen y dejan hecho lo que dicen) ver si realmente quedó hecho. No hay que admirarse en particular de que perduren los defectos que provienen naturalmente del temperamento, carácter, costumbre añeja y que no suponen falta presente en el sujeto; tanto más que muchas veces los deja Dios para humillación mayor del alma y para ocultarla otras gracias y progresos. Lo importante es que el alma trabaje con generosidad, constancia y paz, por conocerse y enmendarse. Mucho menos se ha de tener por segura un alma, que tiene gracias místicas. No es menester gran experiencia, para haber topado con almas, que resisten y se estancan y vuelven atrás, después de tiempos con la contemplación infusa. Bien lo advierte S. JUAN DE LA CRUZ y que aun entrada el alma en el éxtasis, puede aun caer, lo nota STA. TERESA y, en fin, la impaciencia no viene sino en el grado primero del matrimonio espiritual, y sólo en el segundo la impecabilidad. De quejas y escándalos falsos contra los místicos no hay que dejarse llevar ni impresionar fácilmente tampoco. Se toman a veces por faltas en ellos, cosas que ni exteriormente lo son; se interpretan mal a veces cosas muy buenas y hay tantos de criterios estrechos que si no se piensa como ellos y se hace tal cosa a que ellos dan importancia mayor y se apoyan en tales máximas, que son las de ellos... No todo celo es de fiar.
18. En la oración
Huir de dos extremos:
- Si alguna vez siente facilidad para pensar seguido cosas concretas, discurrir, mover afectos... que lo haga; la deja Dios, y si ella no lo hace, quedará ociosa.
- No permitir esfuerzos violentos ni muy intensos ni continuados por discurrir, pensar seguido cosas concretas... cuando procurándolo suavemente no lo consigue; la ata Dios las potencias y no ha de ir contra la obra de Dios.
- Fácilmente nace en estas circunstancias el deseo de cambiar de ruta: se puede permitir que haga algunas veces suavemente la prueba, tomando un libro de meditación, rezando vocalmente...; pero no que haga esfuerzos, no que se obstine en repetir una y otra vez las pruebas.
- Ha de persuadirse que aquello es lo que Dios quiere y por ahí tendrá que ir, mientras Dios quiera.
19. Efectos y frutos
En dos palabras son:
- Purificar la parte sensitiva, aunque no en sus últimas raíces; desprendiendo el corazón de lo exterior, cuidando más la exactitud y perfección de sus obras, creciendo en humillación interior y conocimiento propio, alimentando un amor fuerte de Dios, entrando más por la abnegación.
- Entrar en los estadios místicos: haciéndose a la simplicidad y oscuridad de la contemplación infusa, haciéndose manejable a Dios y a sus dones, dándose más cuenta de la obra de Dios en la contemplación, quietándose y sosegándose en la contemplación.
20. ¿Cómo se distingue esta aridez de la tibieza?
- No tiene, como los tibios, su gusto y consuelo en la disipación ni en lo exterior ni en las criaturas.
- En vez del descuido de los tibios, tiene el pensamiento de Dios y la solicitud y cuidado de que no le sirve bien.
- El no poder meditar ni pensar seguido cosas concretas, es impotencia verdadera y no falta de atención y de aplicación; al revés del tibio que, si se pone de veras, puede.
- Finalmente, en el ejercicio real del vencimiento, de las virtudes y de mayor fidelidad y perfección en sus obras.
III. Sicología interna de la noche del sentido
La euforia del estado anterior. - El desplome de esa euforia. - Trauma y angustia vital. - La reacción del alma.
21. Sicología interna de la noche del sentido
Para hacer más comprensible el estado del alma en la noche del sentido, vamos a dar una idea esquemática del proceso sociológico que envuelve. Por esta muestra, se podrán luego ya más fácilmente hacer cargo del correspondiente a la noche del espíritu y a fases más rápidas de purificación, que suelen preceder y anunciar la definitiva, en almas llamadas en esta vida, a las cumbres más altas de la unión mística con Dios.
22. La euforia del estado anterior
Resulta de los puntos siguientes:
- Facilidad en su pensar en cosas espirituales; con manejo suave y a su albedrío del entendimiento y el acompañamiento, normalmente acoplado, de la imaginativa. En lo cual se comprenden: ideas concretas y claras: discursos ya más hilados ya más breves y sueltos (según el temperamento y modo personal y también según los progresos logrados en la oración activa); imágenes, en unos, más plásticas, en otros más diluidas, pero armónicas con el pensamiento y afecto.
- El gusto frecuente de la devoción sensible, con la participación ya suave ya intensa de lo afectivo y emocional.
- Los puntos anteriores dan la sensación de holgura y seguridad funcional en sus sectores naturales de ideas y afectos. Se juntan por otra parte: el descanso moral de la conciencia. La convicción de amistad sabrosa con Dios y de progreso espiritual, en la fidelidad propia y en la ayuda divina de gracias, muchas veces, palpables.
23. El desplome de esa euforia
Causado por la contemplación mística, naciente ya, pero no conocida por el alma. Porque:
- Estorba el manejo libre y espontáneo del entendimiento, sino que tiende a fijarlo en Dios; pero sin discursos, sin ideas claras y concretas, disociado de la imaginativa.
- Mata el gusto sensible de la devoción y pone en sequedad e impotencia el afecto sensible.
- El resultado es paralizar el funcionamiento natural y acostumbrado y disfrutado hasta ahora, en los sectores de ideas y afectos.
- La noticia general infusa y el amor puramente espiritual infuso, son todavía débiles y desacostumbrados y no afloran claros a la conciencia sociológica.
- Con todo esto se produce: malestar vivo funcional; entorpecido el anterior y natural; débil, insensible y desconocido el nuevo.
- Perturbación moral de la conciencia; recelo de su propia fidelidad (porque no obra como antes ni en la oración ni fuera de ella); recelo de la amistad de Dios (porque le ha retirado su gusto y devoción y no le otorga las gracias palpables de antes).
24. Trauma y angustia vital
- Fallen los resortes naturales y no siente aún los nuevos ni los puede sentir; ni los acierta a entender, a pesar de las indicaciones del director, a quien ha de creer y obedecer sin ver y contra lo que la parece al alma ver en sí.
- Desaparecieron los frutos regustados y no saborea los nuevos, ni los puede saborear; ni entiende cómo ve tan seguras las cosas el director, cuando ella cree ver y palpar que lo ha perdido todo y que se pierde del todo.
- Sin lo natural y con lo infuso sin discernir ni entender; se desorienta y alarma en lo, para ella, más fundamental: Dios y la vida de su alma.
25. La reacción del alma
- Lo natural y a lo que procura llevarla el enemigo, es: desorientación. Forcejear por la vuelta de lo anterior, ya perdido. Ante lo inútil y contraproducente de tal empeño: desaliento. Intranquilidad. Tristeza. Idea de abandonar la vida espiritual, en la cual se siente totalmente fracasada, cuando se las prometía ella más felices. Las tentaciones y escrúpulos por dentro, como las enfermedades, reveses, incomprensiones y disgustos por fuera; refuerzan más la tristeza, desaliento y la idea de abandonar la vida espiritual. ¡Pobre del alma que se halla aquí sola, sin una mano que la guíe y sostenga! ¡Más pobre aún y en más peligro, la que tiene un consejero que no conoce a fondo estas fases místicas! Si hasta almas bien dirigidas, se estancan aquí y vuelven atrás, ¿qué será de las que van sin dirección?, ¿qué de las que van mal dirigidas?
26. B) La gracia
No deja de trabajar, orientando en la oscuridad y sosteniendo en el abandono aparente.
- Exteriormente: Mucho bien hace a veces a estas almas un buen libro orientador, que las alumbre en confianza y humildad; pero nada exterior se puede comparar con la dicha de tener aquí un buen director, que afiance al alma y la sostenga fiel en la prueba.
- Interiormente, obran, ante todo, los elementos mismos de la gracia mística para orientar y sostener al alma: la idea de Dios persistente, es una llamada continua hacia Dios; tanto más segura, cuanto que no es buscada y trabajada por el alma, sino que se impone al alma. La necesidad de Dios persistente, con su cuidado penoso de que no sirve a Dios bien; es un aguijonear constante que empuja hacia Dios. La inclinación y ganas de estarse a solas y en quietud, sin pensar en cosa particular, sino sólo con la idea general amorosa de Dios; está contrarrestando el deseo de forcejear por la vuelta a lo pasado y ya perdido y sobrepasado. Lo acibarado que hace experimentar todo lo sensible, natural y espiritual; la aparta al alma de ello y la impele a quedarse y asentarse en solo Dios, por más oscuro y escondido que lo sienta. Todo esto lo van obrando gracias de pura fuerza en fe (de las cuales hablaremos despacio más adelante, cap. XXIII, núms. 26-29).
27. g) Las almas muy marianas
Empiezan a ser ya aquí favorecidas por la protección especial de la Virgen Santísima, que sin quitar eficacia a la prueba y purificación, se la hace más tolerable y robustece más la confianza y, con ella, da cierta anchura de corazón en los aprietos mismos interiores.
la ata Dios las potencias y no ha de ir contra la obra de Dios. c) Fácilmente
nace en estas circunstancias el deseo de cambiar de ruta: se puede permitir que
haga algunas veces suavemente la prueba, tomando un libro de meditación, rezando
vocalmente...; pero no que haga esfuerzos, no que se obstine en repetir una y
otra vez las pruebas. d) Ha de persuadirse que aquello es lo que Dios quiere y
por ahí tendrá que ir, mientras Dios quiera.