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El Don de Ciencia
El Don de Ciencia en Audio
Los 7 Dones del Espíritu Santo
El quinto don del Espíritu Santo, siguiendo la escala ascendente
de menor a mayor perfección, es el don de ciencia, que vamos a estudiar
cuidadosamente a continuación.
Algunos autores asignan al don
de ciencia la misión de perfeccionar la virtud de la esperanza. Pero
Santo Tomás lo adjudica a la fe, asignando a la esperanza el don de
temor, cómo ya vimos. Nosotros seguimos este criterio del Doctor
Angélico, que se funda, nos parece, en la naturaleza misma del don de
ciencia.
1. Naturaleza del don de ciencia.
El, don
de ciencia es un hábito sobrenatural infundido por Dios con la gracia
santificante, por el cual la inteligencia del hombre, bajo la acción
iluminadora del Espíritu Santo, juzga rectamente de las cosas creadas en
orden al fin último sobrenatural.
Expliquemos los términos de
esta sintética definición para captar un poco mejor la verdadera
naturaleza de este admirable don.
ES UN HÁBITO SOBRENATURAL
INFUNDIDO POR Dios con la gracia santificante.
—No se trata de la
ciencia humana o filosófica, que da origen a un conocimiento cierto y
evidente de las cosas deducido por el raciocinio natural de sus
principios o causas próximas o remotas. Ni tampoco de la ciencia
teológica, que deduce de las verdades reveladas por Dios las
virtualidades que contienen valiéndose del discurso o raciocinio
natural. Sino de cierto sobrenatural conocimiento procedente de una
ilustración especial del Espíritu Santo, que nos descubre y hace
apreciar rectamente el nexo de las cosas creadas con el fin último
sobrenatural. Más brevemente: es la recta estimación de la presente vida
temporal en orden a la vida eterna. Es un hábito infuso, sobrenatural,
inseparable de la gracia, que se distingue esencialmente de los hábitos
adquiridos, de la ciencia natural y de la teología.
Por el
cual la inteligencia del hombre.
—El don de ciencia, como hábito,
reside en el entendimiento, lo mismo que la virtud de la fe, a la que
perfecciona. Y es primariamente especulativo, y secundariamente
práctico.
Bajo la acción iluminadora del Espíritu Santo.
—Es
la causa agente que pone en movimiento el hábito sobrenatural del don.
En virtud de esa moción divina, diferentísima, de la gracia actual
ordinaria, que pone en movimiento las virtudes, la inteligencia humana
aprehende y juzga las cosas creadas por cierto instinto divino, por
cierta con naturalidad, que el justo posee potencialmente, por las
virtudes teologales, con todo cuanto pertenece a Dios. Bajo la acción de
este don, el hombre no procede por raciocinio laborioso, sino que juzga
rectamente de todo lo creado por un impulso superior y una luz más alta
que la de la simple razón iluminada por la fe.
Juzga
rectamente.
—Esta es la razón formal que distingue al don de
ciencia del don de entendimiento. Este último, como veremos, tiene por
objeto captar y penetrar las verdades reveladas por la profunda
intuición sobrenatural, pero sin emitir juicio sobre ellas «simplex
intuitus veritatis», El de ciencia, en cambio, bajo la moción especial
del Espíritu Santo, juzga rectamente de las cosas creadas en orden al
fin último sobrenatural. Y en esto se distingue también del don de
sabiduría, cuya función es juzgar de las cosas divinas, no de las
creadas.
«La sabiduría y la ciencia —escribe el Padre
Lallemant— tienen algo de común. Las dos hacen conocer a Dios y a las
criaturas. Pero cuando se conoce a Dios por las criaturas y cuando nos
elevamos del conocimiento de las causas segundas a la causa primera y
universal, es un acto de ciencia. Y cuando se conocen las cosas humanas
por el gusto que se tiene de Dios y se juzga de los seres creados por
los conocimientos que se tienen del primer ser, es un acto de
sabiduría».
De las cosas creadas en orden al fin último
sobrenatural.
—Es, como ya hemos dicho, el objeto
material sobre el que recae el don de ciencia. Y como las cosas creadas
pueden relacionarse con el fin ya sea impulsándonos hacia él, ya
tratando de apartarnos del mismo, el don de ciencia da al hombre justo
el recto juzgar en ambos sentidos Más aún, el don de ciencia se extiende
también a las cosas divinas que se contemplan en las criaturas,
procedentes de Dios, para manifestación de su gloria, según aquello de
San Pablo: Lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son
conocidos mediante las criaturas» (Romanos 1,20).
«Este recto juzgar de las criaturas es la ciencia de los santos; y
se funda en aquel gusto espiritual y afecto de caridad que no descansa
solamente en Dios, sino que pasa también a las criaturas por Dios,
ordenándolas a El y formando un juicio de ellas según sus propiedades,
esto es, por las causas inferiores y creadas; distinguiéndose en esto la
sabiduría, que arranca de la causa suprema, uniéndose a ella por la
caridad»
2. Importancia y necesidad.
El don de
ciencia es absolutamente necesario para que la fe pueda llegar a su
plena expansión y desarrollo en otro aspecto distinto del que
corresponde —como veremos— al don de entendimiento. No basta aprehender
la verdad revelada, aunque sea con esa penetración profunda e intuitiva
que proporciona el don de entendimiento; es preciso que se nos dé
también un instinto sobrenatural para, descubrir y juzgar rectamente las
relaciones de esas verdades divinas con el mundo natural y sensible que
nos rodea. Sin ese instinto sobrenatural, la misma fe peligraría:
porque, atraídos y seducidos por el encanto de las cosas creadas e
ignorando el modo de relacionarlas con el mundo sobrenatural, fácilmente
erraríamos el camino, abandonando —al menos prácticamente- las luces de
la fe y arrojándonos, con una venda en los ojos, en brazos de las
criaturas; La experiencia diaria confirma demasiado todo esto para que
sea menester insistir en cosa tan clara. El don de ciencia presta, pues,
inestimables servicios a la fe, sobre todo en la práctica. Porque por
él, bajo la moción e ilustración del Espíritu Santo y por cierta
afinidad y connaturalidad con las cosas espirituales, juzgamos
rectamente, según los principios de la fe, del uso de las criaturas, de
su valor, utilidad o peligros en orden a la vida eterna; de tal manera
que del que obra bajo el influjo de este don puede decirse con mucha
propiedad y exactitud que ha recibido de Dios la ciencia de los santos:
«dedit lili scientiam sanctorum» (Sabiduría 10,10).
3.
Efectos del don de ciencia.
Son admirables y variadísimos los
efectos que produce en el alma la actuación del don de ciencia, todos
ellos de alto valor santificante. He aquí los principales:
1)
NOS ENSEÑA A JUZGAR RECTAMENTE DE LAS COSAS CREADAS EN ORDEN A DIOS.
—Es
lo propio y específico del don de ciencia.
«Bajo su impulso —dice
el Padre Philipon—, un doble movimiento se produce en el alma: la
experiencia del vacío de la criatura, de su nada; y también, a la vista
de la creación, él descubrimiento de la huella de Dios. El mismo don de
ciencia arrancaba lágrimas a Santo Domingo al pensar en la suerte de los
pobres pecadores, mientras que el espectáculo de la naturaleza inspiraba
a San Francisco de Asís su famoso Cántico al sol. Los dos sentimientos
aparecen en el conocido pasaje del Cántico espiritual de San Juan de la
Cruz, donde el Santo describe el alivio y al mismo tiempo el tormento
del alma mística a la vista de la creación, cuando las cosas del
universo le revelan él paso de su Amado, mientras que El permanece
invisible hasta que el alma, transformada en El, le encuentre en la
visión beatífica».
El primer aspecto hacía exclamar a San
Ignacio de Loyola al contemplar el espectáculo de una noche estrellada:
«¡Oh, cuán vil me parece la tierra cuando contemplo el cielo!» Y
el segundo hacía caer arrobado a San Juan de la Cruz ante la belleza de
una fuentecilla, de una montaña, dé un paisaje, de una puesta de sol, o
al escuchar «el silbo de los aires nemorosos». La nada de las cosas
creadas, contemplada a través del don de ciencia, hacía que San Pablo
las estimase todas como basura con tal de ganar a Cristo (Filipenses
3,8); y la belleza de Dios, reflejada en la hermosura y fragancia de las
flores, obligaba a San Pablo de la Cruz a decirles entre transportes de
amor: «Callad, florecitas, callad...»
Y este mismo sentimiento es
él que daba al Poverello de Asís aquel sublime sentido de fraternidad
universal con todas las cosas salidas de las manos de Dios: el hermano
sol, el hermano lobo, la hermana flor...
Era también el don
de ciencia quien daba a Santa Teresa aquella pasmosa facilidad para
explicar las cosas de Dios valiéndose de comparaciones y semejanzas
tomadas de las cosas creadas.
2) Nos GUÍA CERTERAMENTE ACERCA
DE LO QUE TENEMOS QUE CREER O NO CREER.
—Las almas en las que él
don de ciencia actúa intensamente tienen instintivamente el sentido de
la fe. Sin haber estudiado teología ni tener letras de ninguna clase, se
dan cuenta en el acto si una devoción, una doctrina, un consejo, una
máxima cualquiera, está de acuerdo y sintoniza con la fe o está en
oposición a ella. No les preguntéis las razones que tienen para ello,
pues no las saben. Lo sienten así con una fuerza irresistible y una
seguridad inquebrantable. Es admirable cómo Santa Teresa, a pesar de su
humildad y rendida sumisión a sus confesores, nunca pudo aceptar la
errónea doctrina de que en ciertos estados elevados de oración conviene
prescindir de la consideración de la humanidad adorable de Cristo.
3)
Nos hace ver con prontitud y certeza el estado de nuestra alma.
—Todo
aparece transparente y claro a la penetrante introspección del don de
ciencia: «nuestros actos interiores, los movimientos secretos de nuestro
corazón, sus cualidades, su bondad, su malicia, sus principios, sus
motivos, sus fines e intenciones, sus efectos y consecuencias, su mérito
y su demérito». Con razón decía Santa Teresa que «en pieza a donde entra
mucho sol no hay telaraña escondida».
4) Nos inspira el modo
más acertado de conducirnos con el prójimo en orden a la vida eterna.
—En
este sentido, el don de ciencia, en su aspecto práctico, deja sentir su
influencia sobre la misma virtud de la prudencia, de cuyo
perfeccionamiento directo se encarga —como vimos— el don de consejo. «Un
predicador —escribe el Padre Lallemant —conoce por este don lo que debe
decir a sus oyentes y cómo debe apremiarles. Un director conoce el
estado de las almas que dirige, sus necesidades espirituales, los
remedios de sus faltas, los obstáculos que se oponen a su perfección, el
camino más corto y seguro para conducirlas, cuándo hay que consolarlas o
mortificarlas, lo que Dios obra en ellas y lo que deben hacer de su
parte para cooperar con Dios y cumplir sus designios. Un superior conoce
de qué manera debe gobernar a sus súbditos.
Los que
participan más del don de ciencia son los más esclarecidos en todos sus
conocimientos. Ven maravillas en la práctica de la virtud. Descubren
grados de perfección que son desconocidos de los otros. Ven de una
simple vista si las acciones son inspiradas por Dios y conformes a sus
designios; tan pronto como se desvían un poco de los caminos de Dios, lo
perciben en el acto. Señalan imperfecciones allí donde los otros no las
pueden reconocer y no están sujetos a engañarse en sus sentimientos ni a
dejarse sorprender por las ilusiones de que el mundo está lleno. Si un
alma escrupulosa se dirige a ellos, sabrán lo que es necesario decirle
para curar sus escrúpulos. Si han de dirigir una exhortación a
religiosos o religiosas, les acudirán a la mente pensamientos conformes
a las necesidades espirituales de estas personas religiosas y al
espíritu de su orden. Si se les proponen dificultades de conciencia, las
resolverán excelentemente. Pedidles la razón de su respuesta, y no os
dirán una sola palabra, puesto que conocen todo esto sin razón, por una
luz superior a todas las razones.
Gracias a este don
predicaba San Vicente Ferrer con el prodigioso éxito que leemos en su
vida. Se abandonaba al Espíritu Santo, ya fuera para preparar los
sermones, ya para pronunciarlos, y todo el mundo salía impresionado. Era
fácil ver que el Espíritu Santo hablaba por su boca. Un día en que debía
predicar ante un príncipe creyó que debía aportar a la preparación de su
sermón un mayor estudio y diligencia humana. Lo hizo así con
extraordinario interés; pero ni el príncipe ni él resto del auditorio
quedaron tan satisfechos de esta predicación tan estudiada como de la
del día siguiente, que hizo, como de ordinario, según el movimiento del
espíritu de Dios. Se le hizo notar la diferencia entre esos dos
sermones. «Es —respondió— que ayer predicó fray Vicente, y hoy ha sido
el Espíritu Santo.»
5) Nos DESPRENDE DE LAS COSAS DE LA
TIERRA.
—En realidad, esto no es más que una consecuencia lógica de
aquel recto juzgar de las cosas que constituye la nota típica del don de
ciencia. «Todas las criaturas son como si no fueran delante de Dios» Por
eso hay que rebasarlas y trascenderlas para descansar en sólo Dios. Pero
únicamente el don de ciencia da a los santos esa visión profunda sobre
la necesidad del desprendimiento absoluto que admiramos, por ejemplo, en
San Juan de la Cruz. Para un alma iluminada por el don de ciencia, la
creación es un libro abierto donde descubre sin esfuerzo la nada de las
criaturas y el todo del Creador.
«El alma pasa por las criaturas
sin verlas, para no detenerse sino en Cristo... El conjunto de todas las
cosas creadas, ¿merece siquiera una mirada para aquel que ha sentido a
Dios, aunque no sea más que una sola vez».
Es curioso el
efecto que produjeron en Santa Teresa las joyas que le enseñó en Toledo
su amiga doña Luisa de la Cerda. He aquí el texto teresiano con toda su
inimitable galanura:
«Cuando estaba con aquella señora que he dicho, me acaeció una vez,
estando ya mala del corazón (porque, como he dicho, lo he tenido recio,
aunque ya no lo es), como era de mucha caridad, hízome sacar joyas de
oro y piedras, que las tenía de gran valor, en especial una de diamantes
que apreciaba en mucho. Ella pensó que me alegrarían. Yo estaba riéndome
entre mí y habiendo lástima de ver lo que estiman los hombres,
acordándome de lo que nos tiene guardado el Señor, y pensaba cuán
imposible me sería, aunque yo conmigo misma quisiese procurar, tener en
algo aquellas cosas si el Señor no me quitaba la memoria de otras. Esto
es un gran señorío para el alma, tan grande que no sé si lo entenderá
sino quien lo posee; porque es el propio y natural desasimiento, porque
es sin trabajo nuestro. Todo lo hace Dios; que muestra Su Majestad estas
verdades de manera que quedan tan impresas, que se ve claro no lo
pudiéramos por nosotros de aquella manera en tan breve espacio
adquirir».
6) NOS ENSEÑA A USAR SANTAMENTE DE LAS CRIATURAS.
Este sentimiento, complementario del anterior, es otra derivación
natural y espontánea del recto juzgar de las cosas creadas, propio del
don de ciencia. Porque es cierto que el ser de las criaturas nada es
comparado con el de Dios, pero no lo es menos que «todas las criaturas
son migajas que cayeron de la mesa de Dios», y de El nos hablan y a El
nos llevan cuando sabemos usar rectamente de ellas. Esto es, cabalmente,
lo que hace el don de ciencia. Los ejemplos son innumerables en las
vidas de los santos. La contemplación de las cosas creadas remontaba sus
almas a Dios, del que veían su huella en las criaturas. Cualquier
detalle insignificante, que pasa inadvertido al común de los mortales,
impresiona fuertemente sus almas, llevándolas a Dios.
7) Nos LLENA DE CONTRICIÓN Y ARREPENTIMIENTO DE NUESTROS PASADOS
ERRORES.
—Es otra consecuencia natural del recto juzgar de las
criaturas. A la luz resplandeciente del don de ciencia se descubre sin
esfuerzo la nada de las criaturas: su fragilidad, su vanidad, su escasa
duración, su impotencia para hacernos felices, el daño que el apego a
ellas puede acarrearle al alma. Y al recordar otras épocas de su vida en
las que acaso estuvo sujeta a tanta vanidad y miseria, siente en lo más
íntimo de sus entrañas un vivísimo arrepentimiento, que estalla al
exterior en actos intensísimos de contrición y desprecio de sí mismo.
Los patéticos acentos del Miserere brotan espontáneamente de su alma
como una exigencia y necesidad psicológica, que le alivia y descarga un
poco el peso que le abruma. Por eso corresponde al don de ciencia la
bienaventuranza de «los que lloran», como veremos en seguida.
Tales
son, a grandes rasgos, los efectos principales del don de ciencia.
Gracias a él la virtud de la fe, lejos de encontrar obstáculos en las
criaturas para remontarse hasta Dios, se vale de ellas como palanca y
ayuda para hacerlo con más facilidad. Perfeccionada por los dones de
ciencia y de entendimiento, la virtud de la fe alcanza una intensidad
vivísima, que hace presentir al alma las divinas claridades de la visión
eterna.
4. Bienaventuranzas y frutos que de él se derivan.
Al
don de ciencia corresponde la tercera bienaventuranza evangélica:
«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mateo
5,5). Ello tanto por parte del mérito como del premio. Por parte del
mérito (las lágrimas), porque el don de ciencia, en cuanto importa una
recta estimación de las criaturas en orden a la vida eterna, impulsa al
hombre justo a llorar sus pasados errores e ilusiones en el uso de las
criaturas. Y por parte del premio (la consolación), porque, a la luz del
don de ciencia, se estima rectamente las criaturas y ordenan al bien
divino, del cual se sigue la espiritual consolación, que comienza en
esta vida y alcanzará su plenitud en la otra.
En cuanto a
los frutos del Espíritu Santo, corresponden al don de ciencia la certeza
especial acerca de las verdades sobrenaturales, llamada fides, y cierto
gusto, deleite y fruición en la voluntad, que es el gaudium o gozo
espiritual.
5. Vicios contrarios al don de ciencia.
Santo
Tomás, en el prólogo a la cuestión relativa a los pecados contra el don
de entendimiento, alude a la ignorancia como vicio opuesto al don de
ciencia. Veamos en qué forma. El don de ciencia, en efecto, es
indispensable para desvanecer completamente, por cierto instinto divino,
la multitud de errores que en materia de fe y de costumbres se nos
infiltran continuamente a causa de nuestra ignorancia y debilidad
mental. No solamente entre personas incultas, sino aun entre teólogos de
nota —a pesar de la sinceridad de su fe y del esfuerzo de su estudio—,
corren multitud de opiniones y pareceres distintos en materia de
dogmática y moral, que forzosamente tienen que ser falsos a excepción de
uno solo, porque una sola es la verdad. ¿Quién nos dará un criterio sano
y certero para no declinar de la verdad en ninguna de esas intrincadas
cuestiones? En el orden universal y objetivo no puede haber problema, en
virtud del magisterio de la Iglesia, que es criterio infalible de verdad
(por eso jamás yerra el que se atiene estrictamente a dicho magisterio
infalible).
Pero, en el orden personal y subjetivo, el
acierto constante y sin fallo alguno es algo que supera las fuerzas
humanas, aun del mejor de los teólogos. Sólo el Espíritu Santo, por el
don de ciencia, nos lo puede proporcionar a modo de instinto divino. Y
así se da el caso de personas humanamente sin cultura y hasta
analfabetas que asombran a los mayores teólogos por la seguridad y
profundidad con que penetran las verdades de la fe y la facilidad y
acierto con que resuelven por instinto los más intrincados problemas de
moral En cambio, ¡cuántas ilusiones padecen en las vías del Señor los
que no han sido iluminados por el don de ciencia! Todos los falsos
místicos lo son precisamente por la ignorancia, contraria a este don.
Esta
ignorancia puede ser culpable y constituir un verdadero vicio contra
este don. Y lo puede ser, ya sea por ocupar voluntariamente nuestro
espíritu en cosas vanas o curiosas, o aun en las ciencias humanas sin la
debida moderación (dejándonos absorber excesivamente por ellas y no
dando lugar al estudio de la ciencia más importante, que es la de
nuestra propia salvación o santificación), ya por vana presunción,
confiando demasiado en nuestra ciencia y nuestras propias luces,
poniendo con ello obstáculo a los juicios que habíamos de formar con la
luz del Espíritu Santo.
Este abuso de la humana ciencia es
el principal motivo de que abunden más los verdaderos místicos entre
personas sencillas e ignorantes que entre los demasiado intelectuales y
sabios según el mundo. Mientras no renuncien a su voluntaria ceguera y
soberbia intelectual, no es posible que lleguen a actuar en sus almas
los dones del Espíritu Santo. El mismo Cristo nos avisa en el Evangelio:
«Gracias te doy, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste
estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños»
(Mateo 11,25). De manera que la ignorancia, contraria al don de ciencia
—que puede darse y se da muchas veces en grandes sabios según el mundo—,
es indirectamente voluntaria y culpable, constituyendo, por lo mismo, un
verdadero vicio contra el don.
6. Medios de fomentar este
don.
Aparte de los medios generales para el fomento de los dones en
general (recogimiento, fidelidad a la gracia, oración, etc.), he aquí
los principales referentes al don de ciencia:
a) Considerar
la vanidad de la s cosas terrenas.
— Nunca, ni con mucho, podremos
con nuestras pobres «consideracioncillas». acercamos a la penetrante
intuición del don de ciencia sobre la vanidad de las cosas creadas; pero
es indudable que podemos hacer algo meditando seriamente en ello con los
procedimientos discursivos a nuestro alcance. Dios no nos pide en cada
momento más que lo que entonces podemos darle; y a quien hace lo que
puede de su parte, no le niega jamás su ayuda para ulteriores avances
b)
Acostumbrarse a relacionar con Dios todas las cosas creadas.
—Es
otro procedimiento psicológico para irse acercando poco a poco al punto
de vista en que nos colocará definitivamente el don de ciencia. No
descansemos en las criaturas: pasemos a través de ellas a Dios. ¿Acaso
las bellezas creadas no son un pálido reflejo de la divina hermosura?
Esforcémonos en descubrir en todas las cosas la huella y el vestigio de
Dios, preparando los caminos a la acción sobrehumana del Espíritu Santo.
c) Oponerse enérgicamente al espíritu del mundo. El mundo
tiene el triste privilegio de ver todas las cosas
—desde el punto
de vista sobrenatural —precisamente al revés de lo que son. No se
preocupa más que de gozar de las criaturas, poniendo en ellas su
felicidad, completamente de espaldas a Dios. No hay, por consiguiente,
otra actitud más contraria al espíritu del don de ciencia, que nos hace
despreciar las criaturas o usar de ellas únicamente por relación a Dios
y en orden a El. Huyamos de las reuniones mundanas, donde se lanzan y
corren como moneda legítima falsas máximas totalmente contrarias al
espíritu de Dios. Renunciemos a espectáculos y diversiones tantas veces
saturados o al menos influidos por el ambiente malsano del mundo.
Andemos siempre alerta para no dejarnos sorprender por los asaltos de
este enemigo artero, que trata de apartar nuestra vista de los grandes
panoramas del mundo sobrenatural.
d) Ver la mano de la
Providencia en el gobierno del mundo y en todos los acontecimientos
prósperos o adversos de nuestra vida.
—Cuesta mucho colocarse en
este punto de vista, y nunca lo conseguiremos del todo hasta que actúe
en nosotros el don de ciencia, y sobre todo el de sabiduría; pero
esforcémonos en hacer lo que podamos. Es un dogma de fe que Dios cuida
con amorosísima providencia de todos nosotros. Es nuestro Padre, que
sabe mucho mejor que nosotros lo que nos conviene, y nos gobierna con
infinito amor, aunque no acertemos muchas veces a descubrir sus secretos
designios en lo que dispone o permite sobre nosotros, sobre nuestros
familiares o sobre el mundo entero.
e) Preocuparse mucho de
la pureza de corazón.— Este cuidado atraerá la bendición de Dios, que no
dejará de darnos los dones que necesitamos para lograrla del todo si
somos fieles a su gracia. Hay una relación muy estrecha entre la guarda
del corazón y el cumplimiento exacto de todos nuestros deberes y las
iluminaciones de lo alto: «Soy más entendido que los ancianos si guardo
tus preceptos» (Salmo 118,100).
El_Gran_Desconocido_El_Espíritu_Santo_y_Sus_Dones.pdf
El gran desconocido El Espíritu Santo y sus dones
POR
ANTONIO ROYO MARIN
Ave María Purísima
Cristiano Católico 15-10-2025 Año de
la Fe
Sea Bendita la Santa e Inmaculada Purísima Concepción de laSantísima
Virgen María
Oración
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra.
Oremos: Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo,
concédenos que por el mismo Espíritu gocemos siempre de su consuelo,
y gocemos de su ayuda para vivir siempre en la verdad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Aclamación
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
✝️ 🌍 💔 🌱 🌹