Consagración al Espíritu Santo
6. Consagración al Espíritu Santo
Existe una fórmula magnífica, difundida entre muchas comunidades religiosas,
para expresar al Espíritu Santo nuestra entrega total y perfecta consagración a
su divina persona.
Claro está que no basta recitar una plegaria, por muy sublime que sea; es
menester vivir esa perfecta consagración que con ella queremos expresar.
Pero no cabe duda que, recitando y saboreando despacio la magnífica fórmula que
recogemos a continuación, acabaremos por lograr de la divina misericordia una
perfecta sintonización entre nuestra vida y lo expresado por esa ferviente
oración. Hela aquí.
FERVIENTE ORACION AL ESPIRITU SANTO
«¡Oh Espíritu Santo, lazo divino que unís al Padre con el Hijo en un inefable y
estrechísimo lazo de amor! Espíritu de luz y de verdad, dignaos derramar toda la
plenitud de vuestros dones sobre mi pobre alma, que solemnemente os consagro
para siempre, a fin de que seáis su preceptor, su director y su maestro.
Os pido humildemente fidelidad a todos vuestros deseos e inspiraciones y entrega
completa y amorosa a vuestra divina acción.
¡Oh Espíritu Creador! Venid, venid a obrar en mí la renovación por la cual
ardientemente suspiro; renovación y transformación tal que sea como una nueva
creación, toda de gracia, de pureza y de amor, con la que dé principio de veras
a la vida enteramente espiritual, celestial, angélica y divina que pide mi
vocación cristiana.
¡Espíritu de santidad, conceded a mi alma el contacto de vuestra pureza, y
quedará más blanca que la nieve! ¡Fuente sagrada de inocencia, de candor y de
virginidad, dadme a beber de vuestra agua divina, apagad la sed de pureza que me
abrasa, bautizándome con aquel bautismo de fuego cuyo divino bautisterio es
vuestra divinidad, sois vos mismo! Envolved todo mi ser con sus purísimas
llamas.
Destruid, devorad, consumid en los ardores del puro amor todo cuanto haya en mí
que sea imperfecto, terreno y humano; cuanto no sea digno de vos.
Que vuestra divina unción renueve mi consagración como templo de toda la
Santísima Trinidad y como miembro vivo de Jesucristo, a quien, con mayor
perfección aún que hasta aquí, ofrezco mi alma, cuerpo, potencias y sentidos con
cuanto soy y tengo. Heridme de amor, ¡Oh Espíritu Santo!, con uno de esos toques
íntimos y sustanciales, para que, a manera de saeta encendida, hiera y traspase
mi corazón, haciéndome morir a mí mismo y a todo lo que no sea el Amado.
Tránsito feliz y misterioso que vos sólo podéis obrar, ¡Oh Espíritu divino!, y
que anhelo y pido humildemente.
Cual carro de divino fuego, arrebatadme de la tierra al cielo, de mí mismo a
Dios, haciendo que desde hoy more ya en aquel paraíso que es su corazón.
Infundidme el verdadero espíritu de mi vocación y las grandes virtudes que exige
y son prenda segura de santidad: el amor a la cruz y a la humillación y el
desprecio de todo lo transitorio. Dadme, sobre todo, una humildad profundísima y
un santo odio contra mí mismo.
Ordenad en mí la caridad y embriagadme con el vino que engendra vírgenes. Que mi
amor a Jesús sea perfectísimo, hasta llegar a la completa enajenación de mí
mismo, a aquella celestial demencia que hace perder el sentido humano de todas
las cosas, para seguir las luces de la fe y los impulsos de la gracia.
Recibidme, pues, ¡Oh Espíritu Santo!; que del todo y por completo me entregue a
vos. Poseedme, admitidme en las castísimas delicias de vuestra unión, y en ella
desfallezca y expire de puro amor al recibir vuestro ósculo de paz.
Amén».