La Predestinación
La Iglesia nos invita a no tener miedo, sino una gran
confianza porque nuestras vidas están en las manos del Señor.
¿Qué podemos hacer para salvarnos? Hemos de tener un regalo
hermoso que para podernos salvar: el don de la perseverancia
final. Esto quiere decir que es necesario persistir en el
ejercicio del bien a pesar de la molestia que su prolongación
ocasione. No es que no podamos pecar en nuestra vida;
pecadores somos todos.
Pecar es humano, pero perseverar en el
pecado es diabólico.
Sin embargo la perseverancia final no
sólo es una virtud del hombre, sino un regalo de Dios que
hemos de pedir con frecuencia, y esto es que nos encontremos
en estado de gracia en el momento de la muerte.
Todos
estamos predestinados para ir al Cielo, lo que significa que
Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad (1Tim 2, 3-4), porque Jesús murió
por todos. Sin embargo al cielo no todos llegan; solamente van
los que libremente abren su alma a Jesucristo y perseveran en
la vida nueva que él nos trajo.
Salvarse, entonces, es el gran
regalo de Dios y responsabilidad del hombre. Antonio Royo
Marín nos dice cuáles son signos de que estamos en el camino
de la predestinación al cielo. Si perseveramos en ellos, con
la gracia de Dios, llegaremos a la meta.
Primero: Vivir
habitualmente en la gracia de Dios. Solamente el pecado puede
arrebatarte la perseverancia final. Dice Pablo "El Espíritu da
testimonio de que somos hijos De Dios, y si somos hijos,
también herederos".
En cambio, no hay ninguna otra señal más
clara de condenación eterna como vivir habitualmente en pecado
mortal, sin preocuparse ni poco, ni mucho, en salir de él.
Segundo: Tener espíritu de oración. Si oras habitualmente,
Dios te dará el don de la perseverancia final. San Alfonso
María Ligorio decía que "el que ora se salva ciertamente, y el
que no ora, ciertamente se condena". Excepto los niños, todos
Los Santos se salvaron porque oraron, y todos los condenados
se condenaron por no haber orado. ¡Qué espantosa desesperación
para un condenado es saber que la salvación era algo tan fácil
si hubiera orado!, porque a quienes oran Dios les concede
siempre sus gracias.
Tercero: Cultivar la verdadera
humildad. Es la base de las demás virtudes. Santiago dice que
"Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes"
(St 4, 6). Jesús perdonó al instante a toda clase de
pecadores, ladrones, adúlteros, pero rechazó el orgullo y la
obstinación de los fariseos. ¡Cuántos que se creían
superhombres y que no quisieron inclinarse ante Dios pagaron
caro su orgullo, muriendo sin los sacramentos y con
manifiestas señales de reprobación!
Cuarto: Paciencia
cristiana ante la adversidad. El futuro condenado se desespera
cuando le salen mal las cosas y se atreve echarle la culpa a
Dios como el que lo descalabra. El paciente, en cambio, sabe
reaccionar y acepta con paciencia las pruebas que Dios permite
que vengan sobre él. Pablo dice que "seremos herederos De Dios
y coherederos de Cristo padeciendo con él para ser
glorificados con él" (Rom 8, 17).
El tren de la
humanidad se dirige hacia la última estación
de la
historia
Quinto: Ejercitarse en la caridad con el prójimo.
"No apartes el rostro de ningún pobre, y Dios no lo apartará
de ti... Con esto atesoras un depósito para el día de la
necesidad, pues la limosna libra de la muerte y preserva de
caer en las tinieblas" (Tob 4) Si esto se dice de las ayudas
materiales, con mayor razón de las espirituales, como es
convertir a un pecador o llevarlo al encuentro con Jesús. "Si
alguno de ustedes se extravía de la verdad, sepa que quien
convierte a un pecador salvará su alma de la muerte y cubrirá
la muchedumbre de sus pecados" (Sgo 5, 19-20).
Sexto:
Un amor sincero y entrañable a Jesucristo. Es una señal segura
y eficaz de predestinación al cielo. "Todo el que mi Padre me
da viene a mí, y al que viene a mí yo no lo echaré fuera" (Jn
6,37). Y de su presencia en la Eucaristía dijo: "El que come
mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna yo lo lo
resucitaré en el último día" (Jn 6, 54).
Séptimo: La
devoción a la Virgen María. El rezo frecuente de Rosario es
señal de predestinación. Es moralmente imposible que la Virgen
deje de atender en sus últimos momentos a aquel que durante
largos años la invocó todos los días repitiendo cincuenta
veces: "Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra
muerte".
Octavo: Un gran amor a la Iglesia. Es la
dispensadora de la gracia y de la verdad. Los Santos se
llenaban de inmenso gozo al pensar que eran hijos de la
Iglesia, y sentían hacia ella todo el respeto y el amor de un
hijo para con la mejor de las madres. La falta de respeto y de
veneración a la Iglesia, como burlas y blasfemias, es una gran
señal de reprobación.
Tratemos de ir reuniendo, en
nuestra vidas, estas ocho señales de predestinación al cielo.
Cuantas más tengas en el alma, más fuerza tendrás. Si las
tienes todas puedes tener la esperanza firmísima de que
perteneces al número de los predestinados a la gloria.
Las principales razones que fundamentan una solución
optimista con relación al número de los que se salvan son las
siguientes, que vamos a exponer por el orden con que las
enunciamos:
1." La misericordia infinita de Dios.
2." La justicia misma de Dios.
3.a La voluntad salvífica
universal de Dios.
4." El misterio de la divina
predestinación.
S.a La redención sobreabundante de
Jesucristo.
6." La intercesión de Maria, abogada y refugio
de pecadores.
7." La responsabilidad subjetiva del pecado.
8." Las gracias de última hora.
9." Las penas del
purgatorio.
10." La eficacia infalible de la oración.
Aclamación
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
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