"El fruto del Espíritu es..." (Gal 5, 22-23).
"Bienaventurados los limpios de corazón" (Mt 5, 8).
La castidad integra la sexualidad en el amor, según el estado de vida de cada persona. Protege la dignidad propia y ajena, y libera del uso egoísta del otro.
Moralmente, este fruto guarda el corazón, purifica mirada y afectos, y favorece relaciones verdaderas, responsables y fieles.
Teológicamente, la castidad es fruto del Espíritu que configura al creyente con Cristo, permitiendo amar con corazón indiviso. Manifiesta la vocación del cuerpo como templo del Espíritu Santo.
La Tradición enseña que la castidad es posible por gracia, con oración, sacramentos y ascesis cristiana.
En clave anagógica, la castidad orienta hacia la comunión definitiva con Dios, prefigurando la pureza del amor eterno.
Este fruto prepara para ver a Dios, según la promesa de los limpios de corazón.
El magisterio reafirma la dignidad del amor humano y la llamada universal a la santidad del cuerpo y del alma. El Espíritu santifica toda la persona.
Los santos muestran que la castidad no empobrece el amor, sino que lo purifica y lo plenifica en Cristo.
Espíritu Santo, custodio de la pureza,
danos un corazón casto y fiel.
Purifica nuestros afectos,
ordena nuestro amor,
y haznos vivir como templo vivo de Dios. Amén.
¡Viva Cristo Rey!
¡Ven, Espíritu Santo!
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